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ART OF FIGHTING - Wires: un clásico indie australiano

A comienzos de este siglo, mientras buena parte del rock alternativo buscaba canciones capaces de crecer hasta llenar estadios, cuatro músicos australianos siguieron una dirección bastante menos evidente. Art of Fighting decidió reducir el volumen, separar los golpes de batería, dejar respirar las guitarras y comprobar cuánto podía aguantar una canción antes de romperse por completo.

El resultado "Wires", su primer álbum, publicado en Australia en marzo de 2001. Décadas después, sigue siendo un disco curioso incluso dentro de la música independiente de su época. No porque resulte extraño o experimental en un sentido convencional, sino porque se atreve a hacer algo especialmente difícil: confiar en la paciencia.

ART OF FIGHTING - Wires - Album

Aquí casi nunca sobra nada. Una guitarra puede aparecer durante unos segundos y desaparecer. El bajo se mueve discretamente bajo las voces. La batería evita imponerse. Entre una nota y la siguiente hay huecos que otros grupos habrían llenado de inmediato.

Y precisamente ahí vive gran parte de la emoción de "Wires".


ALBUM: Wires


La banda no había empezado haciendo esta clase de música. Sus primeras grabaciones estaban mucho más cerca del indie rock estadounidense de los años noventa. Pavement, Sonic Youth y Sebadoh formaban parte de su educación musical, y aquellas influencias podían escucharse en sus primeras maquetas.

Con el tiempo, "Art of Fighting" comenzó a eliminar ruido de sus canciones. Hacia 1998, el grupo ya experimentaba con estructuras más abiertas y delicadas en los EP The Very Strange Year y Empty Nights. Todavía estaban buscando una identidad, pero la dirección empezaba a estar clara.

ART OF FIGHTING - Banda

Ollie Browne recordaría años después un momento que ayuda a comprender ese cambio. Una mañana escuchó por casualidad en la radio "I Dream a Highway", de Gillian Welch. Llegó cuando la canción ya había comenzado y quedó atrapado por su lentitud y su paciencia. No era exactamente la música que hacía Art of Fighting, pero sí contenía algo que el grupo quería perseguir: la posibilidad de tocar despacio y en voz baja sin renunciar a la intensidad.

Convertir esa idea en un álbum completo sería bastante más complicado.

Un apartamento, una guitarra barata y un invierno en Melbourne:


Buena parte de "Wires" tomó forma durante el invierno de 2000 en el suburbio de Carlton North, Melbourne. Ollie Browne y Peggy Frew vivían en un pequeño apartamento situado encima de una tienda. Muchas canciones comenzaron allí durante largas noches, con una guitarra acústica Yamaha de unos 200 dólares y la luz de las farolas entrando desde la calle.

El escenario encaja sorprendentemente bien con el sonido posterior del álbum. Hay algo nocturno en estas canciones, pero no una oscuridad teatral. Se parecen más a esas horas en las que una ciudad está prácticamente dormida y cualquier sonido parece adquirir una importancia desproporcionada.

Browne llevaba estructuras de acordes, melodías y letras todavía incompletas, pero "Art of Fighting" trabajaba colectivamente sobre ellas. Peggy Frew construía líneas de bajo melódicas, Miles Browne añadía guitarras finas y teclados, mientras Marty Brown encontraba la manera de mantener aquellas canciones extremadamente lentas en movimiento. También fue responsable del Fender Rhodes que aparece en el disco.

El grupo desmontaba y reconstruía cada composición una y otra vez. Esa atención obsesiva explica por qué Wires puede parecer espontáneo y frágil cuando, en realidad, detrás existe una preparación minuciosa.

Una canción lenta puede ser más difícil:


"Art of Fighting" llegó a las sesiones del álbum con una ventaja poco habitual: prácticamente ya había grabado Wires entero como maqueta. Temas como "Moonlight", "Just Say I’m Right" o "Find You Lost" llevaban tiempo formando parte de sus conciertos, mientras "Skeletons" o "Something New" eran todavía mucho más recientes.

El productor elegido fue Tim Whitten, cuyo trabajo con la banda australiana Crow había impresionado profundamente al grupo. Para unos músicos que admiraban el álbum Li-Lo-Ing, poder trabajar con Whitten en Megaphon Studios era casi una aspiración improbable.

Las sesiones tuvieron lugar a finales de 2000. La prioridad no consistía en conseguir un sonido espectacular, sino en preservar la interacción entre los cuatro músicos.

