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THE SOMELOVES - Something or Other: ábum que se niega a desaparecer

Pulso play y suena una guitarra que no necesita pedir permiso. Suena brillante, tensa, casi impaciente, como si alguien hubiese abierto de golpe las cortinas de una habitación que llevaba demasiado tiempo a oscuras. Así comienza mi reencuentro con el disco "Something or Other", el único álbum de "The Someloves", publicado en Australia en abril de 1990.

ALBUM: Something or Other



Volver a este disco tantos años después me produce una sensación extraña. Conozco las canciones, los cambios de acorde y muchas de las historias que rodearon el nacimiento.Escuchar de nuevo ahora "Something or Other" no se parece a revisar un antiguo disco. Es reencontrarme con una música que sigue transmitiendo el mismo entusiasmo juvenil, aunque yo ya no sea el mismo oyente.

THE SOMELOVERS - Something or Other

The Someloves procedían de Perth, una ciudad geográficamente apartada de los principales centros de la industria musical australiana, pero extraordinariamente fértil en bandas de guitarras. El grupo estaba dirigido por Dom Mariani, cantante, compositor y guitarrista de The Stems, y por Darryl Mather, antiguo miembro de The Lime Spiders. Los dos compartían una devoción casi artesanal por la canción pop, por las guitarras que tintinean y por esos estribillos capaces de transformar tres minutos de música en un pequeño acontecimiento emocional.

"Something or Other" fue su primer álbum y también el último. Esa contradicción, una obra que parece anunciar una carrera y termina funcionando como despedida, forma parte de su magnetismo.

Cómo nació Something or Other:


La historia comenzó varios años antes de la publicación del álbum. Mariani y Mather se conocieron en Perth en 1984, cuando este último asistió a una actuación de The Stems. Poco después compartieron tiempo, canciones y amistades en Sydney, dentro de aquella red de músicos que incluía a miembros de The Eastern Dark y otras formaciones fundamentales del rock australiano independiente.

THE SOMELOVERS

Las primeras grabaciones de The Someloves reunieron a Gary Chambers en la batería y al músico francés Christian Houllemare en el bajo. De aquellas sesiones surgió "It’s My Time", publicado en 1986 por Citadel Records. El nombre del grupo, ideado por Mather, procedía de "Some Love Like Yours", una canción de The Real Kids, detalle que explica bastante bien su universo. The Someloves miraban hacia un linaje en el que el garage rock, la melodía romántica y la urgencia juvenil podían convivir sin conflicto.

En 1988 llegó "Know You Now", una de las piezas centrales de su repertorio. Mather envió la grabación a Mitch Easter, admirado por su trabajo con Let’s Active y The dB’s, para que se encargara de la mezcla. Un año después, Mushroom Records destinó 60.000 dólares australianos a la grabación del álbum. La mayor parte del trabajo se realizó durante 1989 en Planet Studios, en Perth, con músicos como Robbie Scorer en la batería y Tony Italiano en el bajo. Mitch Easter participó en la producción, las guitarras y los teclados, además de completar parte de las mezclas y los arreglos en sus estudios de Carolina del Norte.

El álbum entró posteriormente en el Top 100 australiano, pero los problemas personales y la resistencia de Mather a salir de gira hicieron imposible sostener el proyecto. Mushroom no aprobó un segundo disco y The Someloves se disolvieron antes de terminar 1990. Su carrera fue breve, pero no por falta de canciones.


Guitarras luminosas y emociones:


La etiqueta power pop puede resultar engañosa para quienes se acercan por primera vez a esta música. No describe únicamente canciones rápidas con guitarras agradables. En sus mejores momentos, representa el encuentro entre la fuerza del rock y la precisión melódica del pop. Es música construida alrededor de una paradoja, los instrumentos avanzan con seguridad mientras las letras revelan dudas, ilusiones y derrotas sentimentales.

Lo que ocurre en Something or Other:


"Melt", la canción que abre el álbum, dura más de cinco minutos, una extensión poco habitual en un género asociado con la concisión. The Someloves aprovechan ese espacio para construir capas. Las guitarras eléctricas se cruzan sin entorpecerse, la batería empuja con firmeza y la voz de Mariani avanza entre deseo y vulnerabilidad. El sonido es amplio, pero nunca pesado. Cada elemento parece colocado para intensificar la melodía.

"Back on Side with You" contiene una electricidad más directa, mientras que "Something You Can’t Miss" despliega un estribillo que parece inevitable desde la primera escucha. No hay trucos espectaculares. Su eficacia nace del equilibrio entre acordes abiertos, armonías vocales, bajo melódico y una batería que entiende cuándo golpear y cuándo dejar respirar la canción.

Mitch Easter aporta profundidad sin borrar la identidad australiana del grupo. En la grabación aparecen guitarra eléctrica de doce cuerdas, teclados, Chamberlin, pandereta y ocasionales colores de guitarra con efecto wah wah. Son detalles que enriquecen el paisaje, pero el centro continúa siendo la relación entre las voces y las seis cuerdas. La producción posee más capas que muchos discos independientes de su tiempo, aunque conserva el movimiento de una banda tocando en una habitación.

El tema Know You Now y el arte del estribillo:


"Know You Now" sigue siendo una de las mejores puertas de entrada a The Someloves. Comienza con guitarras resonantes y una interpretación vocal ligeramente contenida. La canción no se precipita hacia su estribillo, lo prepara. Cuando finalmente llega, todo parece elevarse unos centímetros, la melodía, las armonías y la intensidad de los acordes.

Hay algo de Big Star en esa combinación de claridad y melancolía, especialmente del Big Star que descubrió que una canción luminosa también podía contener una herida. Se percibe igualmente la influencia de Dwight Twilley, de The dB’s y, en ciertos giros vocales, de un Tom Petty imaginado dentro de una banda independiente australiana. No son imitaciones, sino coordenadas emocionales. The Someloves conocían bien el idioma de sus discos favoritos y lo hablaban con un acento propio.

"Sunshine’s Glove" resulta todavía más delicada. Las guitarras no se limitan a acompañar la melodía, parecen prolongarla, repitiendo pequeñas figuras que permanecen flotando después de cada frase. La interpretación tiene una dulzura ligeramente distante, como una fotografía tomada durante un verano que ya ha terminado.

"Girl Soul", "How She Loves" y "Forever a Dream" desarrollan esa misma tensión entre romanticismo y frustración. Las letras hablan de relaciones, expectativas, errores y promesas, pero rara vez caen en el dramatismo excesivo. Mariani canta como alguien que todavía cree en el amor, aunque la experiencia le haya enseñado a desconfiar de los finales felices.

Por eso "Another Happy Ending", la canción de cierre, posee un título tan apropiado. Puede entenderse como esperanza, ironía o una mezcla de ambas. Tras doce canciones, el álbum no ofrece una resolución definitiva. Deja una puerta abierta que la propia historia del grupo terminaría cerrando.

Un disco que no suena a su época:


En 1990 la música popular estaba cambiando con rapidez. Las guitarras no habían desaparecido, pero la conversación cultural comenzaba a desplazarse hacia otras escenas, otras actitudes y nuevas formas de presentar el rock alternativo. Something or Other parecía pertenecer simultáneamente al pasado y al futuro.

Miraba hacia los años sesenta (siglo XX), hacia The Byrds y las armonías vocales, y hacia la gran tradición de canciones de tres o cuatro minutos que definió buena parte del pop de los setenta. Al mismo tiempo, su producción limpia y espaciosa anticipaba el interés por la guitarra melódica que recorrería buena parte del pop independiente de las décadas siguientes.

Quizá esa falta de alineación con una moda concreta explique parte de su escaso recorrido comercial. El álbum era demasiado pulido para algunos sectores del rock independiente y demasiado poco visible para competir dentro del gran mercado. Además, sin una banda dispuesta a defender las canciones sobre los escenarios, su futuro quedó limitado desde el principio.

The Someloves fabricaron un disco pensado para crecer, pero el grupo dejó de existir antes de que pudiera hacerlo.


El culto, la reedición y una segunda vida:


Con el paso del tiempo, Something or Other comenzó a circular como un secreto entre aficionados al power pop. La revista estadounidense "Goldmine" llegó a incluirlo entre los diez grandes álbumes del género, siendo la única referencia australiana de aquella selección. El reconocimiento no lo convirtió en un éxito tardío, pero sí ayudó a situarlo dentro de una tradición internacional.

