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BUDDY GUY - Damn Right, I've Got the Blues

Hay que escuchar cómo empieza el disco "Damn Right, I've Got the Blues". Buddy Guy cuenta la entrada, la banda se pone en marcha y, casi sin darnos tiempo a acomodarnos, su guitarra comienza a lanzar unas notas que parecen salir directamente de un amplificador a punto de echar humo. No hay demasiadas ceremonias. El hombre tiene algo que contar y lo va a hacer a su manera, con una Fender, una voz curtida por décadas de escenarios y esa maravillosa capacidad de convertir una canción de blues en algo que te obliga a dejar lo que estés haciendo.

Así es como me gusta descubrir música. Sin demasiadas explicaciones previas, sin necesidad de consultar veinte listas de los mejores discos de la historia y, sobre todo, sin que un algoritmo me diga qué debería escuchar después. Me gusta el rock, disfruto de la música pop cuando está bien hecho y encuentro cosas interesantes en prácticamente cualquier género, pero reconozco que tengo una debilidad por esos músicos capaces de transmitir más con una nota que otros con tres minutos de fuegos artificiales. Buddy Guy pertenece a esa especie.

Y quizá por eso me sorprende que su nombre no aparezca con más frecuencia en las conversaciones sobre los grandes guitarristas de la historia, especialmente entre los aficionados más jóvenes. Conocemos a Jimi Hendrix, Eric Clapton, Jimmy Page o Stevie Ray Vaughan. Hemos escuchado sus solos, nos sabemos sus canciones y seguimos encontrando bandas que intentan recuperar aquella electricidad. Sin embargo, no siempre nos detenemos a conocer a los músicos que contribuyeron a crear ese lenguaje. Buddy Guy fue uno de ellos. Y no precisamente uno secundario.


ALBUM: Damn Right, I've Got the Blues


Si nunca has escuchado un álbum completo de blues, o crees que este género tiene poco que ofrecerte porque tus gustos se mueven entre el rock alternativo, el indie o el pop, te propongo empezar por aquí. "Damn Right, I've Got the Blues", publicado en 1991, tiene suficiente energía para entusiasmar a un aficionado al rock y toda la personalidad que uno espera encontrar en una grabación de uno de los grandes nombres del blues de Chicago.

BUDDY GUY - Damn Right, I've Got the Blues

Además, es un disco que se disfruta de principio a fin. Algo que, con nuestros hábitos de escucha actuales, casi se está convirtiendo en un pequeño lujo.

De Luisiana a las raíces del rock eléctrico:


Para entender por qué su guitarra suena así hay que viajar hasta Luisiana, donde George Buddy Guy nació el 30 de julio de 1936, en una familia de aparceros de Lettsworth (EE.UU.). Su relación con la música comenzó de una manera bastante alejada de la imagen romántica que solemos asociar a los grandes artistas. No había estudios sofisticados, profesores particulares ni guitarras de colección. Fabricó uno de sus primeros instrumentos con materiales rudimentarios y aprendió escuchando discos, observando a otros músicos y repitiendo una y otra vez los sonidos que le fascinaban. Entre sus primeras influencias estuvieron Lightnin' Slim y John Lee Hooker, cuyo Boogie Chillen fue una de las canciones con las que empezó a familiarizarse con la guitarra.

En septiembre de 1957, con 21 años, decidió marcharse a Chicago. Allí encontró una ciudad donde el blues se había transformado en algo muy diferente de la música rural que había conocido durante su infancia. Las guitarras eléctricas, los amplificadores, las armónicas y las bandas que tocaban en pequeños clubes habían creado un sonido urbano, poderoso, directamente relacionado con la experiencia de miles de afroamericanos que habían emigrado desde los estados del sur.

Buddy Guy terminó entrando en contacto con Muddy Waters y comenzó a grabar para sellos como Cobra y Chess Records. También estableció una estrecha colaboración con Junior Wells, cuya armónica se convertiría en una magnífica compañera para sus aventuras musicales. El problema era que el sonido de Buddy Guy resultaba demasiado salvaje para algunos productores de aquellos años. Leonard Chess llegó a considerar que su manera de tocar era poco más que ruido. Lo que hoy nos parece una demostración de personalidad podía resultar incómodo en una época en la que los estudios preferían interpretaciones más contenidas.

A mí me fascina esa parte de su historia, porque explica muchas cosas que sucederían después. Buddy Guy llevaba al límite la distorsión, estiraba las notas hasta hacerlas casi irreconocibles y jugaba con cambios bruscos de intensidad. En directo era todavía más imprevisible. Podía bajar del escenario y caminar entre el público mientras seguía tocando, pasar de una melodía delicada a un estallido eléctrico o convertir una canción aparentemente sencilla en un espectáculo completamente distinto.

Aquello dejó una huella enorme en los jóvenes músicos británicos que estaban descubriendo el blues americano. Eric Clapton, Jeff Beck y otros guitarristas encontraron en él una libertad expresiva que después llevarían al rock. Jimi Hendrix también admiraba profundamente su manera de tocar. Es curioso pensar que muchas de las cosas que asociamos con la guitarra más atrevida de finales de los sesenta ya estaban presentes en las actuaciones de Buddy Guy durante la década anterior.

Su historia también invita a recordar algo que a veces olvidamos cuando hablamos del nacimiento del rock: buena parte de su lenguaje musical procede del trabajo y la creatividad de artistas afroamericanos que no siempre recibieron el mismo reconocimiento comercial que quienes llegaron después.

Y Buddy Guy todavía tenía mucho que decir.


1991, el regreso de una leyenda:


Me gusta situar "Damn Right, I've Got the Blues" en el año de su publicación porque ayuda a comprender lo peculiar que fue su aparición. Estamos en 1991. Nirvana está a punto de sacudir el panorama musical con Nevermind, U2 publica Achtung Baby y el rock vive un momento de transformación. Las guitarras siguen siendo protagonistas, pero las nuevas generaciones buscan otra forma de utilizarlas. El grunge, el rock alternativo y el indie están cambiando las reglas.

Mientras tanto, Buddy Guy, que llevaba buena parte de la década anterior sin una actividad discográfica comparable a la de sus primeros años, encuentra una nueva oportunidad gracias, en parte, a Eric Clapton. Sus actuaciones en el Royal Albert Hall de Londres durante 1990 y 1991 despiertan el interés del sello Silvertone, que decide apostar por él.

El álbum llega el 1 de julio de 1991 y termina convirtiéndose en el mayor éxito comercial de su carrera hasta entonces. En 1992 obtiene el Grammy al mejor álbum de blues contemporáneo, el primero de una larga colección de reconocimientos.

BUDDY GUY

Lo que me parece más interesante de aquel regreso es que Buddy no necesitó adaptar su sonido a ninguna moda. Su propuesta seguía estando profundamente arraigada en el blues de Chicago, aunque las grabaciones contaban ahora con una producción mucho más amplia y una banda extraordinaria. El productor John Porter, que había trabajado con artistas tan diferentes como Roxy Music y The Smiths, supo encontrar un equilibrio entre la personalidad del guitarrista y un sonido capaz de llegar a un público más amplio.

La grabación se realizó en Londres y reunió a músicos de enorme experiencia. Richie Hayward, batería de Little Feat, aporta una base rítmica fantástica, Greg Rzab sostiene el bajo, Neil Hubbard acompaña a la guitarra y Mick Weaver aporta el sonido de sus teclados. A ellos se suman el piano de Pete Wingfield, los metales de The Memphis Horns y unas voces femeninas que acercan varios temas al soul más clásico.