En canciones tan lentas, entrar ligeramente fuera de tiempo podía desmontarlo todo. Marty comenzaba algunas grabaciones siguiendo una claqueta para establecer el pulso. Después, Whitten la retiraba y permitía que los músicos terminaran la canción escuchándose entre ellos.

Ese pequeño detalle se percibe en el resultado. "Wires" tiene precisión, aunque nunca parece mecánico.

"Skeletons" abre una puerta que después ya no se cierra:


Los primeros minutos de "Skeletons" contienen buena parte del lenguaje del álbum. La voz de Ollie Browne aparece contenida, casi vulnerable, mientras las guitarras construyen un paisaje que nunca termina de asentarse.

Se han señalado conexiones con Mazzy Star o Built to Spill, y tienen sentido. También resulta inevitable pensar en el slowcore de Low cuando aparece "Moonlight", o incluso en Songs: Ohia durante algunos de los momentos más desnudos del disco. Art of Fighting, sin embargo, no suena como una combinación calculada de esas referencias.

Su personalidad procede de la tensión:


"Akula" quizá sea el ejemplo más evidente. Las escobillas de la batería y los largos espacios entre notas hacen que escucharla se parezca a esperar algo que no sabemos si llegará. Miles Browne describió esa forma de tocar como una relación entre tensión y liberación. El grupo tenía que mantenerse unido precisamente durante los momentos en los que aparentemente estaba ocurriendo menos.

Ese principio convierte el silencio en un instrumento más.

Pop de canciones frágiles:


Una escucha superficial podría hacer pensar que "Wires" mantiene la misma velocidad emocional durante todo el recorrido. Al detenerse en las canciones aparece una realidad bastante diferente.

"Give Me Tonight", por ejemplo, revela cuánto le interesaba a Ollie Browne la estructura de la canción pop. Durante aquella etapa quería probar formas algo más compactas, con versos, estribillos y puentes reconocibles, pero sin abandonar la delicadeza que Art of Fighting había descubierto.

"Find You Lost" es, para mí, donde esa combinación alcanza uno de sus mejores momentos. La canción incluye voces invitadas de Marcus Barczak y avanza sin necesidad de buscar un gran estallido final. Todo parece suspendido durante unos minutos. Es melancólica sin resultar sentimental y hermosa sin esforzarse por demostrarlo.

Peggy Frew toma la voz principal en "I Don’t Keep a Record", aportando un cambio de perspectiva que evita que el álbum dependa exclusivamente del registro de Browne.

Más adelante, "Just Say I’m Right" deja entrar algo más de volumen y distorsión. No rompe con la lógica del disco, pero demuestra que la contención funciona mejor cuando existe la posibilidad de abandonarla.

La tristeza nunca termina de convertirse en desesperación. Durante la creación del álbum, el propio Ollie Browne llegó a preocuparse por la cantidad de melancolía acumulada en las canciones. Quiso escribir algo que ofreciera un poco más de luz.

De esa intención nació "Reasons Are All I Have Left":


La referencia fue Everybody’s Talking, de Harry Nilsson. Browne admiraba su capacidad para transmitir tristeza y, al mismo tiempo, producir una extraña sensación de apertura. Buscaba algo parecido.

La canción cumple precisamente esa función dentro de "Wires". No elimina la melancolía anterior, pero cambia su significado. Después de escuchar el álbum completo, la sensación que queda no es tanto de derrota como de una belleza que necesita convivir con cierta tristeza para existir.

Las letras y los arreglos parecen compartir esa misma inseguridad. Relaciones que podrían romperse, personas intentando acercarse, pensamientos difíciles de ordenar. Nada termina de resolverse por completo.

Por qué se llamó "Wires":


El título apareció durante una noche en un pub de Kings Cross mientras la banda esperaba que Tim Whitten terminara una mezcla. Durante algún tiempo habían manejado otros nombres, entre ellos Murder In The Dark, pero ninguno terminaba de representar el disco.

La palabra Wires procedía de una frase que había circulado entre ellos: “You want to put wires in my brain”.

Funcionaba en varios niveles. Estaban las cuerdas de las guitarras, el Fender Rhodes, las escobillas de batería y todo el sistema físico de cables que permite grabar música. Pero también aparecía una lectura emocional, los hilos invisibles que conectan unas personas con otras.

Para un álbum tan preocupado por la fragilidad de esas conexiones, difícilmente podían haber encontrado un nombre más adecuado.