THE SOMELOVERS

En 2006, Half A Cow Records recuperó el álbum dentro de la recopilación doble "Don’t Talk About Us, The Real Pop Recordings of The Someloves 1985–89". La reedición reunió el disco completo, sencillos, caras secundarias, mezclas alternativas y grabaciones inéditas. También restauró las canciones a la velocidad original de las cintas, ya que el álbum había sido acelerado ligeramente para su publicación en 1990. Ese detalle modifica la escucha más de lo que podría parecer. Las guitarras adquieren otro cuerpo y las voces recuperan una calidez menos ansiosa.

No considero Something or Other una obra revolucionaria, y creo que esa precisión importa. El disco no inventó un nuevo vocabulario ni transformó el rumbo del rock australiano. Su valor procede de algo más difícil de medir, la extraordinaria calidad con la que sus autores trabajaron una tradición que amaban.

Cada canción está escrita con cuidado, pero ninguna transmite frialdad. Los arreglos son minuciosos, aunque conservan espontaneidad. Las influencias están presentes, pero nunca anulan la personalidad de Mariani y Mather. Es un álbum que demuestra que la originalidad no siempre consiste en romper con todo lo anterior. A veces consiste en comprender una forma musical y encontrar dentro de ella una emoción propia.

Hoy la música permanece:


Permanece la entrada de "Melt", el movimiento de las guitarras en "Know You Now", la melancolía soleada de "Sunshine’s Glove" y la elegancia con la que "Another Happy Ending" pone fin a una historia que en realidad quedó incompleta. Permanece, sobre todo, la sensación de estar escuchando a músicos que confiaban profundamente en el poder de una buena melodía.

Disco recomendado


A los lectores jóvenes que no conozcan The Someloves, les recomendaría acercarse a Something or Other. Escuchadlo como escucharíais un descubrimiento reciente, con auriculares, sin saltar canciones y dejando que las guitarras ocupen su espacio. Encontraréis un álbum de rock y pop australiano lleno de emoción, inteligencia y luz, una obra sin grandes gestos que continúa ganándose a cada nuevo oyente, más de tres décadas después de haber sido grabada.

Video del tema "Know You Now":

Tracklist:

1. Melt (5:04)
2. Back On Side With You (4:14)
3. Something You Can't Miss (3:16)
4. Know You Now (3:43)
5. Girl Soul (4:06)
6. How She Loves (3:20)
7. I Didn't Mean That (3:39)
8. Little Town Crier (2:48)
9. Sunshine's Glove (4:42)
10.Forever A Dream (3:34)
11.I'm Falling Down (3:48)
12.Another Happy Ending (4:32)

Banda:

  • Darryl Mather (voz, guitarra),
  • Dom Mariani (voz, guitarra),
  • Christian Houllemare (bajo),
  • Gary Chambers (batería),
  • Tony Italiano (bajo),
  • Robbie Scorer (batería),
  • Mitch Easter (guitarra, teclados),
  • Angie Easter (teclados)

THE TRIFFIDS - Born Sandy Devotional: su álbum esencial

Antes de entrar en sus canciones, conviene escuchar "Born Sandy Devotional" como quien mira una fotografía antigua durante más tiempo del previsto. Al principio aparecen los contornos reconocibles, una banda australiana en los ochenta, una voz grave, guitarras con polvo de carretera, pero poco a poco empiezan a asomar otras cosas: la distancia, el deseo, la culpa, el mar como amenaza y la memoria como un lugar al que no siempre se puede volver. Ahí es donde el disco deja de ser solo una obra importante de The Triffids y se convierte en una experiencia extraña, hermosa y algo incómoda, de esas que no se explican del todo en una primera escucha.

ALBUM: Born Sandy Devotional


El primer golpe de "Born Sandy Devotional" no entra como una canción, entra como una imagen. Unas aves sobre el mar, una carretera que parece no terminar nunca, un pueblo costero visto desde lejos, una habitación de motel donde el aire pesa más de la cuenta. Antes de que uno sepa exactamente qué está contando David McComb, ya entiende dónde está: en un lugar amplio, luminoso y cruel, donde el paisaje exterior se mezcla con una soledad que no cabe del todo en el cuerpo.

THE TRIFFIDS - Born Sandy Devotional

Publicado en marzo de 1986, "Born Sandy Devotional" es el segundo álbum de estudio de la banda The Triffids, y también el disco en el que la formación encontró una voz verdaderamente propia. Tiene algo de rock australiano, algo de pop sombrío, algo de folk eléctrico, algo de música de carretera, pero reducirlo a una etiqueta sería empobrecerlo. Es un álbum expansivo, casi cinematográfico, que toma cierta imaginería de la Americana y la cruza con los paisajes del oeste de Australia. El resultado no suena a postal exótica, sino a memoria emocional, a territorio convertido en estado de ánimo.

El disco "Born Sandy Devotional":


Aunque el disco respira Australia por todos sus poros, fue grabado muy lejos de allí. The Triffids estaban instalados en Londres cuando entraron en Mark Angelo Studios en agosto de 1985, con Gil Norton como coproductor junto a la banda. Después, el álbum se mezcló en Amazon Studios, en Liverpool, en septiembre de ese mismo año. La fotografía de portada muestra Mandurah, en Australia Occidental, tal como era en 1961, antes de convertirse en un gran centro urbano. Ese contraste entre distancia física y raíz emocional es clave para entender el álbum. La banda estaba en Inglaterra, pero McComb escribía como si todavía estuviera mirando al océano Índico desde una orilla perdida.

Me interesa mucho ese detalle porque explica parte de la magia del disco. "Born Sandy Devotional" no suena como un álbum hecho desde la comodidad de pertenecer a un sitio, sino desde la herida de haberlo dejado atrás. Rob McComb lo describió años después como un "momento dorado", una etapa en la que todo parecía encajar. Y resulta curioso saber que un disco tan grande en ambición se hizo con medios modestos, prácticamente con fondos propios, sin una discográfica vigilando cada decisión. Quizá por eso conserva una libertad rara, una elegancia que nunca se vuelve calculada.

THE TRIFFIDS

También fue el primer álbum de The Triffids con un productor externo. Gil Norton, que más tarde sería conocido por su trabajo con Pixies, ayudó a ordenar la intensidad de una banda numerosa y llena de matices. Aquí aparecen guitarras, violín, teclados, pedal steel, vibráfono, chelo y voces que no siempre buscan la belleza evidente. La producción no aplasta las canciones, las abre. Les deja espacio alrededor, como si cada instrumento tuviera que respetar el silencio del paisaje.

Sonido amplio para letras encerradas:


Lo fascinante de "Born Sandy Devotional" es la tensión entre amplitud y encierro. Musicalmente, muchas canciones parecen avanzar por espacios abiertos. La pedal steel de Graham Lee dibuja líneas luminosas, los teclados flotan como niebla baja, el violín de Robert McComb aporta dramatismo sin caer en el exceso, y la voz de David McComb aparece grave, rotunda, casi teatral. Pero las letras hablan de otra cosa: pérdida, obsesión, culpa, muerte, deseo de huida, relaciones que se han roto de una forma que no permite cierre.

"The Seabirds" abre el álbum con una grandeza seca. No necesita una entrada espectacular, le basta con instalar una amenaza. El mar no es aquí un símbolo bonito, sino una fuerza indiferente. McComb no cuenta una historia cerrada, deja fragmentos, imágenes, restos de una situación emocional. Esa forma de escribir me parece una de sus grandes virtudes. No explica demasiado. No subraya. Te da escenas y confía en que tú sientas el hueco entre ellas.

Luego llega "Estuary Bed", quizá una de las canciones más accesibles del disco, aunque tampoco sea exactamente luminosa. Tiene un aire más melódico, más cercano a cierta tradición de pop alternativo australiano que podría conectar con The Go Betweens, pero con una sombra más densa. Donde otros grupos habrían buscado nostalgia amable, The Triffids colocan una inquietud persistente. La belleza existe, sí, pero nunca está limpia del todo.

Wide Open Road, una canción para perderse:


Es imposible hablar de este álbum sin detenerse en "Wide Open Road". Es la canción más conocida de The Triffids y, con razón, una de las grandes piezas del rock australiano de los ochenta (siglo xx). A primera escucha puede parecer una canción sobre amor perdido. A la segunda, ya no es tan sencillo. Hay abandono, pero también obsesión. Hay dolor, pero también una conciencia incómoda de culpa. McComb canta como alguien que camina hacia ninguna parte, convencido de que alejarse es una forma de seguir unido a aquello que ha perdido.

Lo que más me impresiona de "Wide Open Road" es que no necesita acelerar para ser intensa. La canción avanza con una dignidad casi fúnebre, sostenida por guitarras, teclados y esa sensación de carretera infinita. Tiene algo de Bruce Springsteen en su lado más nocturno, quizá el de Nebraska, pero filtrado por una sensibilidad australiana, menos épica en el sentido americano y más seca, más desolada. No hay redención fácil al final del camino. Solo distancia.

