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C. TANGANA - El Madrileño: tradición, riesgo y reinvención

Confieso que el músico C. Tangana nunca había ocupado demasiado espacio en mis escuchas. Quienes llegamos a la música principalmente a través del rock, el pop británico, la música alternativa o los grandes discos anglosajones tendemos a observar ciertos fenómenos de la música española desde cierta distancia. No por desprecio, sencillamente porque nuestras referencias están en otro sitio. El disco "El Madrileño" consiguió que esa distancia dejara de importar.


ALBUM: El Madrileño


Publicado el 26 de febrero de 2021, el álbum supone uno de esos cambios de dirección que obligan a reconsiderar a un artista. Hasta entonces, Antón Álvarez había construido buena parte de su popularidad alrededor del rap y la música urbana, con canciones capaces de funcionar en discotecas y listas de éxitos. Aquí decidió cambiar el decorado casi por completo.

C. TANGANA - El Madrileño (2021)

No abandonó su personalidad, porque la ambición, la ironía, el ego, el deseo, la frustración sentimental y esa permanente conciencia de estar construyendo un personaje siguen ahí. Lo que cambió fue el idioma musical utilizado para expresarlo.

Y ese cambio es precisamente lo que hace que "El Madrileño" siga resultando tan interesante.


C. Tangana necesitaba salir de C. Tangana:


Antes de este disco, C. Tangana había aprendido perfectamente las reglas de la música urbana comercial. Mala Mujer, Bien Duro, Booty o No te debí besar habían demostrado que podía competir dentro de ese terreno. El problema de aprender demasiado bien unas reglas es que llega un momento en el que empiezan a limitarte.

Durante 2019 publicó numerosos sencillos y comenzó a aparecer una sensación de repetición. Era posible continuar persiguiendo el siguiente éxito, buscando la colaboración adecuada y afinando la fórmula, pero "El Madrileño" nace precisamente de la decisión contraria.

El contexto también importa. El disco tomó forma alrededor de una época en la que las discotecas estaban cerradas, los festivales se habían detenido y la relación habitual entre música popular, noche y consumo inmediato estaba temporalmente rota. Para un artista que había prosperado dentro de ese ecosistema, aquello podía convertirse en un problema. Tangana lo utilizó como oportunidad.

En lugar de fabricar otro repertorio pensado para la pista, empezó a mirar hacia atrás.


No hacia su pasado, sino hacia el de todos:


Rumba, copla, flamenco pop, bolero, bossa nova, canción latinoamericana, sonidos cubanos, guitarras españolas, ecos de bachata, música mexicana y pop rock empiezan a mezclarse dentro de un álbum que parece construido como un viaje con Madrid como punto de salida.

C. TANGANA

El cambio recuerda a esas transformaciones que resultan especialmente atractivas para quien viene del rock o de la música alternativa. No porque "El Madrileño" sea un disco de rock, evidentemente no lo es, sino porque comparte una idea muy arraigada en esa tradición, cuando una fórmula empieza a funcionar demasiado bien, el movimiento artístico más interesante suele consistir en escapar de ella.

Madrid como punto de partida:


El título puede llevar a engaño. "El Madrileño" no es un álbum encerrado en Madrid. Madrid funciona más bien como una estación central desde la que parten todas las líneas.

Ese concepto explica una lista de invitados extraordinariamente amplia. De las catorce canciones, doce incorporan colaboraciones. Aparecen Niño de Elche, La Húngara, Toquinho, Ed Maverick, Gipsy Kings, Jorge Drexler, José Feliciano, Omar Apollo, Eliades Ochoa, Carín León, Adriel Favela, Pepe Blanco, Kiko Veneno y Andrés Calamaro.

Sobre el papel, semejante reunión podría haber terminado convertida en un escaparate de nombres. No ocurre así porque C. Tangana comprende algo fundamental, colaborar no significa colocar dos voces en una misma grabación, sino permitir que el invitado cambie el carácter de la canción.