Y, por si fuera poco, aparecen Eric Clapton, Jeff Beck y Mark Knopfler.

Tres nombres que podrían haber convertido la grabación en una exhibición de estrellas, pero que aquí funcionan como invitados de un músico al que todos admiraban. Lo importante es escuchar cómo encajan sus aportaciones dentro de las canciones, no intentar averiguar quién se lleva el solo más espectacular.

El dueño de la fiesta sigue siendo Buddy Guy.

Una guitarra con mucho que contar:


Lo primero que me atrapa de este álbum es su sonido. Tiene la contundencia de un buen álbum de rock, pero conserva una forma de tocar y cantar profundamente ligada al blues tradicional. La guitarra ocupa un espacio enorme, aunque nunca termina de imponerse sobre el resto de los instrumentos. Los teclados aportan calidez, los metales empujan las canciones hacia territorios próximos al rhythm and blues y la batería mantiene un pulso que invita a moverse incluso cuando las letras cuentan historias bastante poco alegres.

El tema que da título al disco es una excelente carta de presentación. Buddy canta con esa voz áspera que parece haber acumulado varias vidas y va intercalando frases de guitarra que funcionan como pequeñas respuestas a sus propias palabras. Hay notas que corta de repente, otras que prolonga deliberadamente y momentos en los que parece estar disfrutando de lo imprevisible que puede llegar a ser su instrumento. Escuchándolo resulta fácil comprender por qué tantos guitarristas quisieron aprender sus trucos.

Pero reducir el atractivo de Buddy Guy a su habilidad con las seis cuerdas sería perderse una buena parte de la diversión. Es un cantante formidable, capaz de manejar el humor, el enfado, la ternura y la desesperación sin que ninguna de esas emociones parezca impostada.

En Too Broke to Spend the Night, por ejemplo, convierte una situación de dificultades económicas en un relato lleno de ironía. El protagonista ha empeñado sus pertenencias y atraviesa una racha francamente lamentable, pero la forma de contarlo tiene algo de comedia cotidiana. Es uno de esos aspectos del blues que me gustaría que descubriera más gente: su capacidad para hablar de las desgracias sin renunciar al humor.

El blues puede ser divertido.

También lo demuestra Mustang Sally, una canción que seguramente reconocerás incluso aunque nunca te hayas interesado demasiado por este tipo de música. Wilson Pickett la convirtió en un éxito en 1966 y desde entonces ha pasado por las manos de innumerables músicos. La versión de Buddy Guy conserva ese ritmo irresistible del soul clásico, apoyado por una sección de metales y unas voces femeninas que le dan una energía especial. Jeff Beck aparece con su guitarra, aportando pequeños destellos eléctricos que encajan perfectamente con el carácter festivo del tema.

En Where Is the Next One Coming From, escrita por John Hiatt, encontramos otra cara del álbum. Mark Knopfler participa en una interpretación de sabor más cercano al rock, mientras la batería de Hayward y los metales crean una base llena de movimiento. Me gusta especialmente cómo la canción combina diferentes influencias sin perder naturalidad. No parece que Buddy esté intentando demostrar su versatilidad, simplemente se mueve con comodidad por estilos que forman parte de una misma tradición musical.

Early in the Morning lleva esa conexión todavía más lejos. Procede del repertorio de Louis Jordan, una figura fundamental del rhythm and blues, y aquí adquiere un sonido cercano al soul de Ray Charles. Los teclados, los coros y las guitarras de Clapton y Beck se suman a una interpretación que invita a subir el volumen. Es de esas canciones que hacen difícil permanecer completamente quieto mientras las escuchas.

Lo interesante de este conjunto es que permite descubrir cuántos caminos diferentes ha recorrido el blues. Hay jazz, góspel, soul y rock mezclándose continuamente, mucho antes de que empezáramos a obsesionarnos con clasificar cada canción dentro de una etiqueta distinta.

Dejar que la música respire:


Si la primera mitad del álbum sirve para descubrir al Buddy Guy más eléctrico y extrovertido, Five Long Years muestra algo que personalmente me gusta todavía más: su capacidad para construir una interpretación larga sin perder un ápice de intensidad.

La canción fue escrita y grabada originalmente por Eddie Boyd en 1952. Cuenta la historia de un hombre que ha trabajado durante años para mantener una relación y termina sintiéndose traicionado. Un argumento bastante habitual dentro del blues, pero que adquiere una fuerza extraordinaria cuando Buddy empieza a cantar.

Durante más de ocho minutos, la guitarra, el órgano y el piano desarrollan una conversación musical que nunca parece tener prisa. Las notas aparecen, se quedan suspendidas, desaparecen y vuelven con una intensidad diferente. La voz suena cada vez más implicada en la historia, como si el paso de los minutos fuera haciendo aflorar emociones que al principio permanecían escondidas.

Es precisamente esa manera de dejar respirar las canciones lo que me gustaría reivindicar. Nos hemos acostumbrado a una música en la que todo sucede muy deprisa, donde los primeros segundos tienen que captar nuestra atención y cualquier pausa demasiado larga corre el riesgo de convertirse en una invitación a pasar al siguiente tema. Five Long Years pertenece a otra filosofía. Aquí la emoción se desarrolla con paciencia, y merece la pena acompañarla hasta el final.

Algo parecido sucede en Black Night, aunque su atmósfera es muy distinta. La canción, popularizada por Charles Brown en 1951, tiene una melancolía nocturna que Buddy interpreta con una sensibilidad sorprendente. El piano y el órgano crean un ambiente casi íntimo y la guitarra abandona buena parte de su agresividad habitual para moverse entre frases lentas y silencios perfectamente colocados.

Me encanta ese contraste. El mismo músico que parecía dispuesto a destrozar el amplificador al comienzo del disco es capaz de transmitir una tristeza enorme sin apenas levantar la voz. Hay algo profundamente humano en esa forma de interpretar, en la idea de que la intensidad no depende siempre del volumen.

Y después llega Rememberin' Stevie.

Es el último tema del álbum y está dedicado a Stevie Ray Vaughan, fallecido en agosto de 1990 en un accidente de helicóptero. Vaughan había sido uno de los grandes responsables de acercar el blues eléctrico a las generaciones que crecieron escuchando rock durante los años ochenta. Su estilo reunía influencias de Albert King, Jimi Hendrix, Lonnie Mack y el propio Buddy Guy, a quien admiraba profundamente.

La canción es instrumental, dura casi siete minutos y constituye uno de los momentos más conmovedores de todo el disco. Buddy deja que la guitarra cuente la historia, alternando pasajes delicados con otros de enorme intensidad. Hay tristeza, naturalmente, pero también una especie de celebración de la música que ambos compartían. No necesita palabras ni grandes gestos. Cuando termina, queda esa sensación tan particular que dejan algunas canciones capaces de expresar emociones difíciles de explicar.

A veces una guitarra dice todo lo que hace falta.

Por qué descubrir a Buddy Guy hoy:


Cada vez que pienso en la enorme cantidad de música que tenemos disponible, me pregunto cuántos discos extraordinarios estarán pasando completamente desapercibidos para quienes nunca salen de sus recomendaciones habituales. Es una de las contradicciones de nuestra época. Podemos escuchar prácticamente cualquier cosa y, al mismo tiempo, terminar encerrados en un catálogo cada vez más previsible.

Buddy Guy

Con el blues sucede algo especialmente curioso. Su influencia está por todas partes, pero muchas de sus grandes figuras han ido desapareciendo de la conversación musical cotidiana. Reconocemos determinados sonidos porque los hemos escuchado en canciones de rock, en solos de guitarra o incluso en anuncios, aunque no siempre sabemos de dónde proceden.