Para un oyente joven que llega ahora a The Triffids, esta canción puede funcionar como puerta de entrada perfecta. No hace falta conocer la historia de la banda ni el contexto de la música alternativa de los ochenta. Basta con dejarse llevar por ese pulso contenido y esa voz que parece venir de alguien que ha entendido demasiado tarde lo que ha perdido.

Historias rotas, voces frágiles y belleza incómoda:


El álbum no se conforma con repetir una misma emoción. "Stolen Property" crece lentamente, como una acusación que también se vuelve contra quien la pronuncia. "Lonely Stretch" lleva la idea del viaje nocturno hacia un terreno más claustrofóbico, con una tensión casi gótica. "Chicken Killer", con su rareza algo desquiciada, rompe la solemnidad del conjunto y demuestra que The Triffids no eran solo una banda de melancolía noble, también podían resultar incómodos, incluso grotescos.

Luego está "Tarrilup Bridge", una de las piezas más discutidas por la presencia vocal de Jill Birt. Su voz puede parecer delgada, infantil, incluso frágil hasta el desconcierto, pero ahí reside parte de su sentido. En una canción marcada por una historia de muerte y abandono, esa interpretación no embellece el drama, lo vuelve más extraño. No canta desde la seguridad, sino desde una zona quebradiza. Puede gustar más o menos, pero dentro del álbum tiene una función clara: interrumpe la gravedad masculina de McComb y abre una grieta distinta.

El cierre con "Tender Is the Night" ofrece algo parecido a una calma, aunque no exactamente esperanza. Es un final sobrio, casi cansado, como si después de tanto paisaje emocional devastado quedara una pequeña posibilidad de ternura. No una salvación, no una respuesta, sino una mano extendida a través de la distancia.


David McComb, un escritor poco citado:


David McComb tenía poco más de veinte años cuando escribió este álbum, y eso sigue pareciéndome asombroso. No por una cuestión de precocidad vacía, sino por la manera en que comprendía ciertos estados emocionales. Sus canciones no suenan a alguien imitando la tristeza adulta, suenan a alguien que ha encontrado una forma muy precisa de convertirla en música.

Se le suele comparar con Nick Cave, y la comparación tiene sentido por la gravedad vocal, el gusto por los relatos oscuros y cierta teatralidad. Pero McComb era menos bíblico, menos furioso, más geográfico. Sus canciones parecen escritas mirando mapas, costas, puentes, habitaciones, carreteras. En ellas, el espacio no es decoración, es una extensión de la mente. También se le puede acercar a The Go Betweens por procedencia y época, aunque The Triffids tienen un dramatismo más mineral, menos conversacional.

La muerte de McComb en 1999, con solo 36 años, dejó una sensación inevitable de obra interrumpida. Aun así, "Born Sandy Devotional" basta para situarlo entre los grandes compositores de la música australiana. No de los más famosos, desde luego, pero sí de los que mejor entendieron cómo una canción puede contar sin cerrar, sugerir sin explicar, doler sin pedir permiso.

Por qué Born Sandy Devotional mola:


Escuchado hoy, "Born Sandy Devotional" no parece un objeto de museo. Suena antiguo en algunos detalles, claro, pero no envejecido. Hay discos de los ochenta que delatan demasiado su época por la producción. Este, en cambio, conserva una cualidad física, casi táctil. Se escucha el aire entre los instrumentos, la madera de las canciones, la aspereza de unas letras que no buscan caer bien.

THE TRIFFIDS

Su importancia no está solo en haber sido reconocido como uno de los grandes álbumes australianos, ni en que "Wide Open Road" haya terminado formando parte del imaginario musical de su país. Su valor está en haber creado un mundo propio. Un lugar donde el pop puede ser literario sin volverse pesado, donde el rock puede ser dramático sin gritar, donde la tristeza no se presenta como pose, sino como una forma de mirar.

Disco recomendado


Recomendaría Born Sandy Devotional a cualquiera que quiera descubrir una pieza esencial de la música alternativa de los ochenta fuera del canon más repetido. También a quien disfrute de Nick Cave, The Go Betweens, Leonard Cohen, Springsteen en modo nocturno o esas canciones que parecen más grandes por lo que callan que por lo que dicen. No es un álbum para poner de fondo mientras haces otra cosa. Pide atención, y la recompensa. Hay que entrar en él como quien se adentra en una carretera vacía al atardecer, sin esperar respuestas inmediatas. Cuando termina, algo de ese paisaje se queda contigo.

Video del tema "Wide Open Road":

Tracklist:

"The Seabirds" – 3:20
"Estuary Bed" – 4:49
"Chicken Killer" – 3:51
"Tarrilup Bridge" – 3:21
"Lonely Stretch" – 5:02
"Wide Open Road" – 4:08
"Life of Crime" – 4:24
"Personal Things" – 2:57
"Stolen Property" – 6:47
"Tender Is the Night (The Long Fidelity)" – 3:53

The Triffids (Banda):

  • David McComb – voz, guitarra, teclados
  • Graham Lee, conocido como "Evil", – guitarra de pedal y lap steel
  • Martyn Casey – bajo
  • Jill Birt – voz, teclados
  • Robert McComb – violín, guitarra, coros
  • Alsy MacDonald – batería, coros

Músicos adicionales:

  • Sally Collins – coros
  • Fay Brown – coros
  • Adam Peters – violonchelo, teclados, piano
  • Chris Abrahams – piano, vibráfono
  • Lesley Wynne – viola

THE CHURCH - Heyday - Álbum imprescindible (Revisited)

Hay bandas que uno no elige, le eligen a uno. En mi caso, el conjunto australiano The Church llegaron en un momento muy concreto, cuando empezaba a sospechar que el rock podía ser algo más que estribillos de coros y guitarras obvias. Descubrí su música hace ya un tiempo por una amiga, pero ya no hubo vuelta atrás. Con el tiempo se convirtieron en una de mis bandas fetiche, de esas a las que vuelves no por nostalgia, sino por necesidad.

Entre todos sus discos, hay uno al que regreso con una frecuencia casi ritual. No es necesariamente el más famoso ni el más citado cuando se habla de su carrera, pero sí el que más me interpela. Cada vez que lo escucho encuentro un matiz nuevo, una armonía que antes había pasado por alto, una frase que adquiere otro significado con los años. Es un álbum que me ha acompañado en etapas distintas de mi vida, y que siempre ha sabido adaptarse a ellas sin perder su misterio.

Por eso quiero detenerme en el álbum "Heyday", publicado en 1985, no tanto para analizarlo con lupa académica, sino para compartir contigo por qué sigue siendo uno de mis favoritos y por qué creo que merece ser escuchado, o redescubierto, con la misma atención con la que se abre un libro importante. Lo que viene a continuación no es una simple revisión de mi ultimo blog post en 2022, es una invitación sincera a entrar en el universo de uno de los discos más especiales de The Church.


ALBUM: Heyday 


No necesito que sea noviembre de 1985 para volver a "Heyday". Me basta con una tarde que se tuerza, un viaje largo en coche, o ese raro silencio que queda cuando apagas el móvil y te das cuenta de que el mundo no se acaba por no responder al momento. Entonces pongo el disco y ocurre lo de siempre, el aire cambia de densidad, la habitación se llena de una luz oblicua, y The Church vuelve a sonar como una banda que nunca terminó de pertenecer a una época concreta.

THE CHURCH - Heyday - Álbum (1985)

Lo escribo así, sin rodeos, porque no quiero venderte una "reseña" como si estuviéramos haciendo inventario de virtudes y defectos. Esto es otra cosa. Esto es una recomendación desde el cariño y desde la escucha prolongada, como quien te pasa un libro gastado con las páginas dobladas, no para demostrar que lo leyó, sino para invitarte a entrar. La obra "Heyday" es, para mí, uno de los disco más completo de The Church, y uno de esos álbumes de rock alternativo que merecen ser rescatados del ruido contemporáneo, especialmente ahora que tanta música parece diseñada para no dejar rastro.

Y sí, lo digo desde el lugar del fan, pero también desde el oficio. He pasado muchos años viendo cómo se construyen relatos alrededor de discos, cómo se exageran hitos, cómo se convierte el misterio en eslogan. Con The Church esa operación siempre ha sido difícil, y quizá ahí está una parte del encanto. Según contaba Marty Willson-Piper en una entrevista leído hace tiempo, el grupo solía mandar señales contradictorias, evitaba explicarse, chocaba en entrevistas, se negaba a jugar el juego. A veces fueron su peor enemigo, pero también se salvaron gracias a esa intuición obstinada, a esa especie de gen anti éxito que les impedía convertirse en una versión domesticada de sí mismos.

