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BECK - Ride Lonesome: vuelve para avanzar

A estas alturas, intentar explicar a Beck con una sola canción sigue siendo bastante inútil. Durante más de treinta años ha pasado del folk al hip hop, del pop electrónico a las guitarras acústicas, del humor absurdo a canciones donde apenas queda sitio para esconderse detrás de una ocurrencia. Quizá por eso resulta tan interesante que su nuevo disco no llegue buscando otra metamorfosis espectacular. "Ride Lonesome", publicado el 18 de septiembre de 2026, vuelve a una zona de su música que ya conocemos, pero lo hace después de siete años sin un álbum de estudio y con todo lo que puede cambiar una persona durante ese tiempo.

ALBUM: Ride Lonesome


Si alguien descubre ahora a Beck a través de este disco y después escucha "Odelay", probablemente pensará que ha saltado de artista sin darse cuenta. A mí me sigue fascinando precisamente eso. Su discografía funciona menos como una línea recta que como una casa con habitaciones muy distintas, y "Ride Lonesome" abre de nuevo una de las más silenciosas, la que conecta con Sea Change, Mutations y Morning Phase.

BECK - Ride Lonesome- album - 2026

No hace falta conocer esos discos para entrar aquí, aunque hacerlo añade otra capa a la escucha. Beck no está inventando este lenguaje en 2026. Está regresando a él.

Beck que baja el volumen:


El disco Sea Change apareció en 2002 y todavía ocupa un lugar extraño dentro de su carrera. Hasta entonces mucha gente asociaba a Beck con el collage, la ironía y aquella capacidad tan noventera de mezclar referencias sin pedir permiso. De pronto hizo un álbum lento, vulnerable y casi desnudo, nacido después de una ruptura sentimental, donde las guitarras acústicas y los arreglos de cuerda tenían mucho más peso que cualquier juego de estudio.

El álbum Morning Phase retomó parte de aquel paisaje en 2014. "Ride Lonesome" entra en la misma conversación, pero escuchar los tres discos seguidos deja algo bastante claro, una persona puede volver al mismo tipo de canciones sin estar volviendo al mismo momento de su vida.

También ayuda que alrededor de Beck haya caras conocidas. Joey Waronker regresa a la batería, Justin Meldal Johnsen al bajo, Smokey Hormel y Jason Falkner a las guitarras y Roger Joseph Manning Jr. a los teclados. Nigel Godrich vuelve a ocuparse de la mezcla y David Campbell, padre de Beck, participa de nuevo en los arreglos orquestales. Es prácticamente una reunión de la familia musical que ayudó a construir Sea Change y Morning Phase.

BECK - cantante - 2026

Eso se escucha más en la confianza que en la nostalgia. Nadie parece tener necesidad de demostrar demasiado. Las canciones avanzan despacio y los instrumentos entran cuando tienen algo que aportar, no porque haya que rellenar un hueco.

Un disco al que le sienta bien el espacio:


La canción "Ride Lonesome" abre con guitarra acústica, pedal steel y una voz que parece llegar desde una habitación más grande de lo que realmente es. Poco después empiezan a aparecer más elementos, pero el tema nunca se vuelve pesado. Esa sensación se mantiene durante buena parte del álbum, incluso en las canciones con arreglos más densos.

La mezcla de Nigel Godrich tiene bastante culpa. Hay muchísima reverberación, aunque rara vez suena como un simple efecto añadido al final. En "Failed Words", por ejemplo, el piano y la orquesta empiezan a mezclarse con sus propios ecos hasta que resulta difícil separar unas cosas de otras. No importa demasiado. La canción funciona mejor cuando uno deja de perseguir cada instrumento y escucha el conjunto, como si el sonido estuviera perdiendo sus bordes.

La batería de Joey Waronker hace justo lo contrario. Suele sonar seca, cercana, casi setentera, y ofrece un punto de apoyo a todo lo que flota alrededor. Es uno de esos detalles que quizá no llaman la atención la primera vez, pero que empiezan a explicar por qué el disco resulta tan físico pese a su aire soñador.

He vuelto varias veces a esa combinación. No porque "Ride Lonesome" esconda trucos especialmente complejos, sino porque muchas de sus decisiones están medio enterradas. Hay guitarras que aparecen un instante y se marchan, voces superpuestas que casi se confunden con los arreglos y pequeños cambios de textura que tienen más importancia de la que parecía en la primera escucha.

Nick Drake, Neil Young y una carretera en mitad de la noche:


Cuando suena "In The Night" es difícil no pensar en Nick Drake. Las cuerdas tienen algo de la delicadeza inquietante de "River Man" y de los arreglos de Robert Kirby, aunque Beck nunca termina convertido en una imitación de Drake. Esa influencia lleva años apareciendo en su música y aquí funciona más como una sombra conocida.