Eso obliga además al propio C. Tangana a retroceder unos pasos.

Paradójicamente, el álbum en el que crea uno de sus personajes más reconocibles es también aquel en el que menos necesita ocupar permanentemente el centro. "El Madrileño" se construye mediante otras voces, acentos, generaciones y geografías.

Hay algo casi gastronómico en esa idea, algo muy madrileño también. Una identidad formada absorbiendo elementos llegados desde muchos lugares hasta convertirlos en una cultura reconocible por sí misma.

Demasiadas Mujeres:


La primera canción explica buena parte del proyecto antes de que dé tiempo a formular ninguna teoría.

El tema Demasiadas Mujeres parte de materiales asociados a la tradición popular y religiosa española y los enfrenta a una producción electrónica. Una marcha procesional puede convivir con una pulsación cercana al techno sin que ninguno de los dos elementos aparezca como una broma.

Ese detalle es importante.

"El Madrileño" podría haber caído fácilmente en el pastiche. Podría haber tratado la música antigua como material pintoresco al que añadir una base contemporánea para hacerlo atractivo a una nueva generación. En sus mejores momentos ocurre exactamente lo contrario. Tangana parece preguntarse qué emociones siguen compartiendo esas músicas pese a pertenecer a épocas distintas.

La respuesta suele ser bastante sencilla, deseo, pérdida, orgullo, celos, nostalgia.

Por eso Tú Me Dejaste de Querer funciona tan bien. La Húngara y Niño de Elche aportan unas voces que conectan generaciones mientras una guitarra con aroma bachatero se introduce dentro de una rumba que parece familiar y extraña al mismo tiempo.

Es probablemente la canción que mejor resume todo el álbum. Puedes escucharla sin conocer absolutamente nada de flamenco, rumba o música urbana y entender inmediatamente su atractivo.

Eso es pop en el mejor sentido de la palabra.


Guitarras, madera y voces en primer plano:


Una de las cosas que más me sorprendió al escuchar "El Madrileño" fue descubrir la importancia física de los instrumentos.

Las guitarras tienen textura. No parecen accesorios colocados detrás de una voz, respiran dentro de las canciones.

En Comerte Entera aparece Toquinho y con él entra la delicadeza rítmica de la bossa nova. En la revisión de Un Veneno, José Feliciano transforma la canción desde la guitarra sin destruir la fragilidad del original. Párteme la cara, junto a Ed Maverick, demuestra cuánto puede conseguir Tangana cuando reduce los elementos y deja que una canción avance casi desnuda.

Ingobernable toma la rumba y utiliza a Gipsy Kings para darle un peso que ninguna simulación de estudio habría conseguido. Muriendo de envidia introduce a Eliades Ochoa, figura esencial de Buena Vista Social Club, dentro de una pieza que conecta rumba catalana, canción cubana y un cambio salsero en su tramo final.


Luego está el tema Cuándo olvidaré:


Para mí es uno de los momentos del álbum. Su carácter acústico, su vínculo con la canción latinoamericana y la aparición de la voz de Pepe Blanco generan una sensación extraña, como escuchar distintas décadas funcionando simultáneamente dentro de una habitación.

Aquí se entiende que la nostalgia de "El Madrileño" no consiste simplemente en recuperar sonidos antiguos. Lo importante es colocar el pasado dentro de una producción contemporánea y comprobar si todavía tiene algo que decir.

Casi siempre lo tiene.


Un disco sobre perder, desear y seguir aparentando:


Musicalmente el cambio es evidente, pero las letras recuerdan constantemente quién está detrás del personaje.

C. Tangana continúa escribiendo sobre éxito, dinero, mujeres, deseo y reconocimiento. Sin embargo, esas obsesiones aparecen ahora acompañadas por algo que antes ocupaba menos espacio, la conciencia de que conseguir lo que querías no necesariamente resuelve nada.

Ese desplazamiento resulta crucial.