Cómo llegó a existir el álbum Heyday:


"Heyday" fue el primer álbum "grande" del grupo tras dos años sin un LP nuevo. En Estados Unidos, además, venían de una situación extraña, Warner había unido dos EPs y los presentó como "Remote Luxury", y para una banda que ya se estaba abriendo paso en Europa y Australia aquello tenía algo de solución provisional. Ellos querían un disco de verdad, con una identidad nítida, con la sensación de que por fin estaban capturando lo que estaba ocurriendo sobre el escenario.

THE CHURCH - Banda australiana - 1985

La clave fue el cambio de método. Steve Kilbey lo comento con claridad, la dinámica de las maquetas caseras empezaba a asfixiarles. Sonaba rígido. En directo, en cambio, la banda había alcanzado un nivel de energía que no se correspondía con lo que dejaban grabado. La respuesta fue evidente, escribir juntos, como banda, y hacerlo de manera seria. Ocho de las diez canciones nacieron del trabajo colectivo. Eso no es un dato menor, es el corazón del álbum.

El productor elegido fue Peter Walsh, y la elección tiene más sentido del que parece. Venía de producir New Gold Dream de Simple Minds y había trabajado con Scott Walker, dos referencias que, por motivos distintos, hablan de atmósfera, de ambición y de carácter. Walsh no era un técnico que pulsa botones, era alguien capaz de escuchar una canción en bruto y sugerir, alargar una sección, acortar otra, hacerla más dinámica. Marty cuenta en dicha entrevista, por ejemplo, que en "Myrrh" propuso duplicar un pasaje para que la construcción hacia el siguiente tramo fuese más poderosa. Es el tipo de intervención que no se nota como truco, se nota como respiración.

Video del tema "Myrrh":

También hubo tensiones. Muchas. En plena gira posterior, Willson-Piper llegó a marcharse a mitad de tour, se subió a un tren en Hamburgo y se fue sin tocar. A la semana volvieron a arreglarlo, pero el gesto dice mucho del estado emocional del grupo. Y aun así, o quizá precisamente por eso, "Heyday" suena sorprendentemente cohesionado, como si hubieran decidido, por una vez, sujetar el timón entre todos antes de que el barco se partiese en dos.

Una producción cálida:


Otra cosa cambió de manera visible, la voz de Steve Kilbey. Hay quien lo atribuye al descanso, a dejar las drogas, a las horas de yoga. El motivo exacto me importa menos que el resultado, Kilbey suena más relajado, más cálido, más amplio. Pasa de un registro a otro con naturalidad y, sobre todo, se multiplica. Se grabó armonías encima de armonías, incluso una octava por encima de su registro habitual. Lo que antes algunos críticos señalaban como punto débil, aquí se convierte en una firma, en una presencia casi hipnótica.

En lo instrumental, "Heyday" hace un movimiento muy elegante, reduce el protagonismo de los teclados de trabajos anteriores, pero no se vuelve más seco. Al contrario. Aparecen cuerdas, metales, campanas, pequeños adornos que no están para impresionar, están para crear atmósfera. Y el eje de todo es el diálogo entre las guitarras de Marty Willson-Piper y Peter Koppes, un entrelazado que no busca lucirse con solos interminables, sino sostener la canción como si fuera una arquitectura de filigrana.

Hay una frase de la revista Rolling Stone que me parece iluminadora, el álbum sugiere una versión más electrificada de "Forever Changes" de Love, ese clásico de 1967 donde la orquesta se mezcla con el rock sin perder extrañeza. Entiendo por qué lo dijeron. "Heyday" tiene esa mezcla de brillo y sombra, de pop bien construido y psicodelia insinuada, de barroco discreto.

Y, sin embargo, no suena a “disco ochentero” de postal. No hay nada aquí que lo clave a la época de manera obvia. Es una razón por la que siempre lo he defendido, existe fuera del tiempo, como si lo hubieran grabado en una sala con las ventanas cerradas, sin dejar entrar las modas.


El clima del disco "Heyday":


Lo que me atrapa, más allá de la técnica, es el clima. Hay una sensación antigua, casi de mundo viejo, como si las canciones hubieran sido talladas en piedra pero pulidas con terciopelo. Los títulos ayudan, "Myrrh", "Tristesse", "Roman", "Columbus", "Night of Light". La portada también, esa explosión de color y ese grupo posando sobre una alfombra persa alquilada, una idea deliberadamente irónica que, según Marty, estaba pensada para confundir. Me encanta ese detalle, porque describe a The Church como pocas cosas, poner muchísimo esfuerzo en algo que no iba a facilitarle la vida a nadie.

Lo curioso es que, detrás de esa ambigüedad, el disco es extremadamente físico. Se escucha el ataque de las cuerdas, el brillo de una Rickenbacker de 12 cuerdas, el empuje del bajo, el nervio de la batería, y luego, por encima, las capas vocales que convierten los estribillos en pequeñas ceremonias.

Canciones que siguen latiendo:


Volvemos a "Myrrh", ejemplo perfecto de lo que este álbum hace bien. Empieza con una construcción cuidadosa, y cuando entra el cuerpo de la canción, todo avanza con una energía que no necesita correr para ser intensa. El estribillo es breve, casi minimalista, dos líneas cantadas en armonía por todos, y aun así funciona, quizá porque las guitarras lo empujan como un viento constante. Las imágenes de Steve Kilbey son evocadoras y precisas, sin caer en el hermetismo como refugio, "Jericho City", un "emerald haunt", una autopista con un sol muerto, son frases que no explican, pero sugieren, y ese es su poder.

"Tristesse" abre con un riff melódico de 12 cuerdas que parece sonreír sin dejar de ser enigmático. Tiene algo de tradición pop, sí, pero también un brillo iridiscente, como si el tema estuviera iluminado por una bombilla de baja potencia en una habitación azul. Es de esas canciones que no reclaman atención, te la ganan.

"Already Yesterday" es, quizá, el momento nostálgico del álbum. Tiene un punto beatleano en el sentido más amplio, el de melodía que flota, el de armonías que abrazan sin empalagar. Marty contaba en la ya citada entrevista que incluso el título fue un accidente, que durante mucho tiempo la llamaron "Hover", porque el riff inicial le daba esa sensación de levitar. Me gusta que un disco tan místico tenga también estas pequeñas anécdotas de taller, recordándonos que las canciones nacen a veces de un gesto físico, de un dedo buscando una posición difícil en el mástil.

"Columbus" muestra otra cara, más contundente, más rock, con un riff memorable y ese empuje casi marcial que se va abriendo en un tramo central muy logrado. Me divierte saber que el nombre viene de un malentendido geográfico, y que al final se impuso porque sonaba mejor que la ciudad real donde la compusieron. A veces el arte funciona así, una confusión termina siendo una decisión estética.

"Tantalized", el golpe de adrenalina:


Y luego llega la canción "Tantalized", y el disco cambia de pulso. Es probablemente la canción más "agresiva" que habían grabado en años, y aun así conserva el ADN The Church, ese vuelo de ensueño en medio del empuje. Los metales, tan discutidos por algunos seguidores, aquí aportan majestuosidad, un punto de exceso controlado. Hay campanas, hay una percusión que parece acelerar el corazón del tema, y sobre todo están las guitarras, brillantes, afiladas, creando un choque entre psicodelia y electricidad pura.

Marty Willson-Piper cuenta que nació de una jam entre él y Peter Koppes, con intercambio de instrumentos, con una energía casi de pub australiano, y que luego Walsh decidió añadir metales. Me parece importante subrayar esto, "Heyday" no es un álbum "decorado", es un álbum construido desde la fricción, desde el atrevimiento de probar cosas que podían no encajar. Ese riesgo es parte de su encanto.

Otros temas:


"Disenchanted" es el raro caso del disco, una canción escrita por Steve Kilbey en solitario, y se nota en la claridad narrativa, en ese tono autobiográfico que asoma sin convertirse en confesión obvia. Es pop de 12 cuerdas con ironía, con una elegancia que recuerda que The Church podían ser inmediatos sin ser simples.