Y tampoco se trata de convertir el descubrimiento de sus raíces en una clase de historia obligatoria. La música tiene que seguir siendo algo que disfrutamos, no una asignatura pendiente que debemos aprobar para considerarnos buenos aficionados.

Por eso prefiero recomendar discos concretos en lugar de insistir constantemente en su importancia histórica. Si alguien descubre a Buddy Guy a través de "Damn Right, I've Got the Blues" y disfruta de lo que escucha, probablemente sentirá curiosidad por conocer a Muddy Waters, Howlin' Wolf, B.B. King, Albert King o Junior Wells. Quizá después termine en John Lee Hooker, Robert Johnson o Freddie King. Y puede que al volver a escuchar a Hendrix, Clapton, Led Zeppelin o The Rolling Stones encuentre sonidos y referencias que antes habían pasado inadvertidos.

Esa es una de las cosas que más me encanta de la música. Un disco puede llevarte a otro, una guitarra puede abrirte las puertas de una época completamente diferente y una canción que parecía no tener relación con tus gustos termina explicando por qué disfrutas tanto de tus artistas favoritos.

Buddy Guy también representa una actitud que merece la pena reivindicar. Durante décadas siguió tocando y defendiendo su música incluso cuando las oportunidades comerciales eran escasas. Nunca necesitó abandonar su personalidad para hacerse un hueco entre las grandes figuras de la guitarra. Cuando finalmente llegó el reconocimiento masivo, lo hizo interpretando canciones que formaban parte de su vida desde mucho antes.

"Damn Right, I've Got the Blues" tiene precisamente eso. Reúne clásicos conocidos, músicos extraordinarios y una producción que refleja su época, pero todo queda unido por la personalidad de alguien que sabe perfectamente lo que quiere hacer. No necesito que cada canción sea una revolución para disfrutarlo. Me basta con escuchar a un guitarrista que entiende el blues como una forma de expresarse, de divertirse y de compartir experiencias.

Si eres de los que disfruta con los grandes discos de rock, con una buena guitarra eléctrica o con esas voces que parecen contar historias de verdad, creo que aquí tienes mucho que descubrir. Pon Damn Right, I've Got the Blues desde el principio, escucha cómo se mueve la banda, presta atención a los teclados, a los metales y a esas pequeñas conversaciones que Buddy mantiene con su guitarra. Deja que las canciones largas se tomen su tiempo. Y, cuando llegues a Rememberin' Stevie, entenderás que el blues puede transmitir emociones muy distintas sin perder su personalidad.

Disco recomendado


Me gustaría que más aficionados jóvenes se acercaran a este disco sin prejuicios, sin pensar que están escuchando algo que pertenece exclusivamente a otra generación
. Porque el blues sigue presente en buena parte de la música que nos gusta, aunque a veces haya que retroceder unas cuantas décadas para encontrarlo en su forma más directa.

Y Buddy Guy es una de las mejores personas que conozco, musicalmente hablando, para enseñarnos ese camino.

Si todavía no le has dedicado una tarde, dale una oportunidad a "Damn Right, I've Got the Blues". Puede ser el comienzo de una estupenda aventura musical. Y si ya conoces el disco, quizá sea un buen momento para volver a escucharlo, sin prisas, como se merece.

Con un poco de suerte, después querrás seguir buscando más blues. A mí no se me ocurre una consecuencia mejor. Disfruta!

Video del tema "Damn Right, I've Got the Blues":

Tracklist (disco original):

1. "Damn Right, I've Got the Blues" Buddy Guy 4:29
2. "Where Is the Next One Coming From?" John Hiatt 4:35
3. "Five Long Years" Eddie Boyd 8:23
4. "Mustang Sally" Sir Mack Rice 4:43
5. "There Is Something on Your Mind" Big Jay McNeely 4:45
6. "Early in the Morning" Leo Hickman, Louis Jordan, Dallas Bartley 3:09
7. "Too Broke to Spend the Night" Buddy Guy 5:00
8. "Black Night" Jessie Mae Robinson 7:42
9. "Let Me Love You Baby" Willie Dixon 3:56
10. "Rememberin' Stevie (Instrumental)" Buddy Guy 6:55

Personal:

  • Buddy Guy - voz principal y guitarra eléctrica solista

Greg Rzab - bajo
Richie Hayward - batería
Mick Weaver - órgano Hammond B-3, piano, piano eléctrico
Pete Wingfield - piano
Neil Hubbard - guitarra rítmica
John Porter - bajo
Tessa Niles, Katie Kissoon, Carol Kenyon - coros

Invitados:

  • Jeff Beck - guitarra eléctrica en 4 y 6
  • Eric Clapton - guitarra eléctrica en 6
  • Mark Knopfler - guitarra eléctrica en 2
  • The Memphis Horns:
  • Wayne Jackson - trompeta
  • Andrew Love - saxofón
  • Jack Hale - trombón

BIG STAR #1 Record - Revisited

Hay una pequeña trampa en escuchar música de los 70 (siglo xx) desde el presente: muchas veces creemos que reconocemos el sonido porque ya lo hemos oído en grupos que llegaron veinte o treinta años después. Me ha pasado al volver a disco #1 Record, el debut de Big Star. En algunos pasajes podría pensar en R.E.M., en Teenage Fanclub o incluso en ciertas canciones de Wilco. Y entonces recuerdo que este disco salió en 1972. Los que parecen sus contemporáneos son, en realidad, parte de su descendencia.


ALBUM: #1 Record


En enero de 2024 ya recomendé este álbum en este blog de música. Aquella entrada sigue ahí, con sus canciones señaladas y mi entusiasmo por una banda a la que el éxito le llegó demasiado tarde. Ahora prefiero acercar Big Star a quienes han llegado después a estas páginas, quizá desde el rock alternativo, el indie o simplemente por afición a las buenas guitarras. Las etiquetas pueden esperar.

BIG STAR #1 Record

Empezar por las canciones:


Si no conocéis a Big Star, os propongo un experimento bastante sencillo. Escuchar “When My Baby’s Beside Me” sin mirar el año de publicación. Esa guitarra que parece impulsarse a sí misma, la batería que no deja caer el ritmo y un estribillo hecho para cantarlo sin darse cuenta podrían pertenecer a un grupo de otra década. Después probar con “Thirteen”. De pronto, todo se hace pequeño: una voz, una guitarra acústica y el temblor de alguien que todavía no sabe cómo decir lo que siente.

Esa distancia entre una canción y otra explica mejor el atractivo del disco que cualquier definición enciclopédica del power pop. Big Star podían sonar expansivos, casi insolentes, y a continuación hablar bajito. Tenían una manera particular de mezclar entusiasmo y dudas, de hacer que una melodía alegre cargara con una preocupación que solo aparece cuando prestas atención a la letra.

Cuatro músicos de Memphis mirando hacia Inglaterra:


El 24 de abril de 1972 Ardent Records publicó #1 Record. Big Star eran Alex Chilton, Chris Bell, Andy Hummel y Jody Stephens. Chilton había cantado con The Box Tops y conocía de primera mano lo que significaba colocar una canción en las listas. Bell, guitarrista y cantante, llevaba años fascinado por las posibilidades de grabar, superponer voces y encontrar el sonido exacto de un acorde. Hummel tocaba el bajo y Stephens la batería. No necesitaban una formación más complicada.