Neil Young también está cerca, sobre todo en la parte más polvorienta del disco, en ciertas guitarras y en esa manera de dejar que una canción encuentre su velocidad natural. El country, el folk y el soft rock de los setenta están presentes, pero "Ride Lonesome" no parece interesado en reconstruir una época. Utiliza esos sonidos como Beck lleva utilizando estilos toda su carrera, apropiándose de ellos hasta que dejan de parecer referencias aisladas.

Hay además una imagen que vuelve una y otra vez en sus canciones, conducir de noche. En "The Golden Age", que abría Sea Change, la carretera ofrecía algo parecido a una escapatoria. En "Run Away" el viaje es más extraño, incluso un poco más peligroso. El coche sigue avanzando, pero ya no está tan claro que exista un destino capaz de arreglar nada.

Me gusta encontrar ese tipo de ecos entre discos separados por décadas. Permiten escuchar no solo cómo cambia un músico, también cómo cambia una misma idea cuando alguien vuelve a ella años después.

Slow Canyon y dejar crecer una canción:


"Slow Canyon" podría ser un buen punto de entrada para quien no conozca esta parte de Beck. Comienza sin demasiadas pretensiones, apoyada en una guitarra con una textura casi metálica y un ritmo tranquilo. Luego empieza a ensancharse. Aparece la guitarra deslizante, entran las cuerdas del Calder Quartet y poco a poco se suman las maderas hasta que la canción termina ocupando un espacio enorme sin haber levantado apenas la voz.

Lo curioso es que cuesta señalar exactamente cuándo sucede esa transformación. No hay un gran golpe de efecto. Simplemente te das cuenta de que has pasado de una canción pequeña a algo bastante cinematográfico.

"Falling Through My Hands" trabaja de otra manera, pero comparte ese gusto por añadir detalles sin convertirlos en protagonistas. Hay órgano, sintetizador, armónica, voces y maderas moviéndose por debajo de la superficie. "For Your Love" se acerca todavía más a una pieza orquestal, mientras que "Beyond The Light" utiliza cuerdas y metales para cerrar el álbum sin necesidad de buscar un final grandilocuente.

Son canciones que agradecen auriculares y un poco de paciencia. No porque sean difíciles, sino porque gran parte de lo que contienen ocurre lejos del centro.


La ausencia cabe en una habitación:


Las letras también funcionan mejor cuando Beck deja las grandes declaraciones a un lado. "Disappearing Act" parte de algo muy sencillo, escuchar un ruido en otra habitación y pensar por un momento que procede de una persona que ya no está allí. Ese pequeño error del cerebro resulta mucho más reconocible que cualquier descripción solemne de una separación.

En la canción que da título al disco aparecen rosas de papel que olvidaron florecer. Por otras partes hay océanos, flores marchitas, noches, cielos y luces que desaparecen. Beck lleva tiempo recurriendo a imágenes naturales para hablar de relaciones y pérdida, y "Ride Lonesome" continúa haciéndolo.

Sin embargo, yo no escucho exactamente la misma tristeza del álbum Sea Change. Allí había algo inmediato, casi una sensación de estar atrapado dentro de la ruptura. Aquí aparece además el cansancio de reconocer ciertas emociones. En "Bleed" canta sobre no saber adónde va y, al mismo tiempo, sentir que ya ha estado allí antes. La frase resume bastante bien una parte del disco, hay experiencias que regresan, pero nosotros no volvemos a ellas siendo exactamente los mismos.

Eso hace que "Ride Lonesome" hable tanto del tiempo como del desamor.

Volver después de Hyperspace:


El contraste con "Hyperspace" ayuda a entender todavía mejor dónde estamos. Aquel disco, publicado en 2019 y trabajado junto a Pharrell Williams, estaba rodeado de sintetizadores, superficies brillantes y una especie de pop futurista. Antes, Colors había mostrado otra vez al Beck más inmediato y luminoso.

Ahora reaparecen madera, cuerdas, pedal steel, baterías secas y voces que parecen perderse al fondo de la mezcla.

Podría parecer una retirada hacia terreno seguro, aunque esa lectura se queda algo corta. Han pasado casi veinticinco años desde Sea Change y doce desde Morning Phase. Volver a tocar con muchas de las mismas personas no significa poder recrear lo que ocurría entonces, aunque quisieran. La experiencia acumulada modifica inevitablemente el resultado.

Hay algo bonito en escuchar a un grupo de músicos volver a un vocabulario compartido después de tantos años. No buscan demostrar que todavía saben hablarlo. Simplemente continúan la conversación.

Si es tu primer disco de Beck:


Yo no intentaría utilizar este álbum para explicar toda su carrera, porque sería condenarlo a una tarea imposible. Preferiría verlo como una puerta.

Beck - cantante

Si te gusta este lado acústico y melancólico, el siguiente paso natural es "Sea Change". "Morning Phase" completa bastante bien ese recorrido y "Mutations" permite retroceder todavía más. Después haría justo lo contrario y pondría "Odelay", quizá su gran explosión de ideas, samples, guitarras y cultura pop. El salto resulta enorme y ahí empieza a entenderse por qué Beck ha conseguido seguir siendo difícil de encerrar en una etiqueta después de tantos años.