Un premio que la banda no esperaba ganar:


"Wires" fue publicado por Trifekta Records en 200
1 y ese mismo año recibió el premio ARIA a mejor lanzamiento alternativo.

La victoria resultaba especialmente improbable para sus autores. Compartían nominación con grupos como You Am I, Something for Kate, Big Heavy Stuff y Magic Dirt, bandas que ellos mismos habían admirado años antes.

De hecho, "Art of Fighting" ni siquiera acudió a la ceremonia. Tenía programada una gira europea de seis semanas y decidió continuar con ella.

La noticia llegó mientras estaban en Krefeld, Alemania. En mitad de la carga del equipo después de un concierto, una llamada telefónica les comunicó que habían ganado. Guitarras y amplificadores terminaron momentáneamente abandonados mientras los cuatro intentaban asimilarlo.

El reconocimiento del disco no terminó ahí. En 2021, Rolling Stone Australia situó "Wires" en el puesto 159 de su selección de los mejores álbumes australianos.

Escuchar en una época que apenas deja espacio al silencio:


Quizá la razón por la que este álbum de Art of Fighting me sigue resultando tan atractivo tenga poco que ver con la nostalgia.

Su manera de utilizar el tiempo incluso parece más radical ahora.

Vivimos rodeados de canciones que intentan mostrar rápidamente cuál es su mejor parte. "Wires" hace exactamente lo contrario. No corre hacia ningún estribillo, no fuerza grandes momentos emocionales y rara vez intenta conquistar al oyente de inmediato. Necesita espacio.

Y cuando se lo das aparecen todos esos pequeños movimientos que al principio podían pasar inadvertidos: una línea de bajo que cambia la dirección de la canción, unas escobillas entrando suavemente, una guitarra que deja una nota suspendida o una voz que parece dudar antes de continuar.

Disco recomendado


Para alguien joven que nunca haya escuchado a "Art of Fighting", comenzaría por "Skeletons" y "Find You Lost", pero no me quedaría ahí. "Wires" funciona mejor cuando se escucha entero y sin demasiadas interrupciones. Hay discos que impresionan por todo lo que contienen. Este consigue algo bastante más raro: emocionar por todo aquello que sabe que no necesita añadir. Creo que te va gustar.

Video del tema "Reasons Are All I Have Left":

Tracklist:

1. Skeletons 04:04
2. Give Me Tonight 04:38
3. Akula 05:18
4. Moonlight 04:45
5. I Don't Keep A Record 05:49
6. In No Good Way 04:35
7. Find You Lost 07:17
8. Reasons Are All I Have Left 04:30
9. Just Say I'm Right 06:09
10. Wires 01:27
11. Something New 07:04 

THE CRAMPS - Songs the Lord Taught Us: el rock más salvaje

Cada vez que escucho a "Songs the Lord Taught Us" acabo fijándome en algo distinto, pero hay una impresión que nunca cambia: The Cramps consiguieron que una música construida con materiales del pasado sonara como si acabara de escaparse de algún sitio en el que no debía estar. 

Lo que me atrae no es solamente ese cruce entre rockabilly, garage, punk y películas de terror, sino la manera en que Lux Interior y Poison Ivy convierten sus obsesiones en un lenguaje propio. Aquí, una guitarra demasiado distorsionada, un golpe de batería seco o un aullido de Lux tienen más personalidad que muchas producciones técnicamente impecables. Hoy también sirve para recordar algo que a veces se pierde cuando hablamos de historia del rock: innovar no siempre significa inventar desde cero. A veces consiste en conocer muy bien aquello que amas, rescatarlo de donde otros lo dejaron y devolverlo al mundo deformado, amplificado y convertido en algo que ya solo puede pertenecerte. Eso es, para mí, lo que ocurre en "Songs the Lord Taught Us" y quiero recomendarlo a los lectores de este blog de música.


ALBUM: Songs the Lord Taught Us


La portada ya parece una advertencia. Poison Ivy mira desde la oscuridad con frialdad, Lux Interior parece recién escapado de un laboratorio, Nick Knox espera detrás y Bryan Gregory completa la escena con un aspecto espectral. Antes de que suene una nota, "Songs the Lord Taught Us" deja claro que The Cramps no han venido a ordenar la historia del rock, sino a revolver sus sótanos.