Big Star - banda

En una ciudad tan asociada al soul como Memphis, su entusiasmo por el pop británico de los 70 tenía algo de declaración de gustos. The Beatles eran una referencia central, sobre todo para Chris Bell, que soñaba con una complicidad compositiva parecida a la de Lennon y McCartney. Pero también asomaban el pulso de The Who, las canciones de The Kinks y las guitarras de The Byrds. No es un catálogo de préstamos: lo interesante fue cómo esos sonidos acabaron pasando por cuatro músicos estadounidenses con sus propias inquietudes.

Grabaron en los estudios Ardent, con John Fry al frente de la producción y Bell especialmente implicado en los arreglos. Las armonías vocales no parecen un adorno, sino parte de la estructura de las canciones. A ratos las guitarras se abren con brillo; en otros, un rasgueo seco cambia el ánimo. “Feel” añade metales y cierta agresividad, mientras que “Watch the Sunrise” respira con la ligereza de las cuerdas acústicas. Ese contraste es uno de los placeres del álbum.

La juventud no siempre suena fiesta:


Al volver a “In the Street” me ha hecho gracia comprobar lo poco que envejece la sensación de no saber qué hacer con una tarde. La canción tiene energía de sobra, pero debajo hay aburrimiento, ganas de salir, amigos buscando cualquier excusa. Muchos conocerán su melodía por la serie "That ’70s Show" y la versión de Cheap Trick. Yo prefiero regresar al original, porque su mezcla de impaciencia y despreocupación tiene algo muy reconocible.

Con “The Ballad of El Goodo” ocurre lo contrario. No invita tanto a salir como a mantenerse firme. La voz de Alex Chilton parece avanzar con dificultad mientras las armonías abren la canción y le dan aire. No necesito fijar una interpretación única de su letra para sentir ese esfuerzo por no rendirse. La tengo entre mis favoritas desde aquella primera recomendación de 2024, y sigue siendo una de las mejores razones para buscar este disco.

“Give Me Another Chance” ofrece otra clase de vulnerabilidad, la de quien sabe que algo se está perdiendo y no encuentra la manera de detenerlo. En “Thirteen” la incertidumbre todavía tiene la forma del primer amor. No son grandes discursos generacionales. Son escenas y emociones concretas, tratadas sin cinismo. Esa honestidad conecta con un oyente joven de hoy bastante mejor que cualquier intento de recrear la moda de 1972.

“Watch the Sunrise” conserva su aire de mañana abierta, entre la esperanza y la melancolía. La recomendé en 2024 y la mantengo entre mis favoritas.

El fracaso comercial que no consiguió apagar el disco:


A veces la historia de Big Star amenaza con comerse su música. El nombre venía de unos supermercados y la portada mostraba una estrella de neón. Titular #1 Record a un debut que apenas se pudo encontrar en las tiendas acabó siendo una ironía involuntaria. Recibió buenas críticas, pero su distribución fue desastrosa y las ventas iniciales no alcanzaron las diez mil copias. Chris Bell abandonó la banda después de este álbum. Su presencia, tan decisiva aquí, ya no volvería a repetirse de la misma manera.

Por fortuna, algunas músicas tienen una segunda vida. A finales de los 70, la edición británica que reunió #1 Record y Radio City ayudó a que nuevos oyentes llegaran hasta Big Star. Después aparecieron otros admiradores, muchos de ellos con guitarras en las manos. R.E.M. y The Replacements hablaron de su importancia; Teenage Fanclub y The Posies encontraron en aquellas melodías una especie de idioma compartido. La influencia no consistió en copiar una fórmula. Fue descubrir que se podía hacer rock contundente sin renunciar a la ternura, y escribir pop sin disimular las grietas.

Volver a Big Star:


En 2024 también conté que, por mucho que me guste #1 Record, mi favorito de Big Star es el álbum "Third/Sister Lovers". No he cambiado de opinión y tampoco necesito hacerlo para recomendar hoy su debut. Son discos distintos, unidos por una sensibilidad que fue tomando caminos cada vez menos previsibles. Radio City merece igualmente su propia escucha, pero no hace falta pensar en la discografía completa antes de empezar.

Big Star - banda

De #1 Record me quedo con algo muy concreto: logra que las canciones con guitarras parezcan sencillas sin ser superficiales. Se nota el cuidado en las voces, la producción de John Fry y el trabajo de Bell, pero nada de eso tapa la espontaneidad. No todo tiene el mismo peso, ni pretende tenerlo. Ese pequeño desnivel también forma parte del carácter de un álbum que todavía suena como un grupo descubriendo todo lo que puede hacer junto.

Disco Recomendado


Por eso recupero la recomendación para quienes no leyeron aquella entrada o dejaron pasar el disco. Escucharlo entero, sin consultar antes una lista de clásicos imprescindibles. Dejad que “Feel” os reciba con ruido, que “Thirteen” cambie la temperatura de la habitación y que “Watch the Sunrise” os acompañe un rato más. Si sois jóvenes lectores y os gustan el indie, el rock alternativo o el pop de guitarras, Big Star puede convertirse en uno de esos descubrimientos que conducen a muchos otros. Y si ya conocéis el álbum, quizá os pase como a mí: encontraréis una buena excusa para volver a ponerlo.

Video del tema "Feel":

Tracklist:

Cara A:

1. "Feel" 3:34
2. "The Ballad of El Goodo" 4:21
3. "In the Street" 2:55
4. "Thirteen" 2:34
5. "Don't Lie to Me" 3:07
6. "The India Song" 2:20

Cara B:

1. "When My Baby's Beside Me" 3.22
2. "My Life Is Right" 3:07
3. "Give Me Another Chance" 3:26
4. "Try Again" 3:31
5. "Watch the Sunrise" 3:45
6. "ST 100/6" 1:01

Big Star:

  • Chris Bell – guitarra, voz
    Alex Chilton – guitarra, voz
    Andy Hummel – bajo, piano, voz
    Jody Stephens – batería, percusión, voz

Invitado:

Terry Manning – piano eléctrico, segundas voces

TALK TALK - Un viaje personal

Talk Talk: del pop al post rock, cinco discos esenciales


Imagina escuchar e tema "It's My Life" y, acto seguido, poner "New Grass". La primera tiene todos los ingredientes de un gran éxito pop de los años ochenta. La segunda parece proceder de otra dimensión, con sus guitarras delicadas, una batería que apenas se impone y una voz que encuentra su sitio entre largos pasajes instrumentales. Lo curioso es que ambas pertenecen a la misma banda, TALK TALK, y que entre una y otra transcurrieron solamente siete años.

Esa distancia musical explica buena parte de mi fascinación por este grupo británico. Quienes seguís habitualmente este blog de música sabéis que TALK TALK ocupa un lugar especial entre mis bandas favoritas, y que siento una admiración particular por su cantante y principal compositor, Mark Hollis. He dedicado varias entradas a sus discos, incluido mi ranking personal de sus cinco álbumes de estudio, porque siempre encuentro motivos para regresar a su música.

Esta vez quiero hacer algo distinto. Me apetece compartir una historia musical que considero extraordinaria, especialmente con quienes conocen el nombre de TALK TALK por alguna canción que suena en las emisoras de clásicos de los 80 (siglo xx), pero nunca han investigado qué ocurrió después.

Porque detrás de aquellos éxitos existe una discografía fascinante. Cinco álbumes publicados entre 1982 y 1991 que permiten seguir la transformación de un grupo de pop en una formación capaz de explorar caminos que años más tarde serían fundamentales para el desarrollo del post rock.