"Ride Lonesome" no necesita ruido alrededor para hacerse notar. Funciona mejor cuando uno deja de esperar que ocurra algo espectacular y empieza a prestar atención a las pequeñas cosas, una guitarra que se desliza detrás de la voz, una batería que parece estar tocándose a dos metros, unas cuerdas que desaparecen lentamente o una frase que adquiere sentido unos segundos después de haber terminado.


Disco recomendado


Para quien llegue joven a Beck, quizá sea además una buena manera de descubrir algo que las plataformas de música no siempre favorecen, escuchar un álbum sin perseguir inmediatamente la siguiente canción. "Ride Lonesome" tiene doce temas y merece ese tiempo. Después, cuando termine Beyond The Light, se puede seguir viajando por una discografía donde casi cada parada cambia las reglas.

En Beck nunca ha sido demasiado importante saber exactamente adónde vamos. Parte de la gracia siempre ha estado en descubrir dónde hemos acabado.

Video del tema "Ride Lonesome":

Tracklist:

1. "Ride Lonesome" 4:27
2. "Run Away" 3:39
3. "In the Night" 2:58
4. "Failed Words" 3:32
5. "Bleed" 3:17
6. "Disappearing Act" 2:59
7. "For Your Love" 3:24
8. "Slow Canyon" 4:22
9. "It Ends Right Here" 2:56
10. "Falling Through My Hands" 4:33
11. "If You Don't Know What Love Is" 5:45
12. "Beyond the Light" 5:33

Músicos:

  • Beck Hansen – voz (todas las pistas), coros (pistas 1, 4, 11, 12), guitarra (1, 10), guitarra acústica (2–6, 8, 9, 11, 12), sintetizador (2–5, 9, 10, 12), piano (2, 4, 11), glockenspiel (2), bajo (3), guitarra eléctrica (9, 11, 12), armónica (10, 11), teclados (12)

  • Roger Joseph Manning Jr. – coros (1, 4, 6, 11, 12), teclados (1), piano (2, 4, 5, 8, 10), sintetizador (2, 4, 6, 8, 10), órgano (10–12)
  • Justin Meldal-Johnsen – bajo (1, 2, 4, 6, 8, 10–12)
  • Smokey Hormel – guitarra (1), guitarra eléctrica (2, 5, 11), guitarra *slide* (6, 8, 12), guitarra acústica (6)
  • Joey Waronker – batería (1, 2, 6, 8, 10–12), percusión (8)
  • Jason Falkner – guitarra (1, 10), guitarra eléctrica (4, 9, 11); piano, sintetizador (10); coros (11)
  • Stephanie Bennett – arpa (2)
  • Blake Mills – guitarra acústica (3)
  • Charlie Tyler – violonchelo (3, 5, 7, 9, 12)
  • Jacob Braun – violonchelo (3, 5, 7, 9, 12)
  • Paula Hochalter – violonchelo (3, 5, 7, 9, 12)
  • Allen Fogle – trompa (3, 5, 7, 9, 12)
  • Danielle Ondarza – trompa (3, 5, 7, 9, 12)
  • Alma Fernandez – viola (3, 5, 7, 9, 12)
  • Linnea Powell – viola (3, 5, 7, 9, 12)
  • Luke Maurer – viola (3, 5, 7, 9, 12)
  • Carrie Kennedy – violín (3, 5, 7, 9, 12)
  • Charlie Bisharat – violín (3, 5, 7, 9, 12)
  • Jessica Guideri – violín (3, 5, 7, 9, 12)
  • Joel Pargman – violín (3, 5, 7, 9, 12)
  • Josefina Vergara – violín (3, 5, 7, 9, 12)
  • Luanne Homzy – violín (3, 5, 7, 9, 12)
  • Sara Parkins – violín (3, 5, 7, 9, 12)
  • Tammy Hatwan – violín (3, 5, 7, 9, 12)
  • Thomas Harte – contrabajo (3, 5, 7, 9, 12)
  • Stanley Clarke – contrabajo (3)
  • David Greenbaum – sintetizador (4, 5)
  • Eric Byers – violonchelo (7, 8)
  • Jonathan Moerschel – viola (7, 8)
  • Benjamin Jacobson – viola (7, 8)
  • Tereza Stanislav – viola (7, 8)
  • Geoff Nudell – clarinete bajo (8, 10, 12)
  • Joshua Ranz – clarinete (8, 10, 12)
  • Ted Sugata – corno inglés, oboe (8, 10)
  • Steve Kujala – flauta (8), flauta contralto (10)
  • Greg Leisz – pedal steel guitar (11)

Aspectos técnicos:

  • Beck – producción
  • David Greenbaum – ingeniería de sonido
  • Erik Brauer – ingeniería de sonido
  • Dylan Sky – ingeniería desonido (3–6, 8, 10, 12)
  • Darrell Thorp – ingeniería (4, 6–8, 12)

C. TANGANA - El Madrileño: tradición, riesgo y reinvención

Confieso que el músico C. Tangana nunca había ocupado demasiado espacio en mis escuchas. Quienes llegamos a la música principalmente a través del rock, el pop británico, la música alternativa o los grandes discos anglosajones tendemos a observar ciertos fenómenos de la música española desde cierta distancia. No por desprecio, sencillamente porque nuestras referencias están en otro sitio. El disco "El Madrileño" consiguió que esa distancia dejara de importar.