Y "Happy Hunting Ground" merece un párrafo aparte, porque meter un instrumental de más de cinco minutos en un álbum de 1985 era una declaración. No es un relleno, es un paisaje. La banda la describe con imágenes casi cinematográficas, bongos, armónicos, arpegios que caen como hielo, pizzicatos, trompetas suaves, una sensación de procesión que se vuelve épica sin necesidad de alardear. A mí me recuerda a esos momentos en los que una banda parece escribir música para una película que no existe, y al escucharlo te entran ganas de inventarla.

En cuanto al cierre con "Youth Worshipper" y "Roman", no me interesa discutir si son "menos" o "más", porque yo los escucho como parte del relato completo. "Youth Worshipper", coescrita con Karin Jansson, tiene un tema muy de su tiempo y muy del nuestro, la obsesión por la juventud, la cirugía, la máscara, ese deseo de borrarse la edad a golpe de artificio. "Roman" termina el disco con un tono casi funerario al principio, y luego se abre hacia una psicodelia final que, en mi cabeza, siempre ha sonado a puerta entreabierta, como si el grupo se negara a cerrar del todo.

Por qué Heyday me mola tanto:


Se ha dicho muchas veces que la historia fue injusta con The Church. Puede ser. O quizá ellos mismos eligieron un camino donde la recompensa era más lenta. Lo que sí sé es que "Heyday" fue una apuesta valiente. Quitaron teclados, metieron cuerdas y metales, pusieron la voz de Kilbey al frente con una confianza nueva, y se lanzaron a escribir juntos en serio. Era un álbum de transición, sí, pero no suena a puente, suena a destino.

THE CHURCH - Banda australiana

Además, dejó preparado el terreno para el gran "Starfish" y para esa apertura definitiva en Estados Unidos, aunque irónicamente después del esfuerzo llegaron los golpes, cambios de sello, inseguridad, la sensación de que todo se podía desmoronar. También por eso el título me parece perfecto, porque uno rara vez sabe que está viviendo su mejor momento mientras lo vive. Lo entiende después, cuando vuelve y escucha.

Y por eso vuelvo yo. Porque "Heyday" me recuerda que la música puede ser sofisticada sin ser fría, misteriosa sin ser pretenciosa, intensa sin gritar. Me recuerda que el rock alternativo de los ochenta (siglo XX) no fue solo estética, también fue una búsqueda seria de nuevas formas de emoción. Si te interesan discos donde la guitarra no es un adorno sino un lenguaje, donde las canciones tienen luz, pero también sombras, aquí hay un mundo.

Disco recomendado


Termino con una invitación directa. Si eres de los que ya ama a The Church, vuelve a "Heyday" con calma y escucha cómo respira, como si no lo conocieras. Y si eres más joven, o simplemente no has llegado todavía a ellos, te recomiendo este álbum sin nostalgia, como se recomienda algo vivo. "Heyday" no es un museo, es un lugar al que entras y, si tienes suerte, sales distinto, con la sensación de haber encontrado una belleza rara, discreta y persistente, de las que no se olvidan.

Video del tema "Tantalized":

Tracklist:

1."Myrrh" - 4:19
2."Tristesse" - 3:29
3."Already Yesterday" - 4:14
4."Columbus" - 3:50
5."Happy Hunting Ground" - 5:31
6."As You Will"  - 4:44
7."Tantalized" - 4:59
8."Disenchanted"  - 3:55
9."Night of Light" - 4:47
10."Youth Worshipper"  - 3:43
11."Roman" - 3:51
12."The View"  - 3:44
13."Trance Ending" - 4:48

"As You Will", "The View" y "Trance Ending" aparecen solo en las versiones de CD y casete.

The Church (miembros):

  • Steve Kilbey - bajo, voz principal (1–5, 7–11, 13)
  • Peter Koppes - guitarras, coros y voz principal (6)
  • Marty Willson-Piper - guitarras, coros y voz principal (12)
  • Richard Ploog - batería, coros, percusión

Créditos adicionales:

  • Rick Chadwick / teclados
  • Leon Zervos / efectos de sonido
  • Tony Ansell / orquestación
  • Phillip Hartl / primer violín
  • Peter Walsh / arreglos de trompa y cuerda (5,9), productor
  • Mark Williams / coros (3)
  • Mark Punch / coros (3)
  • Shauna Jensen / coros (3)
  • Maggie McKinney / coros (3)

Producción:

  • Peter Walsh

Ingeniería de sonido adicional: Guy 'De Vox' Gray

JACK FROST - As Seen on TV - (3xCD)

Antes de entrar en el corazón de este artículo, conviene señalar algo importante. "As Seen on TV" de JACK FROST no es un rescate nostálgico ni un ejercicio para completistas. Es una invitación a detenerse, a escuchar con calma y a descubrir cómo dos grandes compositores australianos se encontraron en un punto de máxima fragilidad creativa para escribir canciones que todavía hoy suenan necesarias. Si te interesan los discos que crecen con cada escucha y que te acompañan más allá del momento en que terminan, este es un buen lugar para empezar.

ALBUM (3xCD): As Seen on TV


Escuchar la recopilación de "As Seen on TV" hoy es entrar sin rodeos en una conversación íntima entre dos de los grandes compositores australianos del final del siglo XX. No hay artificio ni pose. Lo que hay es el cruce frontal de dos voces que ya venían cargadas de historia, pérdidas recientes y una necesidad casi urgente de seguir escribiendo canciones que dolieran un poco. Este triple box set no es una simple reedición de catálogo. Es la recuperación de un diálogo creativo breve pero intensísimo, que sigue resonando con una claridad emocional poco común.

JACK FROST - As Seen on TV - (3xCD)

La colaboración entre Grant McLennan y Steve Kilbey (Jack Frost) fue, desde el principio, improbable y lógica a la vez. Improbable porque sus bandas madre, "The Go-Betweens" y "The Church", habitaban territorios emocionales distintos. Lógica porque ambos compartían una fe absoluta en la canción como espacio de verdad, aunque llegaran a ella desde ángulos opuestos. Jack Frost nació en ese punto exacto donde la melancolía abierta de McLennan se cruzó con el desapego nocturno y psicodélico de Kilbey.

Cómo nació Jack Frost:


En 1990, Grant McLennan estaba emocionalmente a la intemperie. La ruptura de The Go-Betweens y el final de su relación con Amanda Brown no eran solo acontecimientos profesionales o sentimentales, sino grietas profundas que se filtraron directamente en su escritura. Steve Kilbey, por su parte, llegaba desde el éxito internacional de disco Starfish y el el single "Under The Milky Way", pero también desde una cierta fatiga creativa. La invitación a escribir juntos en el estudio Karmic Hit de Sydney fue, más que un plan, un gesto de curiosidad mutua.

El primer álbum, "Jack Frost" de 1990, se grabó con una filosofía clara, primeras tomas, poca corrección, prioridad absoluta a la emoción. Eso se escucha. El disco suena a dos universos que todavía no se han fusionado del todo, pero que se necesitan. A ratos parece un álbum de McLennan con sombras nuevas, a ratos un disco de Kilbey atravesado por una vulnerabilidad que rara vez mostraba en The Church. Esa tensión es precisamente su mayor virtud.

Cinco años más tarde, "Snow Job" llegó desde otro lugar para ser el segundo disco. Ambos habían seguido adelante con sus carreras principales, pero cuando se reencontraron, lo hicieron con más confianza, más capas y más ruido. La producción es más densa, las guitarras más presentes y el grupo suena, por fin, como una entidad propia. No como un proyecto paralelo, sino como una banda real que ha aprendido a convivir.

Sonido, texturas y canciones que dejan marca:


Escuchar estos discos ahora en sus nuevas remasterizaciones permite apreciar detalles que antes quedaban enterrados. Las guitarras acústicas tienen un brillo más orgánico, los delays y reverbs respiran mejor y las voces, siempre centrales, ganan profundidad sin perder cercanía.

"Providence" sigue siendo uno de esos momentos donde todo encaja. La guitarra de doce cuerdas, claramente heredera del folk eléctrico de los sesenta, sostiene una melodía que parece mirar hacia Dylan sin imitarlo. Grant McLennan canta como quien acepta una pérdida sin dramatizarla, mientras Kilbey introduce una distancia casi filosófica que evita el sentimentalismo. Algo parecido ocurre en "Thought That I Was Over You", una canción que podría haber sido un clásico universal si el mundo fuera un poco más justo con la música australiana. Es pop, sí, pero un pop atravesado por una herida que no termina de cerrar.

Video del tema "Providence":

En "Snow Job", el tono cambia. "Pony Express" entra con guitarras más afiladas, casi físicas, y una energía que conecta con el rock alternativo de mediados de los noventa sin perder identidad. "Angela Carter" es otra cosa. Un vals espectral, delicado y profundamente literario, que demuestra hasta qué punto ambos compositores compartían un amor genuino por las palabras. “Haze” se adentra en drones y escalas orientales, creando un clima hipnótico que recuerda tanto a psicodelias antiguas como a experimentos más contemporáneos.

