Hay bandas que uno no elige, le eligen a uno. En mi caso, el conjunto australiano The Church llegaron en un momento muy concreto, cuando empezaba a sospechar que el rock podía ser algo más que estribillos de coros y guitarras obvias. Descubrí su música hace ya un tiempo por una amiga, pero ya no hubo vuelta atrás. Con el tiempo se convirtieron en una de mis bandas fetiche, de esas a las que vuelves no por nostalgia, sino por necesidad.
Entre todos sus discos, hay uno al que regreso con una frecuencia casi ritual. No es necesariamente el más famoso ni el más citado cuando se habla de su carrera, pero sí el que más me interpela. Cada vez que lo escucho encuentro un matiz nuevo, una armonía que antes había pasado por alto, una frase que adquiere otro significado con los años. Es un álbum que me ha acompañado en etapas distintas de mi vida, y que siempre ha sabido adaptarse a ellas sin perder su misterio.
Por eso quiero detenerme en el álbum "Heyday", publicado en 1985, no tanto para analizarlo con lupa académica, sino para compartir contigo por qué sigue siendo uno de mis favoritos y por qué creo que merece ser escuchado, o redescubierto, con la misma atención con la que se abre un libro importante. Lo que viene a continuación no es una simple revisión de mi ultimo blog post en 2022, es una invitación sincera a entrar en el universo de uno de los discos más especiales de The Church.
ALBUM: Heyday
No necesito que sea noviembre de 1985 para volver a "Heyday". Me basta con una tarde que se tuerza, un viaje largo en coche, o ese raro silencio que queda cuando apagas el móvil y te das cuenta de que el mundo no se acaba por no responder al momento. Entonces pongo el disco y ocurre lo de siempre, el aire cambia de densidad, la habitación se llena de una luz oblicua, y The Church vuelve a sonar como una banda que nunca terminó de pertenecer a una época concreta.
Lo escribo así, sin rodeos, porque no quiero venderte una "reseña" como si estuviéramos haciendo inventario de virtudes y defectos. Esto es otra cosa. Esto es una recomendación desde el cariño y desde la escucha prolongada, como quien te pasa un libro gastado con las páginas dobladas, no para demostrar que lo leyó, sino para invitarte a entrar. La obra "Heyday" es, para mí, uno de los disco más completo de The Church, y uno de esos álbumes de rock alternativo que merecen ser rescatados del ruido contemporáneo, especialmente ahora que tanta música parece diseñada para no dejar rastro.
Y sí, lo digo desde el lugar del fan, pero también desde el oficio. He pasado muchos años viendo cómo se construyen relatos alrededor de discos, cómo se exageran hitos, cómo se convierte el misterio en eslogan. Con The Church esa operación siempre ha sido difícil, y quizá ahí está una parte del encanto. Según contaba Marty Willson-Piper en una entrevista leído hace tiempo, el grupo solía mandar señales contradictorias, evitaba explicarse, chocaba en entrevistas, se negaba a jugar el juego. A veces fueron su peor enemigo, pero también se salvaron gracias a esa intuición obstinada, a esa especie de gen anti éxito que les impedía convertirse en una versión domesticada de sí mismos.
Cómo llegó a existir el álbum Heyday:
"Heyday" fue el primer álbum "grande" del grupo tras dos años sin un LP nuevo. En Estados Unidos, además, venían de una situación extraña, Warner había unido dos EPs y los presentó como "Remote Luxury", y para una banda que ya se estaba abriendo paso en Europa y Australia aquello tenía algo de solución provisional. Ellos querían un disco de verdad, con una identidad nítida, con la sensación de que por fin estaban capturando lo que estaba ocurriendo sobre el escenario.
La clave fue el cambio de método. Steve Kilbey lo comento con claridad, la dinámica de las maquetas caseras empezaba a asfixiarles. Sonaba rígido. En directo, en cambio, la banda había alcanzado un nivel de energía que no se correspondía con lo que dejaban grabado. La respuesta fue evidente, escribir juntos, como banda, y hacerlo de manera seria. Ocho de las diez canciones nacieron del trabajo colectivo. Eso no es un dato menor, es el corazón del álbum.