ALBUM: El Madrileño


Publicado el 26 de febrero de 2021, el álbum supone uno de esos cambios de dirección que obligan a reconsiderar a un artista. Hasta entonces, Antón Álvarez había construido buena parte de su popularidad alrededor del rap y la música urbana, con canciones capaces de funcionar en discotecas y listas de éxitos. Aquí decidió cambiar el decorado casi por completo.

C. TANGANA - El Madrileño (2021)

No abandonó su personalidad, porque la ambición, la ironía, el ego, el deseo, la frustración sentimental y esa permanente conciencia de estar construyendo un personaje siguen ahí. Lo que cambió fue el idioma musical utilizado para expresarlo.

Y ese cambio es precisamente lo que hace que "El Madrileño" siga resultando tan interesante.


C. Tangana necesitaba salir de C. Tangana:


Antes de este disco, C. Tangana había aprendido perfectamente las reglas de la música urbana comercial. Mala Mujer, Bien Duro, Booty o No te debí besar habían demostrado que podía competir dentro de ese terreno. El problema de aprender demasiado bien unas reglas es que llega un momento en el que empiezan a limitarte.

Durante 2019 publicó numerosos sencillos y comenzó a aparecer una sensación de repetición. Era posible continuar persiguiendo el siguiente éxito, buscando la colaboración adecuada y afinando la fórmula, pero "El Madrileño" nace precisamente de la decisión contraria.

El contexto también importa. El disco tomó forma alrededor de una época en la que las discotecas estaban cerradas, los festivales se habían detenido y la relación habitual entre música popular, noche y consumo inmediato estaba temporalmente rota. Para un artista que había prosperado dentro de ese ecosistema, aquello podía convertirse en un problema. Tangana lo utilizó como oportunidad.

En lugar de fabricar otro repertorio pensado para la pista, empezó a mirar hacia atrás.


No hacia su pasado, sino hacia el de todos:


Rumba, copla, flamenco pop, bolero, bossa nova, canción latinoamericana, sonidos cubanos, guitarras españolas, ecos de bachata, música mexicana y pop rock empiezan a mezclarse dentro de un álbum que parece construido como un viaje con Madrid como punto de salida.

C. TANGANA

El cambio recuerda a esas transformaciones que resultan especialmente atractivas para quien viene del rock o de la música alternativa. No porque "El Madrileño" sea un disco de rock, evidentemente no lo es, sino porque comparte una idea muy arraigada en esa tradición, cuando una fórmula empieza a funcionar demasiado bien, el movimiento artístico más interesante suele consistir en escapar de ella.

Madrid como punto de partida:


El título puede llevar a engaño. "El Madrileño" no es un álbum encerrado en Madrid. Madrid funciona más bien como una estación central desde la que parten todas las líneas.

Ese concepto explica una lista de invitados extraordinariamente amplia. De las catorce canciones, doce incorporan colaboraciones. Aparecen Niño de Elche, La Húngara, Toquinho, Ed Maverick, Gipsy Kings, Jorge Drexler, José Feliciano, Omar Apollo, Eliades Ochoa, Carín León, Adriel Favela, Pepe Blanco, Kiko Veneno y Andrés Calamaro.

Sobre el papel, semejante reunión podría haber terminado convertida en un escaparate de nombres. No ocurre así porque C. Tangana comprende algo fundamental, colaborar no significa colocar dos voces en una misma grabación, sino permitir que el invitado cambie el carácter de la canción.

Eso obliga además al propio C. Tangana a retroceder unos pasos.

Paradójicamente, el álbum en el que crea uno de sus personajes más reconocibles es también aquel en el que menos necesita ocupar permanentemente el centro. "El Madrileño" se construye mediante otras voces, acentos, generaciones y geografías.

Hay algo casi gastronómico en esa idea, algo muy madrileño también. Una identidad formada absorbiendo elementos llegados desde muchos lugares hasta convertirlos en una cultura reconocible por sí misma.

Demasiadas Mujeres:


La primera canción explica buena parte del proyecto antes de que dé tiempo a formular ninguna teoría.

El tema Demasiadas Mujeres parte de materiales asociados a la tradición popular y religiosa española y los enfrenta a una producción electrónica. Una marcha procesional puede convivir con una pulsación cercana al techno sin que ninguno de los dos elementos aparezca como una broma.