Y ya adelanto mi preferencia, por si alguien todavía no la conoce. Aunque sus dos últimos trabajos me parecen inmensamente excepcionales, mi álbum favorito continúa siendo "The Colour of Spring", de 1986. Para mí representa algo difícil de encontrar en la historia del rock: el momento en el que una banda consigue reunir dos maneras aparentemente opuestas de hacer música sin renunciar a ninguna.

Pero antes conviene conocer a los protagonistas.

Una banda que no se conforma con su propio éxito:


TALK TALK se formó en Londres en 1981. Su primera alineación estaba integrada por Mark Hollis, voz y principal compositor, Paul Webb al bajo, Lee Harris a la batería y Simon Brenner a los teclados.

TALK TALK

La historia de Mark Hollis había comenzado antes, en el ambiente musical británico de finales de los 70. Su hermano mayor, Ed Hollis, vinculado a la escena del punk y al grupo "Eddie and the Hot Rods", contribuyó a acercarlo a una música muy diferente de la que terminaría grabando años después.

Mark Hollis pasó por una formación llamada The Reaction, donde ya había aparecido una composición titulada "Talk Talk Talk Talk". Aquella primera etapa tenía poco que ver con las exploraciones posteriores, pero resulta reveladora. Hollis procedía de una generación de músicos para quienes el punk había demostrado que la expresión personal podía ser más importante que la destreza académica.

Cuando TALK TALK firmó con EMI, el mercado británico estaba dominado por el new wave, los sintetizadores y una estética cuidadosamente construida alrededor de los nuevos ídolos del pop. Las comparaciones con Duran Duran llegaron enseguida.

No eran completamente absurdas desde el punto de vista comercial. Había teclados, canciones pegadizas, una imagen reconocible y una discográfica interesada en llegar al mismo público. Sin embargo, al escuchar los primeros discos con atención, encuentro diferencias importantes.

Lo más evidente es la voz de Hollis:

No cantaba como quien intenta seducir al oyente con una interpretación brillante. Había cierta aspereza en su timbre, una manera de alargar las palabras y una tensión emocional que contrastaban con los arreglos electrónicos. Incluso en las canciones más bailables parecía existir una preocupación que la música no terminaba de resolver.

Esa peculiaridad acabaría convirtiéndose en una de las grandes señas de identidad de TALK TALK.

De "The Party´s Over" a "It´s My Life" - parecía encajar:


El primer álbum, "The Party's Over", apareció en julio de 1982. Producido por Colin Thurston, que había trabajado con David Bowie y Duran Duran, incluía canciones como "Talk Talk", "Today" y "Mirror Man".

The Party´s Over

Me sigue pareciendo un disco interesante para comprender los comienzos del grupo. Es claramente hijo de su tiempo, con teclados dominantes, ritmos directos y una producción característica de aquellos años. No encuentro motivo para menospreciarlo por su orientación comercial. Las buenas canciones pop requieren oficio, sensibilidad y capacidad para comunicar en pocos minutos.

La evolución empezó a resultar mucho más evidente con "It's My Life", publicado en 1984.

It´s My Life album

Simon Brenner ya había abandonado la formación y apareció una figura decisiva, Tim Friese-Greene, productor, músico y colaborador en la composición de Mark Hollis. Aunque nunca fue miembro oficial del grupo, su aportación resultaría fundamental para todo lo que vino después.

"It's My Life" contiene dos canciones que siguen funcionando magníficamente, "Such a Shame" y la que da título al álbum. Recomiendo también escuchar "Renée", una composición menos conocida que deja entrever el interés creciente por los arreglos espaciosos y las emociones menos evidentes.

Aquí TALK TALK seguía utilizando sintetizadores, pero las canciones comenzaban a respirar de otra manera. El bajo de Paul Webb adquiría una personalidad más marcada y la batería de Lee Harris aportaba una solidez que acabaría siendo esencial en los siguientes discos.

También las letras parecían alejarse de las fórmulas habituales del pop. La incertidumbre, las relaciones humanas y la dificultad de comprender el propio comportamiento ganaban protagonismo.

Lo interesante es que el grupo estaba obteniendo reconocimiento internacional mientras empezaba a cuestionar el lenguaje musical que había contribuido a su éxito. Aquella contradicción no se resolvió buscando una fórmula más rentable. Se resolvió con un álbum que cambió su trayectoria.


THE COLOUR OF SPRING (1986): Mi disco favorito:


Publicado el 17 de febrero de 1986, "The Colour of Spring" es el tercer álbum de estudio de TALK TALK y, en mi opinión, la puerta de entrada ideal para descubrir el verdadero alcance de su música.

He escrito sobre él anteriormente en este blog, e incluso volví a dedicarle una entrada en 2025. Sigo pensando que merece toda esa atención. 

THE COLOUR OF SPRING

¿Por qué lo considero su mejor disco cuando "Spirit of Eden" y "Laughing Stock" llevaron la experimentación mucho más lejos?

Precisamente porque "The Colour of Spring" es el puente perfecto entre el pop y el post rock. Conserva melodías capaces de conquistar a un público amplio, pero introduce una libertad instrumental y una riqueza de arreglos que anuncian el rumbo de sus siguientes trabajos. No se trata de una transición incompleta. Tiene personalidad propia y funciona extraordinariamente bien de principio a fin.

Mark Hollis y Friese-Greene comenzaron a preparar el material durante 1985, con la intención de reducir el protagonismo de los sintetizadores y trabajar con instrumentos que ofrecieran una respuesta más natural.

El piano acústico, el órgano Hammond, las guitarras, el contrabajo y una amplia variedad de instrumentos de percusión pasaron a ocupar el primer plano. También aparecen recursos menos habituales, como el Mellotron, la melódica y el Variophon, un instrumento electrónico de viento.

La participación de músicos invitados amplió las posibilidades expresivas. Steve Winwood aportó su órgano Hammond, Robbie McIntosh intervino con sus guitarras, Danny Thompson tocó el contrabajo y Mark Feltham contribuyó con su armónica. Todo ello bajo la dirección musical de Hollis y Friese-Greene.

Los nombres son importantes, pero el verdadero mérito está en cómo consiguieron integrar esas aportaciones.

Al escuchar "The Colour of Spring" no tengo la sensación de encontrarme ante una exhibición de grandes instrumentistas. Cada intervención parece estar al servicio de una intención concreta. Una guitarra puede aparecer durante unos segundos, dejar una impresión duradera y desaparecer sin reclamar protagonismo.

Esa forma de construir las canciones sería decisiva en el futuro de TALK TALK.

Ocho canciones para comprender una transformación:


El álbum comienza con "Happiness Is Easy", una composición que ya deja claro que las cosas han cambiado. La batería establece un ritmo contenido, mientras el piano, el bajo y los diferentes instrumentos van dibujando una atmósfera de aparente serenidad.

La entrada de un coro infantil introduce un contraste sorprendente con el contenido de la canción, que permite una lectura crítica de la religión y de ciertas justificaciones morales de la conducta humana. No es una elección decorativa. La inocencia de aquellas voces modifica nuestra percepción del conjunto.

Siempre me ha interesado especialmente esa capacidad de TALK TALK para expresar una emoción mediante el contraste entre lo que escuchamos y lo que se está diciendo.

Después aparece "I Don't Believe in You", con una interpretación vocal que transmite desconfianza y vulnerabilidad. La guitarra de Robbie McIntosh gana intensidad sin romper el carácter introspectivo de la composición.

Y llegamos a "Life's What You Make It".