THE CRAMPS - Songs the Lord Taught Us

Publicado en 1980, este debut sigue siendo una puerta de entrada magnífica a su mundo. Hay rockabilly, garage rock, blues, surf, punk, películas de terror, erotismo barato y cultura basura, pero nada suena a collage calculado. Cuando lo escucho, pienso en alguien desenterrando esa música, conectándola a la corriente y soltándola de madrugada por Nueva York.

Cómo nació Songs the Lord Taught Us:


Lux Interior y Poison Ivy compartían una obsesión por el primer rock and roll, el rhythm and blues, el doo wop y los singles de rockabilly demasiado raros o rudimentarios para entrar en la versión respetable de la historia musical estadounidense.

Al instalarse en Nueva York a mediados de los setenta, atraídos por la escena alrededor de la mítica sala CBGB, aquellas referencias comenzaron a convertirse en una banda. Bryan Gregory entró como segundo guitarrista y una confusión terminó definiendo parte de su identidad. En lugar de comprar un bajo, compró una guitarra. Así nació el ataque de dos guitarras y ausencia de bajo que marcó el sonido inicial de The Cramps.

Antes del álbum apareció Gravest Hits, producido por Alex Chilton, antiguo miembro de Big Star. Para "Songs the Lord Taught Us" volvieron a Memphis y grabaron en el legendario Sun Studio.

Las sesiones fueron complicadas. El personal del estudio no entendía bien aquella distorsión deliberada, las mezclas se alargaron y Poison Ivy consideró que el resultado final había quedado demasiado turbio. Sin embargo, esa misma turbiedad terminó favoreciendo al disco. Aquí la imperfección no tapa la música, la define.

Sin bajo que parece tenerlo todo:


Lo que más me fascina todavía es su sensación física. Falta el bajo, pero no parece faltar peso. Nick Knox ocupa ese espacio con el bombo y los toms, construyendo una base seca y repetitiva. Sobre ella, las guitarras crean dos personalidades distintas.

THE CRAMPS - Banda - 1980

Poison Ivy toca con el filo del rockabilly y del surf, con ecos de Link Wray y Duane Eddy. Su guitarra puede sonar limpia y cortante. Bryan Gregory aporta zumbidos, fuzz y distorsión, convirtiendo muchas canciones en pequeños accidentes eléctricos. Chilton deja que todo respire dentro de una producción cargada de eco.

"TV Set" presenta la fórmula de inmediato. Lux canta una fantasía doméstica grotesca, con ojos convertidos en mandos de televisión, mientras la guitarra lanza un solo áspero. "Garbageman" avanza con un riff sucio y obsesivo, tan elemental que termina funcionando como manifiesto.

"I Was a Teenage Werewolf" lleva el juego hacia otro lugar. El título procede del imaginario juvenil de terror de los cincuenta, pero debajo del disfraz aparece algo reconocible. Colmillos, ortodoncia, dolor y transformación convierten al hombre lobo en una caricatura feroz de la pubertad.

En "Zombie Dance", Knox sostiene la canción con los toms mientras las guitarras cortan alrededor de Lux. La idea parece absurda, zombis intentando bailar, pero termina señalando a quienes atraviesan la vida como si ya estuvieran muertos. Ese detalle resume bien a The Cramps, sus monstruos suelen parecer más vivos que la gente normal.

Versiones que no suenan versiones:


El álbum también recupera canciones anteriores, entre ellas "Tear It Up", "Strychnine", "Rock on the Moon", "Sunglasses After Dark" y "Fever". Pero escucharlas aquí no se parece a visitar un museo.

The Cramps utilizan esas piezas como materia prima. "Tear It Up", asociada al rockabilly de Johnny Burnette, se convierte en un ataque rápido, ruidoso y casi psicodélico. "Sunglasses After Dark" entra en un territorio alucinado, con ruido sostenido y guitarras que parecen abrirse paso a arañazos. "Strychnine" conserva el veneno garage de The Sonics, pero lo introduce en el teatro macabro del grupo.

Por eso me interesa más hablar de transmisión que de nostalgia. Lux e Ivy miraban hacia atrás para recuperar un pasado que la cultura dominante había limpiado demasiado. Rescataban la vulgaridad, el sexo, la amenaza y el humor que acompañaron al primer rock and roll.

Horror, deseo y cultura basura:


Lux Interior canta como si Elvis Presley, un predicador de feria y una criatura de laboratorio compartieran garganta. Gime, tartamudea, aúlla y convierte cada frase en una pequeña representación. Es teatro, pero interpretado con una convicción que elimina cualquier distancia irónica.