Ese detalle es importante.

"El Madrileño" podría haber caído fácilmente en el pastiche. Podría haber tratado la música antigua como material pintoresco al que añadir una base contemporánea para hacerlo atractivo a una nueva generación. En sus mejores momentos ocurre exactamente lo contrario. Tangana parece preguntarse qué emociones siguen compartiendo esas músicas pese a pertenecer a épocas distintas.

La respuesta suele ser bastante sencilla, deseo, pérdida, orgullo, celos, nostalgia.

Por eso Tú Me Dejaste de Querer funciona tan bien. La Húngara y Niño de Elche aportan unas voces que conectan generaciones mientras una guitarra con aroma bachatero se introduce dentro de una rumba que parece familiar y extraña al mismo tiempo.

Es probablemente la canción que mejor resume todo el álbum. Puedes escucharla sin conocer absolutamente nada de flamenco, rumba o música urbana y entender inmediatamente su atractivo.

Eso es pop en el mejor sentido de la palabra.


Guitarras, madera y voces en primer plano:


Una de las cosas que más me sorprendió al escuchar "El Madrileño" fue descubrir la importancia física de los instrumentos.

Las guitarras tienen textura. No parecen accesorios colocados detrás de una voz, respiran dentro de las canciones.

En Comerte Entera aparece Toquinho y con él entra la delicadeza rítmica de la bossa nova. En la revisión de Un Veneno, José Feliciano transforma la canción desde la guitarra sin destruir la fragilidad del original. Párteme la cara, junto a Ed Maverick, demuestra cuánto puede conseguir Tangana cuando reduce los elementos y deja que una canción avance casi desnuda.

Ingobernable toma la rumba y utiliza a Gipsy Kings para darle un peso que ninguna simulación de estudio habría conseguido. Muriendo de envidia introduce a Eliades Ochoa, figura esencial de Buena Vista Social Club, dentro de una pieza que conecta rumba catalana, canción cubana y un cambio salsero en su tramo final.


Luego está el tema Cuándo olvidaré:


Para mí es uno de los momentos del álbum. Su carácter acústico, su vínculo con la canción latinoamericana y la aparición de la voz de Pepe Blanco generan una sensación extraña, como escuchar distintas décadas funcionando simultáneamente dentro de una habitación.

Aquí se entiende que la nostalgia de "El Madrileño" no consiste simplemente en recuperar sonidos antiguos. Lo importante es colocar el pasado dentro de una producción contemporánea y comprobar si todavía tiene algo que decir.

Casi siempre lo tiene.


Un disco sobre perder, desear y seguir aparentando:


Musicalmente el cambio es evidente, pero las letras recuerdan constantemente quién está detrás del personaje.

C. Tangana continúa escribiendo sobre éxito, dinero, mujeres, deseo y reconocimiento. Sin embargo, esas obsesiones aparecen ahora acompañadas por algo que antes ocupaba menos espacio, la conciencia de que conseguir lo que querías no necesariamente resuelve nada.

Ese desplazamiento resulta crucial.

El protagonista de estas canciones puede seguir comportándose con arrogancia, pero parece bastante más consciente de sus contradicciones. Hay relaciones que terminan, recuerdos que no desaparecen, noches que pesan más de lo esperado y una constante tensión entre la imagen pública y la intimidad.

Hasta el concepto de éxito empieza a sonar diferente.

La ambición continúa intacta, pero existe también cierta distancia respecto a ella. Tangana parece preguntarse qué queda cuando desaparecen la ropa, las cifras, la popularidad y la necesidad de demostrar constantemente quién eres. No siempre responde. Y probablemente sea mejor así.


La tradición no aparece aquí dentro de un museo:


Uno de los mayores méritos de "El Madrileño" consiste en acercar músicas que buena parte del público joven quizá nunca habría buscado por iniciativa propia.

¿Cuántos oyentes llegaron a José Feliciano, Eliades Ochoa, Toquinho, Kiko Veneno o Gipsy Kings después de escuchar este disco? Ese intercambio generacional me parece bastante más significativo que cualquier discusión sobre si Tangana inventó o no algo nuevo.

No lo inventó.

La rumba ya estaba ahí. La copla también. La bossa nova, el flamenco, el bolero, la salsa, la canción mexicana y el pop rock existían mucho antes de que Antón Álvarez pensara en llamarse "El Madrileño".

El logro está en otra parte. Consiguió que una generación acostumbrada a descubrir música mediante Spotify, TikTok o YouTube escuchara esos lenguajes sin percibirlos necesariamente como una lección de historia. No es arqueología musical. Es circulación cultural.

Para alguien joven que normalmente escucha a artistas internacionales, la puerta de entrada puede ser Tú Me Dejaste de Querer o Demasiadas Mujeres. Desde ahí el camino hacia Kiko Veneno, Buena Vista Social Club, José Feliciano, Toquinho o incluso viejas canciones de la música popular española queda sorprendentemente cerca.