El protagonista de estas canciones puede seguir comportándose con arrogancia, pero parece bastante más consciente de sus contradicciones. Hay relaciones que terminan, recuerdos que no desaparecen, noches que pesan más de lo esperado y una constante tensión entre la imagen pública y la intimidad.

Hasta el concepto de éxito empieza a sonar diferente.

La ambición continúa intacta, pero existe también cierta distancia respecto a ella. Tangana parece preguntarse qué queda cuando desaparecen la ropa, las cifras, la popularidad y la necesidad de demostrar constantemente quién eres. No siempre responde. Y probablemente sea mejor así.


La tradición no aparece aquí dentro de un museo:


Uno de los mayores méritos de "El Madrileño" consiste en acercar músicas que buena parte del público joven quizá nunca habría buscado por iniciativa propia.

¿Cuántos oyentes llegaron a José Feliciano, Eliades Ochoa, Toquinho, Kiko Veneno o Gipsy Kings después de escuchar este disco? Ese intercambio generacional me parece bastante más significativo que cualquier discusión sobre si Tangana inventó o no algo nuevo.

No lo inventó.

La rumba ya estaba ahí. La copla también. La bossa nova, el flamenco, el bolero, la salsa, la canción mexicana y el pop rock existían mucho antes de que Antón Álvarez pensara en llamarse "El Madrileño".

El logro está en otra parte. Consiguió que una generación acostumbrada a descubrir música mediante Spotify, TikTok o YouTube escuchara esos lenguajes sin percibirlos necesariamente como una lección de historia. No es arqueología musical. Es circulación cultural.

Para alguien joven que normalmente escucha a artistas internacionales, la puerta de entrada puede ser Tú Me Dejaste de Querer o Demasiadas Mujeres. Desde ahí el camino hacia Kiko Veneno, Buena Vista Social Club, José Feliciano, Toquinho o incluso viejas canciones de la música popular española queda sorprendentemente cerca.


También hay excesos, y eso beneficia al disco:


No considero "El Madrileño" una obra perfecta.

Su ambición provoca algunos desequilibrios. No todas las colaboraciones tienen la misma fuerza y determinadas referencias al pasado funcionan mejor como homenaje que como reinvención. Hay momentos en los que Tangana parece fascinado por sus propias influencias hasta el punto de concederles más espacio del que necesita la canción.

Pero prefiero esos defectos a un álbum impecablemente diseñado para no molestar a nadie.

Hong Kong, junto a Andrés Calamaro, es un buen ejemplo. Después de buena parte del recorrido acústico y sentimental del disco, aparecen unas guitarras más abiertas y una energía cercana al pop rock que alteran el equilibrio. No es un final elegante en un sentido convencional, pero sí tiene carácter.

Y "El Madrileño" necesita terminar así, sin comportarse demasiado bien.

La verdadera virtud del álbum está precisamente en su voluntad de asumir riesgos después de que su autor hubiera encontrado una fórmula mucho más cómoda.


El Madrileño convirtió el pasado en una posibilidad de futuro:


El éxito posterior confirmó que la apuesta conectó con un público enorme. El álbum encabezó las listas españolas, terminó siendo el disco más vendido en España en 2021 y llevó a C. Tangana a una nueva dimensión crítica y comercial.

Pero reducirlo a sus cifras sería perder la parte más interesante.

Su importancia está en haber demostrado que modernizar la música no significa necesariamente buscar sonidos que nadie haya escuchado antes. También puede consistir en volver sobre algo conocido y cambiar el contexto desde el que lo escuchamos.

"El Madrileño" utiliza tradiciones musicales de varias generaciones y países sin ocultar sus costuras. Se oyen las referencias, se reconocen los préstamos y aparecen invitados que representan mundos musicales completos. Tangana no pretende haberlos inventado. Su talento consiste en colocarlos alrededor de una misma mesa.

Quizá esa sea la mejor imagen para entender el álbum. No una pista de baile, tampoco un laboratorio de producción, sino una sobremesa imposible en la que pueden sentarse Toquinho, Calamaro, Drexler, La Húngara, José Feliciano, Kiko Veneno, Eliades Ochoa y un antiguo rapero madrileño decidido a comprobar qué ocurre cuando deja de preocuparse por sonar como se supone que debe sonar.