Las letras trabajan con hombres lobo, zombis, asesinatos, máscaras, basura, sexo y amenazas porque ese vocabulario permite hablar de deseo, adolescencia, desviación y libertad sin convertir las canciones en discursos. Su cultura procede de películas baratas, discos olvidados y cómics sospechosos.

Por eso entiendo "Songs the Lord Taught Us" casi como una forma alternativa de folclore estadounidense. The Cramps recogieron restos culturales y demostraron que también podían contener memoria, identidad y belleza.

Por qué "Songs the Lord Taught Us" mola:


El álbum ayudó a fijar buena parte del vocabulario que más tarde se asociaría al psychobilly, aunque The Cramps nunca necesitaron esa etiqueta para explicar lo que hacían. Su mezcla de blues primitivo, rockabilly, garage, surf y punk dejó una huella que puede rastrearse en bandas posteriores. También anticipó una idea que proyectos como The White Stripes o The Raveonettes explorarían a su manera, reducir elementos puede aumentar la personalidad de una canción.

Pero su legado no se limita a la influencia. "Songs the Lord Taught Us" continúa funcionando porque parece nacido de una obsesión real. Lux Interior y Poison Ivy no utilizaron la cultura basura como decoración. Creían en ella. Aquellos discos, monstruos y películas formaban una tradición tan válida como cualquier otra.

Esa convicción mantiene vivo el álbum. Es divertido sin convertirse en broma, sexual sin buscar elegancia, oscuro sin ponerse solemne y rudimentario sin resultar pobre. Incluso sus defectos, la mezcla turbia, el exceso de eco, las guitarras cerca del caos, forman parte de su personalidad.

Disco recomendado


Si eres un joven y todavía no conoces a The Cramps, empezaría aquí. No necesitas dominar la genealogía del rockabilly ni haber visto las películas que alimentaron su imaginario. Basta con subir el volumen y aceptar sus reglas. "Songs the Lord Taught Us" recuerda que la historia del rock no siempre avanza hacia delante. A veces encuentra una puerta lateral, vuelve al pasado, roba unas cuantas piezas y construye con ellas algo que nadie había imaginado todavía.

Video del tema "I Was a Teenage Werewolf":

Tracklist:

Cara A: 

1. "TV Set" 3:12
2. "Rock on the Moon"  1:53
3. "Garbageman" 3:37
4. "I Was a Teenage Werewolf" 3:03
5. "Sunglasses After Dark" 3:47
6. "The Mad Daddy" 3:48

Cara B:

7. "Mystery Plane" 2:43
8. "Zombie Dance" 1:55
9. "What's Behind the Mask" 2:05
10. "Strychnine" 2:24
11. "I'm Cramped" 2:37
12. "Tear It Up" 2:32
13. "Fever" 4:17

The Cramps:

  • Lux Interior – voz
  • Poison Ivy Rorschach – guitarra
  • Bryan Gregory – guitarra
  • Nick Knox – batería

Músico adicional:

Booker C (Alex Chilton) – órgano en "Fever"

Técnico:

Alex Chilton – productor

VAN MORRISON - Astral Weeks: historia de un disco único

Un contrabajo entra y parece no querer marcar el camino. Más bien lo tantea. La guitarra acústica apenas sostiene el suelo, una flauta aparece como si alguien hubiera abierto una ventana y, por encima de todo, Van Morrison empieza a cantar sin preocuparse demasiado por dónde termina una frase y comienza la siguiente. Así arranca "Astral Weeks", y en menos de un minuto queda claro que esto no tiene mucho que ver con el hombre que un año antes había llegado al Top 10 de las lista estadounidense con “Brown Eyed Girl”.

Quizá esa sea la primera advertencia que conviene hacer a quien se acerque al disco por primera vez. "Astral Weeks" no es exactamente un álbum de rock, tampoco es folk, aunque tenga guitarra acústica, ni jazz, aunque algunos de los músicos que lo sostienen procedan directamente de ese mundo. Es una de esas raras ocasiones en las que las etiquetas sirven para describir los ingredientes, pero no el plato.

ALBUM: Astral Weeks


Es el segundo álbum de estudio de Van Morrison, grabado en Nueva York durante septiembre y octubre de 1968 y publicado por en noviembre de aquel año. Folk celta, blues, soul, jazz y arreglos de cámara acabaron conviviendo en unas canciones que se alejaban radicalmente del pop más inmediato de su etapa anterior.