Video del tema "Pony Express":

Incluso los desvíos funcionan. "Shakedown", con su coqueteo con el rap, o “Persuasion”, cercana al trip hop, podrían haber sido simples curiosidades. Aquí suenan honestas, fruto de una libertad creativa poco habitual en músicos con tanto prestigio acumulado.

Las voces:


Uno de los grandes logros de Jack Frost es cómo las voces se complementan. El fraseo grave y casi conversacional de Steve Kilbey actúa como contrapeso perfecto al tono abierto y emocional de Grant McLennan. No compiten, dialogan. Cuando uno se expone demasiado, el otro introduce distancia. Cuando uno se vuelve críptico, el otro aporta claridad. Escucharlos juntos es asistir a una clase magistral de equilibrio emocional en el rock.

Las grabaciones en directo incluidas en "As Seen on TV" refuerzan esta sensación. El sonido es imperfecto, a veces incluso áspero, pero precisamente por eso resulta tan revelador. Las versiones acústicas de "The Wrong Road" o "Bye Bye Pride" no suenan a nostalgia, sino a reafirmación. Canciones que siguen siendo necesarias.

Su tiempo y sobre el nuestro:


Jack Frost fue hijo de un momento concreto, el final de una era para el rock alternativo australiano, cuando las grandes narrativas comenzaban a fragmentarse. Pero escucharlo hoy no suena a documento histórico. Suena actual porque habla de emociones que no han perdido vigencia, la desorientación, la pérdida, la necesidad de conexión, la búsqueda de sentido en medio del ruido.

Hay algo profundamente humano en estos discos. No prometen redención ni grandes respuestas. Ofrecen compañía. Y eso, en 2026, sigue siendo un valor enorme.

Por qué mola:


Este box set (3xCD) no es solo una celebración del pasado. Es una reivindicación de una forma de entender la música como espacio de encuentro entre sensibilidades distintas. En un contexto dominado por algoritmos y urgencias, volver a Jack Frost es recordar que las mejores canciones suelen nacer de la escucha mutua y del riesgo emocional.

La muerte de Grant McLennan en 2006 añade una capa inevitable de melancolía, pero no convierte este disco en un mausoleo. Al contrario. Lo convierte en una prueba viva de lo que sucede cuando dos artistas deciden bajar la guardia y escribir desde un lugar honesto.

Disco recomendado


Recomiendo "Jack Frost: As Seen on TV" sin condiciones. A quienes crecieron con el rock alternativo australiano, les devolverá algo que creían perdido. A quienes lleguen por primera vez, les ofrecerá canciones que no necesitan contexto para funcionar. Basta con escucharlas con atención. Este no es un álbum para consumir. Es un álbum para quedarse dentro.

JACK FROST - As Seen on TV - (3xCD) - Contraportada

Tracklist:

CD1: "Jack Frost":

Every Hour God Sends
Birdowner (As Seen On TV)
Civil War Lament
Geneva 4 A.M.
Trapeze Boy
Providence
Thought I Was Over You
Threshold
Number Eleven
Didn't Know Where I Was
Even As We Speak
Ramble
Everything Takes Forever

Bonus Tracks:

Jack's Dream
Dub Threshold (Nightmare Mix)
Providence U.S Television Broadcast 28th April

CD2: "Snow Job":

Jack Frost Blues
Aviatrix
Running From The Body
Shakedown
You Dont Know
Weightless And Wild
Pony Express
Cousin/Angel
Little Song
Empire
Angela Carter
Haze
Dry Dock

Bonus tracks from same session:

Persuasion
Bad For You

CD3:

Providence
Didn't Know Where I Was
Civil War Lament
Ramble
The Wrong Road
Bye Bye Pride
Thought That I Was Over You
Every Hour God Sends
Number Eleven
Everything Takes Forever
Thought I was over You.
Didnt Know Where I Was
Providence
Civil War Lament

WE LOST THE SEA - A Single Flower - Album

Pocas bandas cargan con el peso de su propia historia como los australianos "We Lost The Sea". Surgidos de las afueras de Sydney en 2007, este colectivo instrumental se ha forjado una reputación por crear paisajes sonoros impactantes y cargados de emoción que abordan temas de pérdida, esperanza y resiliencia humana. Su último álbum, "A Single Flower", llega seis años después de Triumph and Disaster y casi una década después del influyente Departure Songs, continuando su legado con un disco tan ambicioso como profundamente personal. Por eso recomiendo este lanzamiento en este blog de música.

ALBUM: A Single Flower


Cuando escuché por primera vez "A Single Flower", el último álbum de We Lost The Sea (2025) de Sydney, no estaba preparado para lo que iba a suceder. Este no es un simple disco de post-rock. Es un viaje emocional, una profunda meditación sobre la pérdida, la resiliencia y esos frágiles momentos de esperanza que florecen incluso en los paisajes más desolados.

WE LOST THE SEA - A Single Flower - Album


Una banda forjada en la tragedia:


"We Lost The Sea" nunca ha sido una banda que rehúye los temas fuertes. Formada en 2007 en Campbelltown, un suburbio a las afueras de Sydney, el grupo se forjó inicialmente un nombre con su sonido colosal y sus álbumes conceptuales. Sus primeros lanzamientos, Crimea y The Quietest Place on Earth, cargaron con el peso de la guerra y el colapso emocional, pero fue Departure Songs en 2015 el que consolidó su lugar en el mundo del post-rock. Ese disco, nacido tras la trágica muerte del vocalista Chris Torpy, se convirtió en un hito, una elegía sin palabras por el sacrificio y el espíritu humano. Con "A Single Flower", la banda regresa casi una década después, demostrando que aún tienen algo vital que decir.

Luz en medio de la oscuridad:


"If They Had Hearts" abre el álbum de una manera que resulta a la vez familiar y sorprendente. Un riff de guitarra solitario y melancólico serpentea a través del silencio, arrastrándote lentamente mientras una batería apagada y un piano delicado se cuelan en la mezcla. La canción se construye pacientemente, capa tras capa, hasta que estalla en un imponente crescendo de guitarras y percusión alrededor del minuto cinco. Es catártico, pero hay una ternura bajo la potencia, como si la banda estuviera sacando luz de las sombras.

Este equilibrio, entre belleza y brutalidad, entre tristeza y alegría, define todo el álbum. "A Dance With Death" continúa con una ferocidad que parece casi viva. El bajo retumba como un terremoto distante mientras la batería cruje con urgencia. A medida que la canción crece, las guitarras tejen patrones intrincados, a veces imponentes, a veces irregulares e inquietantes. Cuando el sonido finalmente se desvanece en el silencio, deja un eco inquietante, como el recuerdo de una tormenta.

Contraste y complejidad:


Un aspecto sorprendente de "A Single Flower" es cómo abraza el contraste. "Where Everything Here Is Black" y "Blinding" son densas y opresivas, evocando la sensación de una habitación tenuemente iluminada con el aire denso como el humo. "Bloom (Murmurations of First Light)" es su opuesto, etéreo, vibrante y lleno de movimiento. Este último evoca imágenes de pájaros volando y girando al unísono, guitarras y piano danzando suavemente sobre una sección rítmica agitada.

Luego llega "The Gloaming", un breve pero devastador interludio de cuerdas y piano. Con apenas tres minutos de duración, es quizás la pieza más delicada del álbum, y sin embargo, tiene una inmensa carga emocional. Cuando la escuché por primera vez, tuve que detenerme para asimilarla. Momentos como este te recuerdan la capacidad de la banda para la contención y la sutileza.

El colosal cierre


Y luego está "Blood Will Have Blood". Con veintiséis minutos, no es tanto una canción como un viaje. La primera mitad es casi serena, una lenta construcción de guitarras y teclados que se expande como el amanecer. Pero a medida que pasan los minutos, el ambiente se oscurece. Los tambores marchan como soldados, las guitarras gruñen y chocan, y la música surge con una violencia que se siente casi primitiva. Justo cuando parece que la oscuridad ha triunfado, un rayo de luz se abre paso, una esperanzadora melodía de guitarra que te transporta suavemente al final del álbum.

WE LOST THE SEA


Un testimonio de resistencia:


Al escuchar "A Single Flower", es imposible no pensar en la historia de la banda. El dolor que moldeó Departure Songs aún perdura en su sonido, pero este álbum se siente menos como una elegía y más como un testimonio de resistencia. Trata sobre encontrar la belleza en la ruptura, sobre seguir adelante incluso cuando el mundo parece decidido a tragarte por completo.