Su introducción de piano es inmediatamente reconocible. Lee Harris sostiene un ritmo poderoso, la guitarra de David Rhodes aporta tensión y Hollis canta sobre la posibilidad de intervenir en el propio destino.

Es una canción extraordinaria porque admite diferentes formas de escucha. Puedes disfrutarla como uno de los grandes temas pop de los ochenta, pero también detenerte en sus capas instrumentales y descubrir una arquitectura mucho más elaborada de lo que parece.

Además, su mensaje tiene una ambigüedad interesante. El título propone que la vida depende de lo que hacemos con ella, mientras la interpretación de Hollis introduce una gravedad que impide escucharla como una simple declaración optimista.

"April 5th" cambia radicalmente el ambiente. Aquí las pausas cobran importancia y el piano parece avanzar con cautela. La voz se vuelve íntima, casi confidencial, y los instrumentos aparecen de manera gradual.

Es una de las composiciones que más claramente anticipan la sensibilidad de "Spirit of Eden".

Otra de mis favoritas es "Living in Another World", con el órgano de Steve Winwood, un magnífico trabajo de bajo de Paul Webb y la armónica de Mark Feltham. La canción posee un movimiento continuo, pero sus cambios instrumentales hacen que el recorrido resulte imprevisible.

Me gusta especialmente cómo los instrumentos dialogan sin estorbarse. El bajo no se limita a sostener el ritmo y el órgano no funciona como un simple acompañamiento. Cada uno tiene algo que contar.

"Give It Up" incorpora otra dimensión del grupo, con una energía cercana al soul y al blues, pero filtrada por su particular sensibilidad.

En cambio, "Chameleon Day" lleva la música hacia un terreno casi desnudo. Su brevedad contrasta con la riqueza de lo que propone. El tratamiento de la voz y los sonidos de viento crea una sensación de fragilidad que resulta difícil asociar con el TALK TALK de 1982.

Finalmente, "Time It's Time" cierra el álbum con más de ocho minutos de música que parecen despedirse de una etapa y anunciar otra. Las melodías conservan su fuerza, pero el desarrollo instrumental adquiere una libertad poco habitual en el pop comercial.

Cada vez que escucho este final entiendo mejor por qué "The Colour of Spring" sigue siendo mi favorito.

Aquí todavía encuentro canciones que puedo recordar y tararear con facilidad, pero también descubro una manera de organizar la música que obliga a prestar atención a detalles diferentes.

El éxito que permitió dar un paso todavía más arriesgado:


"The Colour of Spring" fue el mayor éxito comercial de TALK TALK como álbum de estudio. Alcanzó el #8 en las listas británicas y obtuvo una excelente recepción en diferentes países europeos. Eso tiene su importancia histórica.

Talk Talk 1986

La banda estaba demostrando que podía ampliar su lenguaje musical sin perder completamente el contacto con el gran público. La discográfica tenía motivos para confiar en ellos y el grupo había conseguido una posición desde la que podía afrontar proyectos más ambiciosos.

Hay además una curiosidad cercana para los lectores españoles. En septiembre de 1986, TALK TALK actuó en la Plaza Mayor de Salamanca, dentro del Festival de Radiocadena. Fue una de sus últimas actuaciones antes de abandonar definitivamente las giras.

A partir de entonces, el estudio de grabación se convertiría en el principal espacio de trabajo de Hollis y sus compañeros. Y el concepto tradicional de canción empezaría a quedarse pequeño.

SPIRIT OF EDEN (1988): Encontrando otros caminos:


El 12 de septiembre de 1988 apareció "Spirit of Eden", cuarto álbum de TALK TALK
. Conviene imaginar el desconcierto que debió provocar en quienes esperaban nuevas canciones del estilo de "Life's What You Make It".

Spirit of Eden

El disco contiene seis composiciones que se alejan de las estructuras tradicionales del pop. Algunas se desarrollan lentamente, otras introducen cambios bruscos de intensidad y prácticamente todas permiten que los instrumentos ocupen espacios que antes habrían pertenecido a una voz o un estribillo.

Aquí las influencias del jazz, la música clásica contemporánea, el folk, el blues y las corrientes más experimentales del rock resultan mucho más evidentes.

Mark Hollis admiraba a músicos como Miles Davis, John Coltrane y compositores como Erik Satie, Claude Debussy y Béla Bartók. Lo interesante de "Spirit of Eden" es que esas referencias no aparecen como citas reconocibles, sino como parte de una concepción musical muy personal.

La grabación comenzó en mayo de 1987 en los estudios Wessex de Londres y se prolongó durante aproximadamente diez meses.

Las sesiones se desarrollaron frecuentemente en un ambiente de oscuridad, acompañado por proyecciones de luz. El ingeniero Phill Brown describió posteriormente aquellas jornadas como un proceso intenso, con numerosas horas dedicadas a probar interpretaciones y posibilidades instrumentales.

Hollis y Friese-Greene trabajaron con músicos invitados que grababan improvisaciones extensas. Después seleccionaban fragmentos, modificaban las estructuras y construían las composiciones a partir de aquel material.

Este detalle me parece fundamental para comprender el resultado. "Spirit of Eden" puede transmitir la impresión de estar escuchando a un conjunto que interpreta libremente una música espontánea, pero detrás existe un trabajo enorme de selección, montaje y organización. La aparente naturalidad es fruto de decisiones muy precisas.


Escuchar "The Rainbow", "Desire" e "I Believe in You":


"The Rainbow" abre el álbum con una introducción que se desarrolla lentamente. Una armónica parece surgir a lo lejos, mientras el acompañamiento va adquiriendo forma.

El oyente necesita adaptarse a otra escala temporal. Los acontecimientos musicales no obedecen a la necesidad de alcanzar rápidamente un estribillo.

"Eden" continúa ese recorrido y "Desire" introduce momentos de una intensidad extraordinaria. La tranquilidad puede desaparecer de repente ante una batería poderosa, un cambio de volumen o una intervención vocal cargada de emoción.

Por eso no estoy completamente de acuerdo cuando se describe "Spirit of Eden" como un álbum exclusivamente tranquilo o relajante.

Tiene momentos de una violencia sonora considerable. Precisamente ese contraste entre la contención y los estallidos instrumentales constituye una de sus grandes virtudes.

"I Believe in You" merece una atención especial. Su letra aborda el daño provocado por la heroína y la desesperación que rodea la dependencia. Hollis evita convertir el asunto en una narración convencional y utiliza una interpretación profundamente emotiva.

El álbum concluye con "Wealth", una pieza de carácter espiritual que deja una sensación distinta de las tensiones anteriores.

No necesito encontrar una explicación literal para cada pasaje. Me interesa cómo la música construye un estado emocional que cambia mientras escucho.

Para mí, "Spirit of Eden" es uno de los discos más importantes del rock experimental de los años 80 (siglo xx), no porque pretenda ser difícil, sino porque demuestra hasta dónde puede llegar una banda cuando decide abandonar las expectativas asociadas a su propio éxito.


LAUGHING STOCK (1991) - El último capítulo: 


Después de "Spirit of Eden", las relaciones con EMI se deterioraron y acabaron derivando en conflictos legales. Paul Webb dejó la formación y TALK TALK pasó a trabajar con Polydor, que publicó su último álbum a través del sello Verve.

LAUGHING STOCK

"Laughing Stock" apareció el 16 de septiembre de 1991.

Mark Hollis, Lee Harris y Tim Friese-Greene continuaron explorando el camino anterior, nuevamente con Phill Brown como ingeniero de sonido y con la colaboración de numerosos instrumentistas. Pero conviene no considerar este quinto álbum como una simple continuación de "Spirit of Eden".