El productor elegido fue Peter Walsh, y la elección tiene más sentido del que parece. Venía de producir New Gold Dream de Simple Minds y había trabajado con Scott Walker, dos referencias que, por motivos distintos, hablan de atmósfera, de ambición y de carácter. Walsh no era un técnico que pulsa botones, era alguien capaz de escuchar una canción en bruto y sugerir, alargar una sección, acortar otra, hacerla más dinámica. Marty cuenta en dicha entrevista, por ejemplo, que en "Myrrh" propuso duplicar un pasaje para que la construcción hacia el siguiente tramo fuese más poderosa. Es el tipo de intervención que no se nota como truco, se nota como respiración.
Video del tema "Myrrh":
También hubo tensiones. Muchas. En plena gira posterior, Willson-Piper llegó a marcharse a mitad de tour, se subió a un tren en Hamburgo y se fue sin tocar. A la semana volvieron a arreglarlo, pero el gesto dice mucho del estado emocional del grupo. Y aun así, o quizá precisamente por eso, "Heyday" suena sorprendentemente cohesionado, como si hubieran decidido, por una vez, sujetar el timón entre todos antes de que el barco se partiese en dos.
Una producción cálida:
Otra cosa cambió de manera visible, la voz de Steve Kilbey. Hay quien lo atribuye al descanso, a dejar las drogas, a las horas de yoga. El motivo exacto me importa menos que el resultado, Kilbey suena más relajado, más cálido, más amplio. Pasa de un registro a otro con naturalidad y, sobre todo, se multiplica. Se grabó armonías encima de armonías, incluso una octava por encima de su registro habitual. Lo que antes algunos críticos señalaban como punto débil, aquí se convierte en una firma, en una presencia casi hipnótica.
En lo instrumental, "Heyday" hace un movimiento muy elegante, reduce el protagonismo de los teclados de trabajos anteriores, pero no se vuelve más seco. Al contrario. Aparecen cuerdas, metales, campanas, pequeños adornos que no están para impresionar, están para crear atmósfera. Y el eje de todo es el diálogo entre las guitarras de Marty Willson-Piper y Peter Koppes, un entrelazado que no busca lucirse con solos interminables, sino sostener la canción como si fuera una arquitectura de filigrana.
Hay una frase de la revista Rolling Stone que me parece iluminadora, el álbum sugiere una versión más electrificada de "Forever Changes" de Love, ese clásico de 1967 donde la orquesta se mezcla con el rock sin perder extrañeza. Entiendo por qué lo dijeron. "Heyday" tiene esa mezcla de brillo y sombra, de pop bien construido y psicodelia insinuada, de barroco discreto.
Y, sin embargo, no suena a “disco ochentero” de postal. No hay nada aquí que lo clave a la época de manera obvia. Es una razón por la que siempre lo he defendido, existe fuera del tiempo, como si lo hubieran grabado en una sala con las ventanas cerradas, sin dejar entrar las modas.
El clima del disco "Heyday":
Lo que me atrapa, más allá de la técnica, es el clima. Hay una sensación antigua, casi de mundo viejo, como si las canciones hubieran sido talladas en piedra pero pulidas con terciopelo. Los títulos ayudan, "Myrrh", "Tristesse", "Roman", "Columbus", "Night of Light". La portada también, esa explosión de color y ese grupo posando sobre una alfombra persa alquilada, una idea deliberadamente irónica que, según Marty, estaba pensada para confundir. Me encanta ese detalle, porque describe a The Church como pocas cosas, poner muchísimo esfuerzo en algo que no iba a facilitarle la vida a nadie.