Por qué escucharlo:


"We Lost The Sea" ha entregado un álbum monumental e íntimo. Respeta las tradiciones del post-rock, las construcciones lentas, los clímax impactantes, pero también encuentra espacio para la experimentación, con toques electrónicos y cambios rítmicos inesperados. Los fans de bandas como Mono, Godspeed You! Black Emperor o Explosions in the Sky encontrarán mucho que amar aquí, pero también lo hará cualquiera que se sienta atraído por la música que se atreve a sentir profundamente.

Disco recomendado


"A Single Flower" no es fácil de escuchar. Requiere tu atención y la recompensa con momentos de belleza impresionante y liberación emocional. Para quienes estén dispuestos a emprender el viaje, este es uno de los álbumes más conmovedores y logrados del año.

En un mundo que a menudo parece tambalearse al borde del abismo, We Lost The Sea nos ha regalado un disco que nos recuerda por qué resistimos. Deja que una sola flor florezca en tu vida. No te arrepentirás.

Video del tema "If They Had Hearts":

Tracklist:

1.If They Had Hearts 08:43
2.A Dance with Death 10:22
3.Everything Here Is Black and Blinding 07:42
4.Bloom (Murmurations at First Light) 13:35
5.The Gloaming 03:07
6.Blood Will Have Blood 27:11

Banda:

  • Mark Owen - Guitarras, Piano
  • Matt Harvey - Guitarras, Noise
  • Kieran Elliott - Bajo
  • Carl Whitbread - Guitarras
  • Mathew Kelly - Piano, Sintetizadores, Fender Rhodes
  • Alasdair Belling - Batería, Positivity

Producido por We Lost The Sea y Tim Carr

THE CHURCH - Starfish - Album (Revisited)

Antes de empezar, déjame decirlo sin rodeos: "Starfish" no es solo uno de mis discos favoritos de los 80 (siglo XX), sino uno de esos raros álbumes que todavía me sorprende, incluso después de décadas escuchándolo. Como fan de la banda australiana The Church desde hace mucho tiempo, siempre he admirado su capacidad para moverse entre mundos: psicodelia, post-punk, dream pop, sin perder jamás su propia identidad, extraña y hermosa. Pero "Starfish" es algo completamente distinto. Es donde todo se alinea: el sonido, las canciones, el misterio. Tanto si nunca has oído hablar de The Church como si solo conoces su gran single "Under the Milky Way", este álbum merece toda tu atención. Por eso quiero recomendarlo (revisited) a los lectores de este blog de música.

ALBUM: Starfish 


Cuando The Church publicó "Starfish" en febrero de 1988, pocos podrían haber predicho que un enigmático grupo de rock de Sydney, Australia, produciría un álbum que, sutil pero poderosamente, resonaría en todos los continentes. En una década saturada de brillo, reverberación y peinados extravagantes, "Starfish" fue una excepción, un álbum que se sintió menos como un grito y más como un susurro llevado por el viento. Un susurro que, contra todo pronóstico, se convertiría en el disco más exitoso de The Church, obteniendo disco de oro en Estados Unidos con más de 600.000 copias vendidas.

THE CHURCH - Starfish - Album (1988)

Aunque la atención se centró inevitablemente en el conmovedor éxito "Under the Milky Way", lo que subyace es una colección de canciones con cuerpo y matices que reflejan una banda en transición, tanto musical como personal.

The Church encuentra su brújula en Los Ángeles:


Hasta ese momento, The Church se había labrado una respetable reputación en Australia y Europa, pero "Starfish" marcó un giro radical: su primera grabación fuera de Australia, bajo la dirección de los reconocidos productores angelinos Greg Ladanyi y Waddy Wachtel. Conocidos por su trabajo con artistas como Don Henley y Stevie Nicks, este equipo aportó una producción pulida y espaciosa que frenó las tendencias psicodélicas de The Church y le dio a la música un toque más nítido, ideal para la radio.

The Church - banda - 1988

No siempre fue una colaboración cómoda. Como recordaría más tarde el guitarrista Marty Willson-Piper, el estilo suelto y atmosférico de la banda a menudo chocaba con la obsesión de los productores por el tempo y el control. El baterista Richard Ploog, en particular, tuvo dificultades para adaptarse, tanto que el legendario músico de sesión Russ Kunkel fue contratado discretamente para tocar la batería en "Under the Milky Way".

Sin embargo, a pesar de toda la tensión, esa fricción pudo haber sido justo lo que "Starfish" necesitaba.

Sonido espacioso y conectado:


Las diez canciones de "Starfish" logran un equilibrio inusual: sobrias pero ricas, contenidas pero con gran potencia emocional. Desde la inquietante y etérea "Destination", la primera canción, hasta el agridulce "Hotel Womb", el disco evoca un paisaje tan vasto como el desierto australiano y tan enigmático como el cosmos.

Las letras son a menudo crípticas, poéticas sin ser pretenciosas. El barítono de Steve Kilbey rara vez se impone, perdura, sugiere. Tomemos como ejemplo la frase de Destination: "No es una religión, es solo una técnica". Podría tratarse de meditación, música o algo completamente interno. Esa ambigüedad forma parte de su atractivo.

La característica interacción de guitarras gemelas de la banda, entre Willson-Piper y Peter Koppes, es más rica que nunca. Canciones como "North, South, East and West" presentan riffs entrelazados que alternan entre arpegios vibrantes y acordes potentes y densos. Mientras tanto, "Antenna" y "Lost" se despliegan lentamente, como un time-lapse de nubes formándose sobre un desierto.

Incluso la producción, a veces criticada por esterilizar los instintos más salvajes de la banda, le otorga al álbum una claridad que ha envejecido notablemente bien. Donde muchos álbumes de los 80 ahora suenan atrapados en el ámbar, "Starfish" todavía se siente, si no exactamente moderno, sí atemporal.


El single:


Resulta irónico que "Under the Milky Way", la canción que definiría el legado de The Church, se considerara inicialmente un descarte. Coescrita por Kilbey y su entonces pareja, Karin Jansson, comenzó como una maqueta antes de ser transformada, casi quirúrgicamente, por técnicos de estudio con un Synclavier y músicos de sesión.

El resultado final es extraordinario. La introducción acústica de 12 cuerdas, acompañada de la guitarra eléctrica suavemente distorsionada de Peter Koppes, se convierte en una meditación dolorosa sobre el anhelo y la escala cósmica. Y luego, ese solo con sonido de gaita creado con samples invertidos.

La banda, inicialmente ambivalente, quedó atónita con la respuesta del público. La canción alcanzó el puesto número 24 en el Billboard Hot 100 de EE. UU., se convirtió en un clásico de MTV y más tarde aparecería en todo tipo de temas, desde Donnie Darko hasta anuncios de Subaru. El propio Kilbey dijo una vez que había crecido "más que la banda".

Video del tema "Under The Milky Way":


No es solo un álbum de una sola canción:


Pero "Starfish" no se basa en un solo momento de magia. Ni mucho menos. De hecho, algunos de los momentos más impactantes del álbum se encuentran en otras partes.

Contraportada del álbum STARFISH

"Reptile", el otro sencillo del álbum, es un estallido de paranoia áspero y tenso, con su riff inicial memorable al instante, su letra cáustica y extraña: "Te deslizas con un aguijón en la cola". Sigue siendo uno de los clásicos en vivo de la banda hasta el día de hoy.

Luego está "Hotel Womb", el cierre, una canción que el guitarrista Marty Willson-Piper ha calificado como su favorita del álbum. Comienza con acordes oníricos antes de convertirse en un ritmo hipnótico que gradualmente se desarrolla hasta un crescendo de guitarra apasionado. Es una de las canciones más emotivas que la banda jamás grabó, y una despedida perfecta.

Incluso temas profundos como "Spark", escrita e interpretada por Willson-Piper, ofrecen un contraste bienvenido: una explosión de energía new wave más corta y contundente que, de alguna manera, no desentona con los temas más lánguidos.


Las consecuencias y el resplandor:


El éxito comercial de "Starfish" catapultó a The Church a la fama mundial durante un breve periodo. Su siguiente disco, Gold Afternoon Fix, fracasó debido a la presión del sello y a conflictos internos. Ploog dejaría la banda poco después. Salvo por un breve periodo, The Church fueron los favoritos internacionales, acaparando portadas de revistas, agotando entradas y conquistando a oyentes que nunca habían oído hablar de sus anteriores LPs, "Of Skins and Heart" o "The Blurred Crusade".