VAN MORRISON - Astral Weeks: historia de un disco único

Más de medio siglo después, sigue resultando extraño. Y esa extrañeza es precisamente una de las razones por las que merece la pena escucharlo y lo recomiendo a los lectores de este blog de música.

Van Morrison antes de Astral Weeks:


El disco nació en un momento particularmente enrevesado de la vida de Van Morrison. Tras la muerte de Bert Berns, fundador de Bang Records, a finales de 1967, el cantante quedó atrapado en una complicada disputa contractual. Durante un tiempo tuvo dificultades tanto para grabar como para conseguir actuaciones en Nueva York. Acabó trasladándose a Cambridge, Massachusetts, donde empezó a presentarse en pequeños locales con una formación cada vez más acústica. Ese detalle es importante porque buena parte del lenguaje de "Astral Weeks" empezó a aparecer ahí, lejos de los arreglos diseñados para la radio.

Morrison comenzó a tocar con el contrabajista Tom Kielbania y posteriormente con el flautista John Payne. Las canciones ganaron espacio, perdieron rigidez y dejaron sitio para que la voz improvisara. El cantante, que había trabajado fundamentalmente con músicos eléctricos, descubrió en aquella pequeña formación acústica una libertad distinta.

VAN MORRISON 1968

Cuando el productor Lewis Merenstein fue a escucharlo, esperaba encontrarse de alguna manera con el autor de “Brown Eyed Girl”. Encontró otra cosa. Según recordaría después, escuchar a Morrison interpretar “Astral Weeks” le produjo una reacción emocional inmediata. La discográfica Warner Bros. terminó facilitando la salida de su complicada situación contractual y abrió la puerta a un álbum que difícilmente podía imaginarse como una colección de potenciales singles.

Y ahí empieza la verdadera aventura.

Músicos de jazz entrando en canciones que apenas conocían:


Una de las maravillas del disco es que su sonido parece tremendamente pensado cuando, en realidad, buena parte de su fuerza procede de la intuición.

Merenstein reunió a músicos con una enorme formación jazzística. Richard Davis al contrabajo, Connie Kay, del Modern Jazz Quartet, a la batería, Jay Berliner a la guitarra, Warren Smith en vibráfono y percusión y John Payne al saxo soprano y la flauta. Morrison tocaba la guitarra acústica y cantaba. No estamos hablando de una banda que hubiera pasado meses ensayando las canciones.

Los músicos tuvieron que encontrar su lugar alrededor de Van Morrison. El LP se grabó esencialmente en tres jornadas y cuatro de sus canciones quedaron terminadas durante la primera sesión. Aquellos instrumentistas, muchos de ellos prácticamente desconocidos entre sí, fueron construyendo un idioma común mientras tocaban.

Se escucha especialmente en Richard Davis:


Su contrabajo no se limita a acompañar. Se mueve alrededor de la voz, la empuja, desaparece, vuelve a entrar, abre espacios. En ocasiones parece estar manteniendo una conversación privada con Morrison mientras el resto de los instrumentos observa.

Connie Kay hace algo parecido desde la batería. Nunca necesita convertir las canciones en piezas de jazz. Su trabajo consiste más bien en impedir que se caigan mientras todos los demás parecen flotar.

Y luego están las cuerdas, el vibráfono, la flauta. No aparecen para embellecer las composiciones de una forma convencional. Crean profundidad, como diferentes capas de niebla.

Por eso "Astral Weeks" puede sonar íntimo y enorme al mismo tiempo.


“Astral Weeks”, entrar en el sueño:


La canción que da título al álbum ya contiene prácticamente todo su universo. No funciona según la lógica habitual de estrofa, estribillo y resolución. Morrison repite palabras, estira sílabas, vuelve sobre una idea y parece descubrir la dirección de la canción mientras la canta.

La sensación es la de estar escuchando un pensamiento antes de que haya terminado de convertirse en pensamiento. Aquí aparece uno de los asuntos centrales del álbum, el deseo de regresar, de atravesar la memoria y encontrar algo al otro lado. Belfast, la infancia, calles, personas, amantes, habitaciones y lugares parecen surgir continuamente, pero nunca como recuerdos perfectamente enfocados.

Son fragmentos:


Van Morrison no cuenta su pasado como quien abre un álbum de fotografías. Lo reconstruye como hacemos casi todos realmente, mezclando lo que ocurrió con aquello que creemos recordar.