Encuentro en "Laughing Stock" una atmósfera más austera, a veces inquietante. Las guitarras, el órgano, los instrumentos de viento y las intervenciones de percusión parecen surgir de espacios muy diferentes.

El álbum comienza con "Myrrhman", una composición que exige acostumbrarse a una manera distinta de escuchar. Los sonidos aparecen lentamente y dejan entre ellos un espacio considerable. La voz de Hollis interviene con una discreción que no disminuye su intensidad.

En "Ascension Day" encontramos otra cara del grupo, con una batería más agresiva y un desarrollo instrumental que acumula tensión hasta su brusca conclusión.

"After the Flood" es uno de los momentos que más me impresionan. El órgano adquiere un protagonismo particular y la composición avanza sobre una base repetitiva, atravesada por sonidos que alteran su aparente estabilidad.

En mi entrada anterior dedicada a este disco ya destaqué su capacidad para ampliar la definición de lo que entendemos por música rock. Sigo pensando lo mismo, aunque con el tiempo me interesa todavía más su dimensión humana.

Porque "Laughing Stock" no es únicamente una colección de experimentos con instrumentos y técnicas de grabación. Hay dolor, esperanza, incertidumbre y una extraña sensación de búsqueda en muchas de sus composiciones.

"New Grass" ofrece uno de sus momentos más luminosos. La guitarra mantiene un movimiento delicado y la batería contribuye a una sensación de calma que contrasta con la intensidad de otros pasajes.

El álbum termina con "Runeii", una despedida de enorme contención.

Siempre me ha parecido significativo que el último disco de TALK TALK finalice de esta manera. No hay una conclusión espectacular ni un intento de resumir todo lo anterior. La música sencillamente llega a su término.

Poco después, la banda dejó de existir como proyecto activo.

Quedaron cinco álbumes de estudio y una influencia que crecería con el paso de los años.

¿Inventaron el Post Rock?


Esta pregunta aparece inevitablemente cuando se habla de los últimos trabajos de Mark Hollis.

El término post rock empezó a adquirir su significado moderno durante los años 90, especialmente a partir de los textos del periodista Simon Reynolds sobre grupos como Bark Psychosis y su álbum "Hex", de 1994. 

Sin embargo, varios de los principios asociados al género ya estaban presentes en "Spirit of Eden" y "Laughing Stock". La idea de utilizar los instrumentos habituales del rock sin sentirse obligado a reproducir sus estructuras tradicionales abrió posibilidades enormes.

Una guitarra podía crear una atmósfera en lugar de sostener un riff. La batería podía introducir un cambio emocional sin marcar continuamente el ritmo. Una composición podía avanzar durante varios minutos sin necesidad de alternar estrofa y estribillo.

Posteriormente, bandas como Slint, Bark Psychosis, Tortoise, Mogwai o Godspeed You! Black Emperor explorarían, cada una a su manera, algunos de esos territorios.

No creo que resulte especialmente útil adjudicar la invención de todo un género a un solo grupo. La música se transforma mediante influencias, intercambios y descubrimientos que suelen producirse de forma simultánea.

Pero sí considero que TALK TALK ocupa una posición decisiva en esa historia.

Cuando escucho sus últimos álbumes encuentro una conexión evidente con algunas de las propuestas más interesantes del rock alternativo posterior. También puedo reconocer su sensibilidad en determinados trabajos de Radiohead, Elbow o artistas que han incorporado el silencio y los arreglos poco convencionales a su música.

Lo importante es que esa influencia no ha borrado la personalidad de los originales. "Spirit of Eden" sigue sonando a "Spirit of Eden". "Laughing Stock" sigue siendo un disco difícil de confundir con cualquier otro.

Y "The Colour of Spring" conserva su extraordinario equilibrio entre el instinto melódico y la curiosidad experimental.

MARK HOLLIS


Hasta ahora he hablado de los discos, pero sería imposible explicar mi admiración por TALK TALK sin detenerme en la figura de Mark Hollis.

Mark Hollis

Nacido en Londres en 1955, fue un músico que evolucionó considerablemente a lo largo de su carrera. Su voz mantuvo siempre ciertas características reconocibles, pero aprendió a utilizarla de maneras muy diferentes.

En los primeros álbumes proyectaba las melodías con una intensidad cercana al soul. En los últimos parecía buscar una relación más estrecha entre la palabra, la respiración y los instrumentos.

No necesitaba llenar todos los espacios disponibles.

También me interesa su aproximación a la composición. Mark Hollis demostraba una curiosidad evidente por el jazz y la música clásica, pero no parecía preocupado por exhibir esas influencias como credenciales culturales. Quería encontrar una música que respondiera a sus propias necesidades expresivas.

Naturalmente, TALK TALK no fue un proyecto individual. El papel de Friese-Greene en la composición y la producción resulta inseparable de su desarrollo. La batería de Lee Harris y el bajo de Paul Webb contribuyeron decisivamente al carácter de los primeros discos y a la transformación posterior. Recordarlo evita convertir una historia colectiva en el relato simplificado de un genio aislado.

Hollis fue una figura central, pero sus ideas adquirieron forma gracias al trabajo compartido con músicos extraordinarios.

Su decisión de retirarse progresivamente de la actividad pública también forma parte de su historia, aunque prefiero no romantizarla.

No conocemos todos los motivos personales que llevaron a un artista a alejarse de los escenarios y de la industria musical. Sabemos que dio prioridad a su vida familiar y que dejó de publicar discos de manera habitual.

Me parece suficiente.

Mark Hollis falleció en febrero de 2019, a los 64 años. Su obra, sin embargo, continúa encontrando nuevos oyentes.

Recomiendo TALK TALK a los nuevos oyentes:


Si has llegado hasta aquí y todavía no conoces a TALK TALK, voy a proponerte una forma de aproximarte a su música. No hace falta empezar por sus grabaciones más experimentales ni entender qué significa exactamente el post rock.

Puedes comenzar escuchando "It's My Life" y "Such a Shame". Son dos canciones magníficas que permiten reconocer el contexto musical de los 80, una época mucho más variada de lo que sugieren algunas recopilaciones nostálgicas.

Después pondría "The Colour of Spring" completo. No únicamente sus canciones más famosas. Me parece importante escuchar "Happiness Is Easy", pasar por "April 5th" y llegar al final de "Time It's Time" para comprender cómo funciona el álbum en su conjunto.

Cuando ese lenguaje te resulte familiar, "Spirit of Eden" y "Laughing Stock" tendrán mucho más sentido.

También puede suceder lo contrario. Tal vez conozcas a Sigur Rós, Radiohead, Mogwai o alguna propuesta contemporánea de música instrumental y descubras primero los últimos discos de TALK TALK. En ese caso, regresar a "It's My Life" puede resultar una sorpresa considerable.

No existe un recorrido obligatorio.

Lo que sí aconsejo es dedicarles una escucha completa, sin convertir cada canción en una prueba que debe superarse durante sus primeros treinta segundos.

Y no lo digo como una crítica a los hábitos de los jóvenes. Hoy tenemos un acceso extraordinario a la música de cualquier época, algo que habría parecido ciencia ficción hace unas décadas. El problema no es la abundancia, sino la facilidad con la que podemos pasar de una propuesta a otra sin llegar a conocer ninguna.

Una discografía como la de TALK TALK recompensa esa pequeña inversión de atención.

También permite descubrir un aspecto de la historia del rock que a menudo queda oculto cuando todo se reduce a artistas famosos, canciones de éxito y cifras de ventas.