Disco recomendado


Para los lectores más jóvenes, especialmente para quienes viven musicalmente entre artistas internacionales, rock, pop alternativo, hip hop o sonidos actuales, recomiendo entrar en "El Madrileño" sin preocuparse demasiado por las etiquetas. Escuchad primero las canciones y seguid después las pistas que dejan sus invitados. Tal vez no terminéis convertidos en seguidores de la música española, a mí tampoco me ocurre con demasiada frecuencia, pero es difícil salir de este disco sin sentir curiosidad por el enorme mapa musical que hay detrás. Y cualquier álbum capaz de hacer que después de terminarlo quieras escuchar todavía más música ya ha conseguido algo importante.

Video del tema "Tú Me Dejaste De Querer":

Tracklist:

1. «Demasiadas mujeres» 2:33
2. «Tú me dejaste de querer» (con Niño de Elche y La Húngara) 3:18
3. «Comerte entera» (con Toquinho) 2:54
4. «Nunca estoy» 2:42
5. «Párteme la cara» (con Ed Maverick) 2:47
6. «Ingobernable» (con Gipsy Kings) 3:07
7. «Nominao» (con Jorge Drexler) 2:56
8. «Un veneno (G Mix)» (con José Feliciano) 3:13
9. «Te olvidaste» (con Omar Apollo) 3:07
10. «Muriendo de envidia» (con Eliades Ochoa) 3:02
11. «Cambia!» (con Carín León y Adriel Favela) 3:08
12. «Cuándo olvidaré» (con Pepe Blanco) 3:09
13. «Los tontos» (con Kiko Veneno) 3:12
14. «Hong Kong» (con Andrés Calamaro) 3:23

Waiting for a Miracle: el debut de THE COMSAT ANGELS

Si hoy escuchas a Interpol, Editors, The Chameleons o incluso determinados momentos de los tempranos Bloc Party, hay un álbum de 1980 al que merece la pena retroceder. No porque exista una línea genealógica sencilla que conecte todos esos nombres, sino porque "Waiting for a Miracle", debut de The Comsat Angels, contiene muchas de las sensaciones que décadas después volverían a resultar familiares en el rock alternativo, guitarras contenidas, bajos que gobiernan las canciones, baterías nerviosas, espacios vacíos y una voz que parece cantar desde algún lugar ligeramente apartado del mundo.

El álbum apareció el 5 de septiembre de 1980. Escucharlo hoy tiene algo de descubrimiento arqueológico, aunque la comparación pueda resultar injusta. No suena a objeto de museo. Suena extraño, inquieto y vivo.

Y precisamente por eso quiero recomendarlo.


ALBUM: Waiting for a Miracle


The Comsat Angels surgieron Sheffield, a finales de los setenta (siglo xx) la ciudad británica estaba atravesando las consecuencias de la crisis industrial, el desempleo y un cambio social profundo. Ese paisaje importa cuando uno escucha el disco. No porque las canciones funcionen como crónicas políticas explícitas, sino porque cierta sensación de incertidumbre parece haberse filtrado dentro de ellas.

THE COMSAT ANGELS - Waiting for a Miracle - Album 1980

La banda tampoco nació exactamente con el sonido que terminaría definiéndola. Stephen Fellows, Mik Glaisher, Kevin Bacon y Andy Peake habían tocado anteriormente bajo el nombre de Radio Earth, en una etapa con inclinaciones hacia el jazz rock. El contacto con el nuevo clima musical británico y, según recuerdan algunas de las fuentes de la época, una actuación junto a Pere Ubu, ayudaron a empujarles hacia otro territorio.