Lo curioso es que, detrás de esa ambigüedad, el disco es extremadamente físico. Se escucha el ataque de las cuerdas, el brillo de una Rickenbacker de 12 cuerdas, el empuje del bajo, el nervio de la batería, y luego, por encima, las capas vocales que convierten los estribillos en pequeñas ceremonias.
Canciones que siguen latiendo:
Volvemos a "Myrrh", ejemplo perfecto de lo que este álbum hace bien. Empieza con una construcción cuidadosa, y cuando entra el cuerpo de la canción, todo avanza con una energía que no necesita correr para ser intensa. El estribillo es breve, casi minimalista, dos líneas cantadas en armonía por todos, y aun así funciona, quizá porque las guitarras lo empujan como un viento constante. Las imágenes de Steve Kilbey son evocadoras y precisas, sin caer en el hermetismo como refugio, "Jericho City", un "emerald haunt", una autopista con un sol muerto, son frases que no explican, pero sugieren, y ese es su poder.
"Tristesse" abre con un riff melódico de 12 cuerdas que parece sonreír sin dejar de ser enigmático. Tiene algo de tradición pop, sí, pero también un brillo iridiscente, como si el tema estuviera iluminado por una bombilla de baja potencia en una habitación azul. Es de esas canciones que no reclaman atención, te la ganan.
"Already Yesterday" es, quizá, el momento nostálgico del álbum. Tiene un punto beatleano en el sentido más amplio, el de melodía que flota, el de armonías que abrazan sin empalagar. Marty contaba en la ya citada entrevista que incluso el título fue un accidente, que durante mucho tiempo la llamaron "Hover", porque el riff inicial le daba esa sensación de levitar. Me gusta que un disco tan místico tenga también estas pequeñas anécdotas de taller, recordándonos que las canciones nacen a veces de un gesto físico, de un dedo buscando una posición difícil en el mástil.
"Columbus" muestra otra cara, más contundente, más rock, con un riff memorable y ese empuje casi marcial que se va abriendo en un tramo central muy logrado. Me divierte saber que el nombre viene de un malentendido geográfico, y que al final se impuso porque sonaba mejor que la ciudad real donde la compusieron. A veces el arte funciona así, una confusión termina siendo una decisión estética.
"Tantalized", el golpe de adrenalina:
Y luego llega la canción "Tantalized", y el disco cambia de pulso. Es probablemente la canción más "agresiva" que habían grabado en años, y aun así conserva el ADN The Church, ese vuelo de ensueño en medio del empuje. Los metales, tan discutidos por algunos seguidores, aquí aportan majestuosidad, un punto de exceso controlado. Hay campanas, hay una percusión que parece acelerar el corazón del tema, y sobre todo están las guitarras, brillantes, afiladas, creando un choque entre psicodelia y electricidad pura.
Marty Willson-Piper cuenta que nació de una jam entre él y Peter Koppes, con intercambio de instrumentos, con una energía casi de pub australiano, y que luego Walsh decidió añadir metales. Me parece importante subrayar esto, "Heyday" no es un álbum "decorado", es un álbum construido desde la fricción, desde el atrevimiento de probar cosas que podían no encajar. Ese riesgo es parte de su encanto.
Otros temas:
"Disenchanted" es el raro caso del disco, una canción escrita por Steve Kilbey en solitario, y se nota en la claridad narrativa, en ese tono autobiográfico que asoma sin convertirse en confesión obvia. Es pop de 12 cuerdas con ironía, con una elegancia que recuerda que The Church podían ser inmediatos sin ser simples.
Y "Happy Hunting Ground" merece un párrafo aparte, porque meter un instrumental de más de cinco minutos en un álbum de 1985 era una declaración. No es un relleno, es un paisaje. La banda la describe con imágenes casi cinematográficas, bongos, armónicos, arpegios que caen como hielo, pizzicatos, trompetas suaves, una sensación de procesión que se vuelve épica sin necesidad de alardear. A mí me recuerda a esos momentos en los que una banda parece escribir música para una película que no existe, y al escucharlo te entran ganas de inventarla.