Por eso las letras pueden resultar desconcertantes si intentamos interpretarlas de manera estrictamente narrativa. Su lenguaje ha sido descrito como impresionista, hipnótico y modernista, y el álbum entero llegó a entenderse como una especie de ciclo de canciones.

Yo prefiero escucharlo sin intentar resolverlo demasiado.


“Sweet Thing”, por un momento entra la luz:


Después de la intensidad de la canción inicial, “Beside You” profundiza todavía más en esa atmósfera suspendida. Pero cuando llega “Sweet Thing”, algo cambia. Es probablemente uno de los momentos más luminosos del disco.

Aquí el deseo no está enterrado bajo tantas sombras. Van Morrison parece caminar hacia algo. La música avanza con una ligereza que casi permite imaginar hierba húmeda, árboles, caminos después de la lluvia.

La naturaleza aparece constantemente en "Astral Weeks", pero no como decoración. Forma parte de la emoción.

Eso también explica por qué el disco tiene una relación tan particular con las estaciones. Siempre me ha parecido música de otoño o invierno, aunque no necesariamente música triste. Tiene ese tipo de melancolía que puede resultar extrañamente reconfortante.

Un día gris, una habitación silenciosa, una taza de té y este disco siguen formando una combinación bastante difícil de mejorar.

No porque necesitemos construir un ritual alrededor de la música, sino porque "Astral Weeks" exige cierta disponibilidad. Ponerlo mientras contestamos correos, miramos el teléfono y hacemos otras cuatro cosas al mismo tiempo significa perder una parte considerable de lo que ofrece.

“Cyprus Avenue” y la geografía de la memoria:


“Cyprus Avenue” es uno de los lugares fundamentales del álbum. La avenida existe en Belfast, pero dentro del disco deja de ser simplemente una calle. Se convierte en territorio mental.

Aquí Morrison consigue algo que también hicieron algunos de los grandes escritores y compositores del siglo XX, convertir una dirección concreta en un lugar en el que puede reconocerse gente que nunca ha estado allí.

Bob Dylan hizo algo parecido con determinados paisajes de sus canciones. El escritor Jack Kerouac convirtió carreteras, estaciones y ciudades en estados emocionales. Van Morrison utiliza Belfast de una manera similar.

No resulta extraño que “Madame George”, probablemente la pieza central del álbum, haya sido relacionada precisamente con la escritura de Kerouac. La canción avanza como un largo flujo de conciencia, lleno de personajes, movimientos y escenas que aparecen sin necesidad de explicarse completamente. Y ahí esta parte de su grandeza.

“Madame George” no necesita que resolvamos quién es exactamente Madame George para funcionar. Lo esencial es la despedida. La sensación de estar abandonando algo que posiblemente no volveremos a encontrar. Todos conocemos de una forma u otra esa experiencia.

La canción que rompe el hechizo:


En medio de toda esta música nebulosa aparece “The Way Young Lovers Do”. Más rápida, más claramente jazzística, con metales y un pulso mucho más evidente, casi parece haberse colado desde otro disco.

Curiosamente, esa diferencia ha provocado opiniones completamente opuestas. Para algunos críticos es la pieza que menos encaja dentro de "Astral Weeks". Para otros es precisamente la canción que permanece más fácilmente en la memoria. Las fuentes que rodean al disco recogen ambas lecturas.

A mí me gusta que esté ahí.

Después de tanta suspensión, necesitamos que alguien abra la puerta y deje entrar algo de ruido. El álbum respira mejor gracias a esa ruptura.

Escuchar a Van Morrison sin tener que gustarte a Van Morrison:

Hay además algo que inevitablemente condiciona mi relación con este disco. Durante años tuve contacto profesional con Van Morrison en mi etapa trabajando en EMI. Digamos que no es necesario convertir este artículo en un catálogo de anécdotas. Basta señalar que podía ser un hombre difícil, maleducado y, en algunos momentos, francamente desagradable.

Nunca he sentido la necesidad de embellecer ese recuerdo. Pero tampoco creo que escuchar música consista en presentarnos a unas elecciones morales donde solamente podamos aceptar discos creados por personas que nos caerían bien durante una cena.

La persona y la obra pueden entrar en conflicto. Aquí entran en conflicto. Y cada vez que escucho a "Astral Weeks", el disco gana.

Quizá porque esta música muestra una vulnerabilidad que no siempre resultaba fácil detectar en el hombre. Quizá porque una obra puede expresar cosas que su propio creador no sabe, no puede o no quiere expresar de otra manera.