También hay excesos, y eso beneficia al disco:


No considero "El Madrileño" una obra perfecta.

Su ambición provoca algunos desequilibrios. No todas las colaboraciones tienen la misma fuerza y determinadas referencias al pasado funcionan mejor como homenaje que como reinvención. Hay momentos en los que Tangana parece fascinado por sus propias influencias hasta el punto de concederles más espacio del que necesita la canción.

Pero prefiero esos defectos a un álbum impecablemente diseñado para no molestar a nadie.

Hong Kong, junto a Andrés Calamaro, es un buen ejemplo. Después de buena parte del recorrido acústico y sentimental del disco, aparecen unas guitarras más abiertas y una energía cercana al pop rock que alteran el equilibrio. No es un final elegante en un sentido convencional, pero sí tiene carácter.

Y "El Madrileño" necesita terminar así, sin comportarse demasiado bien.

La verdadera virtud del álbum está precisamente en su voluntad de asumir riesgos después de que su autor hubiera encontrado una fórmula mucho más cómoda.


El Madrileño convirtió el pasado en una posibilidad de futuro:


El éxito posterior confirmó que la apuesta conectó con un público enorme. El álbum encabezó las listas españolas, terminó siendo el disco más vendido en España en 2021 y llevó a C. Tangana a una nueva dimensión crítica y comercial.

Pero reducirlo a sus cifras sería perder la parte más interesante.

Su importancia está en haber demostrado que modernizar la música no significa necesariamente buscar sonidos que nadie haya escuchado antes. También puede consistir en volver sobre algo conocido y cambiar el contexto desde el que lo escuchamos.

"El Madrileño" utiliza tradiciones musicales de varias generaciones y países sin ocultar sus costuras. Se oyen las referencias, se reconocen los préstamos y aparecen invitados que representan mundos musicales completos. Tangana no pretende haberlos inventado. Su talento consiste en colocarlos alrededor de una misma mesa.

Quizá esa sea la mejor imagen para entender el álbum. No una pista de baile, tampoco un laboratorio de producción, sino una sobremesa imposible en la que pueden sentarse Toquinho, Calamaro, Drexler, La Húngara, José Feliciano, Kiko Veneno, Eliades Ochoa y un antiguo rapero madrileño decidido a comprobar qué ocurre cuando deja de preocuparse por sonar como se supone que debe sonar.


Disco recomendado


Para los lectores más jóvenes, especialmente para quienes viven musicalmente entre artistas internacionales, rock, pop alternativo, hip hop o sonidos actuales, recomiendo entrar en "El Madrileño" sin preocuparse demasiado por las etiquetas. Escuchad primero las canciones y seguid después las pistas que dejan sus invitados. Tal vez no terminéis convertidos en seguidores de la música española, a mí tampoco me ocurre con demasiada frecuencia, pero es difícil salir de este disco sin sentir curiosidad por el enorme mapa musical que hay detrás. Y cualquier álbum capaz de hacer que después de terminarlo quieras escuchar todavía más música ya ha conseguido algo importante.

Video del tema "Tú Me Dejaste De Querer":

Tracklist:

1. «Demasiadas mujeres» 2:33
2. «Tú me dejaste de querer» (con Niño de Elche y La Húngara) 3:18
3. «Comerte entera» (con Toquinho) 2:54
4. «Nunca estoy» 2:42
5. «Párteme la cara» (con Ed Maverick) 2:47
6. «Ingobernable» (con Gipsy Kings) 3:07
7. «Nominao» (con Jorge Drexler) 2:56
8. «Un veneno (G Mix)» (con José Feliciano) 3:13
9. «Te olvidaste» (con Omar Apollo) 3:07
10. «Muriendo de envidia» (con Eliades Ochoa) 3:02
11. «Cambia!» (con Carín León y Adriel Favela) 3:08
12. «Cuándo olvidaré» (con Pepe Blanco) 3:09
13. «Los tontos» (con Kiko Veneno) 3:12
14. «Hong Kong» (con Andrés Calamaro) 3:23

Waiting for a Miracle: el debut de THE COMSAT ANGELS

Si hoy escuchas a Interpol, Editors, The Chameleons o incluso determinados momentos de los tempranos Bloc Party, hay un álbum de 1980 al que merece la pena retroceder. No porque exista una línea genealógica sencilla que conecte todos esos nombres, sino porque "Waiting for a Miracle", debut de The Comsat Angels, contiene muchas de las sensaciones que décadas después volverían a resultar familiares en el rock alternativo, guitarras contenidas, bajos que gobiernan las canciones, baterías nerviosas, espacios vacíos y una voz que parece cantar desde algún lugar ligeramente apartado del mundo.

El álbum apareció el 5 de septiembre de 1980. Escucharlo hoy tiene algo de descubrimiento arqueológico, aunque la comparación pueda resultar injusta. No suena a objeto de museo. Suena extraño, inquieto y vivo.