Hay grupos cuya importancia reside en haber modificado las posibilidades creativas de quienes llegaron después. Para mí, TALK TALK pertenece a esa categoría.

LOS CINCO ÁLBUMES

En mi ranking personal de los mejores álbumes de TALK TALK, "The Colour of Spring" sigue ocupando el primer puesto. No porque considere inferiores a "Spirit of Eden" o "Laughing Stock", sino porque encuentro en él una combinación especialmente emocionante de composición, interpretación y descubrimiento musical.

Los cinco discos tienen su propio valor.

"The Party's Over" permite conocer el punto de partida. "It's My Life" muestra a una banda que empieza a definir una personalidad diferente. "The Colour of Spring" consigue reunir sus aspiraciones artísticas con una extraordinaria capacidad para escribir canciones memorables. "Spirit of Eden" descubre nuevas posibilidades de expresión y "Laughing Stock" lleva esa búsqueda hasta un territorio todavía más personal.

Vistos en conjunto, ofrecen una historia de transformación poco habitual.

Lo que más admiro de la banda es que no pareció interesado en construir una carrera basada en repetir aquello que mejor había funcionado. Sus integrantes aceptaron que la música podía cambiar a medida que cambiaban sus intereses.

Por supuesto, esa decisión tuvo consecuencias comerciales. También permitió que hoy podamos hablar de una obra que conserva una identidad muy reconocible.

Al regresar a sus álbumes sigo encontrando detalles que antes me habían pasado inadvertidos. A veces es una línea de bajo, una intervención de guitarra o el modo en que la voz de Hollis entra después de un pasaje instrumental. Otras veces descubro una relación diferente entre dos canciones que conozco desde hace años.

Esa es una de las razones por las que continúo recomendándolos.

No necesito que todos los lectores compartan mi entusiasmo ni que coincidan con mi elección del mejor disco. Me conformo con despertar la curiosidad suficiente para que alguien decida escuchar algo que hasta ahora desconocía.

Quizá termines prefiriendo las melodías de "It's My Life". Puede que "Spirit of Eden" te resulte más emocionante que "The Colour of Spring", o que encuentres en "Laughing Stock" una experiencia musical completamente nueva. Cualquiera de esas posibilidades me parece una buena noticia.

Y todavía queda una última grabación por descubrir.

MARK HOLLIS (1998) - La despedida en solitario: 


Siete años después de "Laughing Stock", Mark Hollis regresó con un álbum que llevaba simplemente su nombre.

"Mark Hollis", publicado el 26 de enero de 1998, fue su primer y único disco de estudio en solitario.

MARK HOLLIS

Ya le dediqué una entrada específica en este blog porque considero que forma parte esencial de su legado. Si has seguido el recorrido de TALK TALK hasta aquí, sería una pena dejarlo fuera.

El álbum continúa algunas de las exploraciones de los dos últimos trabajos de la banda, pero con una diferencia importante. Su sonido resulta todavía más acústico, íntimo y contenido.

El jazz de cámara, la música clásica y determinadas formas del folk parecen ocupar el espacio que antes compartían con las estructuras del rock.

La participación de antiguos colaboradores, entre ellos Robbie McIntosh, Martin Ditcham y Mark Feltham, permitió mantener cierta continuidad musical. Phill Brown volvió a encargarse de la ingeniería de sonido, mientras Hollis asumió la producción. Tim Friese-Greene no participó en el proyecto.

El resultado posee una personalidad muy distinta de lo que habitualmente se espera de un álbum firmado por el antiguo cantante de un grupo de éxito. No hay intento alguno de recuperar las canciones comerciales del pasado.

La primera composición se titula "The Colour of Spring", una referencia que inevitablemente despierta recuerdos del tercer álbum de TALK TALK, aunque se trata de una canción diferente.

El piano y la voz establecen desde el principio el carácter del disco. Los sonidos aparecen con una claridad extraordinaria y las pausas permiten percibir la respiración de la interpretación.

En "Watershed", la trompeta de Henry Lowther introduce un color cercano al jazz. No necesita imponerse sobre el resto de instrumentos para transformar la atmósfera.

"The Daily Planet" incorpora clarinetes, fagotes y otros instrumentos de viento que aportan un movimiento más animado, sin abandonar el carácter reservado del conjunto.

"A Life (1895-1915)" es otra composición fundamental. Sus diferentes secciones crean una sensación de desarrollo que recuerda, por momentos, a las aspiraciones más ambiciosas de TALK TALK, aunque el tratamiento instrumental resulta más ligero.

También recomiendo "Westward Bound", una pieza que permite apreciar la relación entre el fraseo vocal de Hollis y los pequeños movimientos de la instrumentación.

Una de las cosas que más me interesan de este álbum es su sonido de grabación.

Phill Brown utilizó una técnica basada en dos micrófonos principales, situando a los músicos en el espacio según la posición que debían ocupar en la imagen sonora final. El procedimiento ayudó a conservar una impresión natural de los instrumentos y del ambiente de la sala.

Esa cercanía transforma la experiencia de escucha. Se percibe el carácter físico de la interpretación, la forma en que cada sonido ocupa un lugar y desaparece.

No encuentro aquí la densidad de "Laughing Stock" ni los grandes contrastes de "Spirit of Eden". La música parece concentrarse en elementos cada vez más pequeños.

Mark Hollis había manifestado su admiración por grabaciones de Miles Davis con Gil Evans, como "Sketches of Spain" y "Porgy and Bess". Su interés por los arreglos que crean atmósferas sin imponerse al oyente ayuda a comprender la dirección de este trabajo.

Escuchado desde la perspectiva actual, "Mark Hollis" constituye una conclusión coherente para una trayectoria extraordinaria. No porque podamos conocer las intenciones definitivas de su autor, sino porque recoge y desarrolla algunas de las inquietudes que habían recorrido toda su carrera.

Después de su publicación, Hollis se apartó prácticamente de la actividad discográfica, aunque realizó algunas colaboraciones puntuales.

Su legado principal quedó reunido en los cinco álbumes de TALK TALK y en este último trabajo firmado con su nombre.

Siempre he pensado que esa discografía merece un lugar destacado en cualquier conversación seria sobre la evolución de la música popular durante las últimas décadas del siglo XX.

Pero tampoco quiero terminar convirtiendo una recomendación personal en una lección de historia. Prefiero invitarte a escuchar.

Si todavía no conoces a TALK TALK, empieza por cualquier canción que despierte tu curiosidad. Si ya te gustan sus discos, quizá esta entrada sea una buena excusa para regresar a ellos. Y si nunca has escuchado el álbum de Mark Hollis de 1998, te animo especialmente a descubrirlo.

En este blog de música seguiré hablando de su música, porque continúa formando parte de mis escuchas favoritas.

Pocas bandas me han ofrecido un recorrido tan estimulante desde una canción pop de tres o cuatro minutos hasta composiciones que parecen cuestionar todo lo que aprendimos sobre cómo debe sonar un disco de rock.

A veces vuelvo a "It's My Life" por el puro placer de escuchar una gran canción de los ochenta. Otras elijo "The Colour of Spring" y termino recorriendo sus ocho temas. Y cuando me apetece algo completamente diferente, regreso a "Spirit of Eden", "Laughing Stock" o al álbum en solitario de Hollis.

Todos forman parte de la misma historia. Una historia que comenzó con una banda de pop británica y terminó dejando una de las discografías más singulares que conozco. Y eso, para un aficionado a la música, ya es motivo suficiente para seguir hablando de TALK TALK.