A pesar de su refinamiento, "Starfish" es un álbum nacido de la contradicción. Se creó en tensión, entre el deseo de libertad de la banda y la insistencia de los productores en el orden. Fue concebido en la expansión sintética de Los Ángeles por un grupo de artistas más a gusto con la belleza caótica de la experiencia interior. Y fue elevado por una canción que la banda casi descartó.

The Church - Banda - 1988

Disco recomendado


Hay una razón por la que "Starfish" sigue siendo descubierto por nuevos oyentes décadas después de su lanzamiento. No es solo nostalgia. Este disco aún habla, de forma silenciosa y conmovedora, de algo elemental: el dolor de la distancia, la atracción de la belleza, la búsqueda de algo inalcanzable.

Si te encantan las guitarras soñadoras, las letras filosóficas o simplemente quieres escuchar algo de los 80 que no suene a los 80, entonces "Starfish" debería estar en tu colección. Es un disco de atmósfera, no de actitud. Y a veces, eso es justo lo que necesitamos. Magnífico, me encanta.

Video del tema "Hotel Womb":


Tracklist (versión original):

1. "Destination" 5:51
2. "Under the Milky Way" 4:57
3. "Blood Money" 4:23
4. "Lost" 4:47
5. "North, South, East and West" 4:59
6. "Spark" 3:45
7. "Antenna" 3:51
8. "Reptile" 4:56
9. "A New Season" 2:58
10. "Hotel Womb" 5:40

The Church (Banda):

  • Steve Kilbey – Bajo, Voz principal
  • Marty Willson-Piper – Guitarras, Voz principal en "Spark"
  • Peter Koppes – Guitarras, Voz principal en "A New Season"
  • Richard Ploog – Batería, Percusión

Personal adicional:

  • Greg Kuehn – Teclados
  • Russ Kunkel – Batería y percusión (2)
  • David Lindley – Mandolina (7)
  • Awesome Welles – Synclavier
  • Waddy Wachtel – Coros

Producción:

Producido por Greg Ladanyi, Waddy Wachtel y The Church

AMYL and the SNIFFERS - Cartoon Darkness - Album

En un momento donde el ruido mediático y las opiniones tóxicas parecen estar por todas partes, los australianos "Amyl and the Sniffers" gritan más fuerte. Su tercer disco "Cartoon Darkness" no busca agradar: busca decir lo que muchos piensan pero pocos se atreven a cantar. 

ALBUM: Cartoon Darkness 


"Amyl and the Sniffers" no han venido a complacer. Tampoco a suavizar. Con "Cartoon Darkness", su tercer álbum de estudio, la banda australiana lanza una ráfaga de canciones que suenan como si fueran escritas desde una trinchera en medio del caos social de 2024. Publicado el 25 de octubre a través de B2B Records y Virgin Music Group, el álbum ofrece 12 cortes donde el sudor, la rabia y la ironía se mezclan sin pedir permiso.

AMYL and the SNIFFERS - Cartoon Darkness - Album

Atrás queda la efervescencia juvenil de sus inicios. Aquí no hay espacio para la ingenuidad. En su lugar, encontramos a una banda que ha madurado sin perder su esencia ni caer en concesiones. Amy Taylor lidera este estallido sónico con la misma energía de siempre, pero ahora armada con más conciencia, más sarcasmo y muchas más razones para no callarse.

Haters, redes y rabia:


Desde la primera línea de “Jerkin’”, el disco no se anda con rodeos: “You’re a dumb c*nt”. La frase no es gratuita. Es una respuesta directa al tipo de odio que pulula por las redes, especialmente dirigido a mujeres que se atreven a ocupar espacios públicos sin pedir disculpas. Amy Taylor le canta al machismo cotidiano, al cinismo online y al eterno juicio sobre el cuerpo femenino. Pero no lo hace desde el victimismo, sino con una mezcla de burla, desdén y riffs afilados como cuchillas.

Temas como "Tiny Bikini" y "U Should Not Be Doing That" apuntan a lo mismo: la libertad de vestirse como una quiera, de decir lo que una piense y de mandar a callar a los opinólogos de siempre. En esta última, un groove con metales se mezcla con frases como “I’m working on my worth”, dejando claro que, detrás de la provocación, hay también evolución personal.

Voces que no piden permiso:


Amy Taylor no es solo una cantante con presencia arrolladora. En este disco, también demuestra que puede bajar el tono sin perder fuerza. En "Big Dreams", baja la guardia para hablar de metas truncadas, de la frustración de sentirse atrapada por el entorno. “Just take a deep breath and get out of this place”, canta casi en susurros, en lo que parece más una charla íntima que una performance.

Amy Taylor

Y en "Bailing On Me", se permite incluso sonar frágil. Es una excepción en un álbum que no da tregua, pero necesaria para equilibrar tanta adrenalina.


Punk de corazón, rock de músculo:


Musicalmente, "Cartoon Darkness" no es solo una colección de canciones punk. Hay destellos de rock clásico, influencias del garaje y hasta algo de ese "Australiana" —sí, como un Heartland Rock australiano — que huele a asfalto caliente, cerveza y polvo del desierto.

Canciones como "Motorbike Song", con su línea “I wanna ride you like a Harley D”, combinan sensualidad y libertad en un solo golpe de acelerador. Suena a escape, a carretera sin destino y a noches sin reloj. "It’s Mine", en cambio, es una descarga sin control donde cuestionan el concepto de propiedad en una era donde todo parece estar en venta.

Hasta en sus momentos más rápidos y sucios, como “Pigs” o “Do It Do It”, la banda encuentra espacio para meter melodías que enganchan y letras que resuenan. Porque si algo saben hacer "Amyl and the Sniffers", es escribir desde el presente, sin adornos, con una honestidad brutal que incomoda y gusta al mismo tiempo.


Sin censura:


Tal vez el mejor resumen del disco esté en su cierre: "Me and the Girls". Es una celebración, sí, pero también una proclama. “Me and the girls want free abortions / You and the boys can’t even get waxed”, canta Taylor en un coro que suena a fiesta, pero también a protesta. La canción bebe de la tradición punk, pero se atreve a jugar con estructuras más funky y hasta coquetea con el rap hablado al estilo Blondie.

Hay algo profundamente liberador en cómo la banda se niega a encajar en moldes, incluso dentro del punk. No les interesa sonar “correctos”. Les interesa sonar auténticos.


Entre el ruido y la claridad:


Lo que hace especial a "Cartoon Darkness" no es solo su agresividad o su humor ácido. Es su capacidad de alternar entre el desmadre absoluto y la lucidez emocional sin perder coherencia. En manos menos hábiles, ese equilibrio sería imposible. Pero aquí, todo fluye con naturalidad. Hay momentos que hacen reír por lo groseros, otros que incomodan por lo reales, y otros más que invitan a reflexionar, aunque sea con una cerveza en la mano.

AMYL and the SNIFFERS

Es cierto que no es un disco para todo el mundo. Pero tampoco pretende serlo. Y ahí está su fuerza.


Disco recomendado


"Cartoon Darkness" es una bofetada sonora que mezcla crítica social, catarsis emocional y puro disfrute punk. Es también la confirmación de que "Amyl and the Sniffers" no son una moda pasajera, sino una banda con cosas que decir y maneras muy personales de decirlas.

Recomiendo escuchar este disco con el volumen bien alto, idealmente en movimiento: en un coche sin rumbo, en el metro con los auriculares apretando fuerte o corriendo por una ciudad. Es ahí donde se siente más vivo, más urgente, más necesario.

En medio de tanto ruido hueco, "Cartoon Darkness" suena como algo real. Y eso no es poco.

Video del tema "Motorbike Song":

Tracklist:

1. "Jerkin'" 2:08
2. "Chewing Gum" 3:20
3. "Tiny Bikini" 2:14
4. "Big Dreams" 3:11
5. "It's Mine" 1:37
6. "Motorbike Song" 2:24
7. "Doing in Me Head" 3:01
8. "Pigs" 2:23
9. "Bailing on Me" 2:41
10. "U Should Not Be Doing That" 3:26
11. "Do It Do It" 2:26
12. "Going Somewhere" 2:49
13. "Me and the Girls" 2:08

Amyl and the Sniffers:

  • Amy Taylor – voz
  • Declan Mehrtens – guitarra, teclados, coros
  • Gus Romer – bajo, coros
  • Bryce Wilson – batería, coros

Colaboradores adicionales:

  • Harry Cooper – saxofón en "U Should Not Be Doing That"
  • Barnaby Clay – armónica en "Me and the Girls"

Nick Launay – producción, grabación, mezcla