Y precisamente por eso quiero recomendarlo.


ALBUM: Waiting for a Miracle


The Comsat Angels surgieron Sheffield, a finales de los setenta (siglo xx) la ciudad británica estaba atravesando las consecuencias de la crisis industrial, el desempleo y un cambio social profundo. Ese paisaje importa cuando uno escucha el disco. No porque las canciones funcionen como crónicas políticas explícitas, sino porque cierta sensación de incertidumbre parece haberse filtrado dentro de ellas.

THE COMSAT ANGELS - Waiting for a Miracle - Album 1980

La banda tampoco nació exactamente con el sonido que terminaría definiéndola. Stephen Fellows, Mik Glaisher, Kevin Bacon y Andy Peake habían tocado anteriormente bajo el nombre de Radio Earth, en una etapa con inclinaciones hacia el jazz rock. El contacto con el nuevo clima musical británico y, según recuerdan algunas de las fuentes de la época, una actuación junto a Pere Ubu, ayudaron a empujarles hacia otro territorio.

Influencia de Pere Ubu:

Pere Ubu dejó una huella clara, especialmente en la manera de entender el ritmo y la guitarra, pero The Comsat Angels pasaron esas ideas por el filtro del post punk británico. El resultado tenía algo del rock experimental estadounidense, algo de la austeridad que estaba apareciendo en grupos como Wire o The Cure, y una personalidad propia que todavía estaba tomando forma.

Antes de llegar a Polydor en 1979 habían publicado "Red Planet" en su propio sello, Junta. Un año después apareció Waiting for a Miracle.

THE COMSAT ANGELS

El milagro del título nunca llegó en forma de éxito masivo. El disco, en cambio, sí llegó.

Un álbum donde el vacío también toca:


Una de las primeras cosas que me atrapó al volver a "Waiting for a Miracle" fue comprobar lo poco que necesita la banda para crear tensión.

Aquí no existe una muralla de guitarras. Stephen Fellows toca muchas veces como si estuviera deliberadamente evitando ocupar todo el espacio disponible. La guitarra entra, desaparece, deja una figura suspendida y permite que sean el bajo, la batería y los teclados quienes construyan buena parte de la arquitectura.

Eso cambia por completo la escucha.

Kevin Bacon utiliza el bajo como una especie de columna vertebral. No se limita a acompañar las canciones, las empuja y, en algunos momentos, parece incluso discutir con ellas. Mik Glaisher toca la batería con una mezcla extraordinaria de disciplina y violencia controlada. Hay golpes que parecen aislados, patrones que no buscan decorar nada y silencios que tienen casi la misma importancia que la percusión.

Andy Peake completa ese espacio con teclados utilizados con enorme moderación. No están ahí para embellecer las canciones. Muchas veces hacen exactamente lo contrario, introducen una nota incómoda, una textura fría o una sensación difícil de identificar.

La producción, compartida por la banda y Pete Wilson, conserva esa sequedad. Escuchada hoy puede sorprender precisamente porque no intenta engrandecer nada. Cada instrumento parece encontrarse a cierta distancia de los demás.

Es uno de los secretos del disco.

El tema "Independence Day" es la puerta de entrada:


Si quieres probar una sola canción antes de entrar en el álbum completo, empezaría por "Independence Day".

Es probablemente el tema más conocido de The Comsat Angels y también el lugar donde todas sus ideas encuentran una forma particularmente inmediata. Hay melodía, tensión, cambios de intensidad y un equilibrio precioso entre lo accesible y lo extraño.

Siempre me ha llamado la atención que una canción así no convirtiera al grupo en algo mucho mayor. Tenía suficientes elementos pop para resultar reconocible y, al mismo tiempo, suficientes rarezas para no parecerse demasiado a nadie.

Pero quedarse ahí sería perderse lo mejor de "Waiting for a Miracle".

El tema "Missing in Action" abre el disco con una guitarra que casi parece una señal de alarma. Desde los primeros segundos aparece una de las emociones que atravesarán todo el álbum, el cansancio de alguien que siente que la vida cotidiana ya exige demasiado antes incluso de empezar el día.

"Baby" muestra otra cara. Bajo y batería generan una sensación física, irregular, casi incómoda. La canción avanza sin desperdiciar movimientos, y esa economía convierte cada pequeño cambio en algo importante.

Después está "Total War".

Aquí The Comsat Angels convierten una relación sentimental deteriorada en algo parecido a un conflicto territorial. La idea podría haber terminado en melodrama, pero la música evita cualquier exceso. Durante buena parte del tema la guitarra prácticamente renuncia al protagonismo. Bajo, batería y teclados mantienen una estructura circular que parece incapaz de encontrar una salida.

No hay liberación porque la historia tampoco la tiene.

Monkey Pilot y el futuro imaginado desde 1980:


Para alguien que llegue al grupo por primera vez, "Monkey Pilot" puede ser una de las canciones más reveladoras.