Van Morrison, de hecho, nunca pareció compartir completamente la veneración que buena parte de la crítica desarrolló hacia el álbum. Su reputación fue creciendo con los años hasta instalarlo en innumerables selecciones de los mejores discos de la historia, mientras su propio autor mantuvo una relación mucho más distante con esa consideración de obra maestra.

Eso, de alguna manera, hace que el disco me resulte todavía más interesante.

De Nick Drake a Joni Mitchell, la estela de Astral Weeks:

Escuchado hoy, resulta fácil encontrar ecos posteriores.

Hay algo de su intimidad acústica que conduce hacia "Nick Drake", aunque Drake trabajaría desde una precisión mucho más delicada. La manera de convertir la confesión en paisaje emocional puede llevarnos años después hacia "Joni Mitchell y Blue". Incluso una artista como "Cat Power", en un álbum como "Moon Pix", comparte algo de esa capacidad de convertir el silencio alrededor de una canción en parte de la propia canción.

Pero ninguna comparación termina de funcionar completamente. Ese es quizá el mayor triunfo de "Astral Weeks". Sigue pareciendo una anomalía incluso dentro de la discografía de Van Morrison. "Moondance", publicado después, sería un álbum más inmediatamente reconocible, con canciones extraordinarias y estructuras mucho más próximas al soul, el rhythm and blues y el pop.

Mola mucho "Moondance". Pero "Astral Weeks" juega a otra cosa. No intenta conquistar al oyente. Espera que el oyente entre.

Por qué Astral Weeks es para recomendar:


No recomendaría este disco diciendo que es fácil.

Tampoco aseguraría que quien lo escuche por primera vez vaya a entender inmediatamente por qué tantas personas llevan décadas considerándolo una obra extraordinaria.

Puede incluso aburrir. Y no pasa nada.

Algunas músicas necesitan que lleguemos hasta ellas en determinado momento de nuestra vida. "Astral Weeks" pertenece a esa categoría. Su duración, sus repeticiones, la ausencia de estribillos evidentes y esa forma de dejar las canciones abiertas pueden chocar especialmente en una época acostumbrada a decidir en pocos segundos si merece la pena continuar escuchando algo.

Precisamente por eso se lo recomendaría a un oyente joven.

Ponlo entero. No hagas una lista de reproducción con dos canciones. No busques primero cuál es la más famosa. No lo escuches pensando que estás cumpliendo una obligación porque alguien lo colocó entre los grandes discos de la historia. Busca cuarenta y tantos minutos en los que no tengas que hacer demasiado.

Empieza por “Astral Weeks” y deja que Richard Davis te enseñe por dónde entrar. Si al terminar “Slim Slow Slider” tienes la sensación de no haber entendido completamente qué acaba de ocurrir, perfecto. Yo llevo escuchándolo muchos años y todavía hay momentos en los que me ocurre lo mismo.


Disco recomendado


Quizá esa sea finalmente su mejor cualidad. "Astral Weeks" no se termina de aprender. Cambia con la edad, con el clima, con lo que hemos perdido y con aquello que todavía esperamos encontrar. En 1968 Van Morrison convirtió memoria, deseo, jazz, folk y una extraordinaria libertad musical en algo que apenas se parecía a un disco de rock.

Hoy sigue sin parecerse demasiado a nada. Y pocas recomendaciones musicales mejores puedo hacer que esa.

Video del tema " Madame George":


Tracklist (formato LP original):

Part One: In The Beginning

"Astral Weeks" – 7:06
"Beside You" – 5:16
"Sweet Thing" – 4:25
"Cyprus Avenue" – 7:00

Part Two: Afterwards

"The Way Young Lovers Do" – 3:18
"Madame George" – 9:45
"Ballerina" – 7:03
"Slim Slow Slider" – 3:17

Músicos:

  • Van Morrison – voz, guitarra acústica
  • Jay Berliner – guitarras clásica y acústica de cuerdas de acero
  • Richard Davis – contrabajo
  • John Payne – flauta; saxofón soprano en "Slim Slow Slider"
  • Warren Smith Jr. – percusión, vibráfono
  • Connie Kay – batería
  • Larry Fallon – arreglos de cuerda y director; clavecín en "Cyprus Avenue"
  • Barry Kornfeld – guitarra acústica en "The Way Young Lovers Do"

Producción:

  • Lewis Merenstein – productor
  • Brooks Arthur – ingeniero de sonido