En cuanto al cierre con "Youth Worshipper" y "Roman", no me interesa discutir si son "menos" o "más", porque yo los escucho como parte del relato completo. "Youth Worshipper", coescrita con Karin Jansson, tiene un tema muy de su tiempo y muy del nuestro, la obsesión por la juventud, la cirugía, la máscara, ese deseo de borrarse la edad a golpe de artificio. "Roman" termina el disco con un tono casi funerario al principio, y luego se abre hacia una psicodelia final que, en mi cabeza, siempre ha sonado a puerta entreabierta, como si el grupo se negara a cerrar del todo.
Por qué Heyday me mola tanto:
Se ha dicho muchas veces que la historia fue injusta con The Church. Puede ser. O quizá ellos mismos eligieron un camino donde la recompensa era más lenta. Lo que sí sé es que "Heyday" fue una apuesta valiente. Quitaron teclados, metieron cuerdas y metales, pusieron la voz de Kilbey al frente con una confianza nueva, y se lanzaron a escribir juntos en serio. Era un álbum de transición, sí, pero no suena a puente, suena a destino.
Además, dejó preparado el terreno para el gran "Starfish" y para esa apertura definitiva en Estados Unidos, aunque irónicamente después del esfuerzo llegaron los golpes, cambios de sello, inseguridad, la sensación de que todo se podía desmoronar. También por eso el título me parece perfecto, porque uno rara vez sabe que está viviendo su mejor momento mientras lo vive. Lo entiende después, cuando vuelve y escucha.
Y por eso vuelvo yo. Porque "Heyday" me recuerda que la música puede ser sofisticada sin ser fría, misteriosa sin ser pretenciosa, intensa sin gritar. Me recuerda que el rock alternativo de los ochenta (siglo XX) no fue solo estética, también fue una búsqueda seria de nuevas formas de emoción. Si te interesan discos donde la guitarra no es un adorno sino un lenguaje, donde las canciones tienen luz, pero también sombras, aquí hay un mundo.
Disco recomendado
Termino con una invitación directa. Si eres de los que ya ama a The Church, vuelve a "Heyday" con calma y escucha cómo respira, como si no lo conocieras. Y si eres más joven, o simplemente no has llegado todavía a ellos, te recomiendo este álbum sin nostalgia, como se recomienda algo vivo. "Heyday" no es un museo, es un lugar al que entras y, si tienes suerte, sales distinto, con la sensación de haber encontrado una belleza rara, discreta y persistente, de las que no se olvidan.
Video del tema "Tantalized":
Tracklist:
1."Myrrh" - 4:19
2."Tristesse" - 3:29
3."Already Yesterday" - 4:14
4."Columbus" - 3:50
5."Happy Hunting Ground" - 5:31
6."As You Will" - 4:44
7."Tantalized" - 4:59
8."Disenchanted" - 3:55
9."Night of Light" - 4:47
10."Youth Worshipper" - 3:43
11."Roman" - 3:51
12."The View" - 3:44
13."Trance Ending" - 4:48
"As You Will", "The View" y "Trance Ending" aparecen solo en las versiones de CD y casete.
The Church (miembros):
- Steve Kilbey - bajo, voz principal (1–5, 7–11, 13)
- Peter Koppes - guitarras, coros y voz principal (6)
- Marty Willson-Piper - guitarras, coros y voz principal (12)
- Richard Ploog - batería, coros, percusión
Créditos adicionales:
- Rick Chadwick / teclados
- Leon Zervos / efectos de sonido
- Tony Ansell / orquestación
- Phillip Hartl / primer violín
- Peter Walsh / arreglos de trompa y cuerda (5,9), productor
- Mark Williams / coros (3)
- Mark Punch / coros (3)
- Shauna Jensen / coros (3)
- Maggie McKinney / coros (3)
Producción:
- Peter Walsh
Ingeniería de sonido adicional: Guy 'De Vox' Gray






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