Stephen Fellows utiliza imágenes de ciencia ficción para hablar de algo profundamente cotidiano, la sensación de no controlar del todo tu propia vida. La figura de alguien frente a unos mandos que ya no comprende termina convirtiéndose en una imagen bastante precisa de la ansiedad.

Ese imaginario futurista aparece varias veces en el disco y encaja perfectamente con el nombre del grupo, tomado de un relato de J. G. Ballard.

Pero lo interesante es que "Waiting for a Miracle" nunca suena como una fantasía sobre el futuro. Su ciencia ficción habla del presente. Aeropuertos, mapas, máquinas, comunicaciones y territorios funcionan como metáforas para personas que no saben muy bien dónde están emocionalmente.

En "Real Story" esa sensación de aislamiento se vuelve especialmente intensa. "On the Beach" permite que la guitarra gane algo más de espacio y, escuchada retrospectivamente, anticipa algunos paisajes que pocos años después asociaríamos con The Chameleons.

"Map of the World" es más nerviosa y directa. Hay algo casi pop en su movimiento, aunque cualquier posibilidad de ligereza termina inmediatamente deformada por la manera de tocar del grupo.

Y entonces llega “Postcard”.

Es el final que necesita este álbum. Lento, oscuro y progresivamente opresivo. La batería hace crecer la tensión mientras guitarra y voz parecen moverse dentro de un espacio cada vez más pequeño. Además, funciona como una especie de puente hacia Sleep No More, el segundo disco de la banda, donde muchas de estas ideas adquirirían una identidad todavía más definida.

Si te gusta el post punk:


Cuando se habla de música británica de 1980, siempre aparecen ciertos discos. Closer de Joy Division, Seventeen Seconds de The Cure, Jeopardy de The Sound, The Correct Use of Soap de Magazine o 154 de Wire forman parte de ese relato.

"Waiting for a Miracle" debería aparecer más a menudo en la conversación.

No porque The Comsat Angels necesiten ser convertidos retrospectivamente en una banda gigantesca, ni porque haya que corregir la historia del rock a golpe de reivindicación. Me interesa precisamente lo contrario.

Me gusta que este disco siga teniendo algo de secreto.

Mientras U2 y Echo and the Bunnymen, bandas nacidas aproximadamente en el mismo periodo, terminaron construyendo carreras mucho más visibles, The Comsat Angels quedaron en una posición lateral. Su éxito comercial fue limitado y "Independence Day", incluso en una versión posterior remezclada, solamente alcanzó el número 71 en Reino Unido.

Ese dato dice muy poco sobre la música.

Porque cuando escucho este álbum no encuentro un borrador de algo que otros desarrollarían mejor. Encuentro a cuatro músicos aprendiendo a utilizar la contención como lenguaje.

Por qué escuchar "Waiting for a Miracle" hoy:


Hay una razón especialmente sencilla por la que recomiendo "Waiting for a Miracle" a lectores jóvenes, todavía no hemos agotado los grandes discos del pasado.

La historia de la música no está compuesta únicamente por los álbumes que terminaron apareciendo en todas las listas. También existen discos que circularon por caminos secundarios y que, cuarenta años después, pueden explicar perfectamente por qué ciertas ideas siguen reapareciendo.

Si has llegado al post punk a través de Interpol o Editors, aquí reconocerás algunas sombras. Si te interesa Joy Division, encontrarás una oscuridad diferente, menos monumental y quizá más nerviosa. Si disfrutas con el minimalismo de Wire, la primera etapa de The Cure o la tensión rítmica de Pere Ubu, probablemente descubrirás puntos de contacto.

Pero mi recomendación es intentar olvidarse de esas comparaciones después de la primera escucha.

Disco recomendado


Pon "Waiting for a Miracle" desde “Missing in Action” hasta “Postcard”, preferiblemente entero y sin saltar canciones. Deja que el bajo ocupe el espacio que normalmente esperas de una guitarra, escucha cómo Mik Glaisher utiliza la batería para aumentar la ansiedad y fíjate en todo lo que Andy Peake decide no tocar.

A veces descubrir un gran álbum antiguo no consiste en comprender inmediatamente por qué fue importante.

Consiste simplemente en encontrarte, décadas después, con una música que todavía consigue que prestes atención.

"Waiting for a Miracle" hace exactamente eso. Y si nunca habías escuchado a The Comsat Angels, este es el lugar donde yo empezaría.

Video del tema "Independence Day":

Tracklist (formato vinilo):

"Missing in Action"
"Baby"
"Independence Day"
"Waiting for a Miracle"
"Total War"
"On the Beach"
"Monkey Pilot"
"Real Story"
"Map of the World"
"Postcard"

The Comsat Angels:

  • Stephen Fellows – voz, guitarra
  • Andy Peake – sintetizador, voz
  • Kevin Bacon – bajo
  • Mik Glaisher – batería