Influencia de Pere Ubu:

Pere Ubu dejó una huella clara, especialmente en la manera de entender el ritmo y la guitarra, pero The Comsat Angels pasaron esas ideas por el filtro del post punk británico. El resultado tenía algo del rock experimental estadounidense, algo de la austeridad que estaba apareciendo en grupos como Wire o The Cure, y una personalidad propia que todavía estaba tomando forma.

Antes de llegar a Polydor en 1979 habían publicado "Red Planet" en su propio sello, Junta. Un año después apareció Waiting for a Miracle.

THE COMSAT ANGELS

El milagro del título nunca llegó en forma de éxito masivo. El disco, en cambio, sí llegó.

Un álbum donde el vacío también toca:


Una de las primeras cosas que me atrapó al volver a "Waiting for a Miracle" fue comprobar lo poco que necesita la banda para crear tensión.

Aquí no existe una muralla de guitarras. Stephen Fellows toca muchas veces como si estuviera deliberadamente evitando ocupar todo el espacio disponible. La guitarra entra, desaparece, deja una figura suspendida y permite que sean el bajo, la batería y los teclados quienes construyan buena parte de la arquitectura.

Eso cambia por completo la escucha.

Kevin Bacon utiliza el bajo como una especie de columna vertebral. No se limita a acompañar las canciones, las empuja y, en algunos momentos, parece incluso discutir con ellas. Mik Glaisher toca la batería con una mezcla extraordinaria de disciplina y violencia controlada. Hay golpes que parecen aislados, patrones que no buscan decorar nada y silencios que tienen casi la misma importancia que la percusión.

Andy Peake completa ese espacio con teclados utilizados con enorme moderación. No están ahí para embellecer las canciones. Muchas veces hacen exactamente lo contrario, introducen una nota incómoda, una textura fría o una sensación difícil de identificar.

La producción, compartida por la banda y Pete Wilson, conserva esa sequedad. Escuchada hoy puede sorprender precisamente porque no intenta engrandecer nada. Cada instrumento parece encontrarse a cierta distancia de los demás.

Es uno de los secretos del disco.

El tema "Independence Day" es la puerta de entrada:


Si quieres probar una sola canción antes de entrar en el álbum completo, empezaría por "Independence Day".

Es probablemente el tema más conocido de The Comsat Angels y también el lugar donde todas sus ideas encuentran una forma particularmente inmediata. Hay melodía, tensión, cambios de intensidad y un equilibrio precioso entre lo accesible y lo extraño.

Siempre me ha llamado la atención que una canción así no convirtiera al grupo en algo mucho mayor. Tenía suficientes elementos pop para resultar reconocible y, al mismo tiempo, suficientes rarezas para no parecerse demasiado a nadie.

Pero quedarse ahí sería perderse lo mejor de "Waiting for a Miracle".

El tema "Missing in Action" abre el disco con una guitarra que casi parece una señal de alarma. Desde los primeros segundos aparece una de las emociones que atravesarán todo el álbum, el cansancio de alguien que siente que la vida cotidiana ya exige demasiado antes incluso de empezar el día.

"Baby" muestra otra cara. Bajo y batería generan una sensación física, irregular, casi incómoda. La canción avanza sin desperdiciar movimientos, y esa economía convierte cada pequeño cambio en algo importante.

Después está "Total War".

Aquí The Comsat Angels convierten una relación sentimental deteriorada en algo parecido a un conflicto territorial. La idea podría haber terminado en melodrama, pero la música evita cualquier exceso. Durante buena parte del tema la guitarra prácticamente renuncia al protagonismo. Bajo, batería y teclados mantienen una estructura circular que parece incapaz de encontrar una salida.

No hay liberación porque la historia tampoco la tiene.

Monkey Pilot y el futuro imaginado desde 1980:


Para alguien que llegue al grupo por primera vez, "Monkey Pilot" puede ser una de las canciones más reveladoras.

Stephen Fellows utiliza imágenes de ciencia ficción para hablar de algo profundamente cotidiano, la sensación de no controlar del todo tu propia vida. La figura de alguien frente a unos mandos que ya no comprende termina convirtiéndose en una imagen bastante precisa de la ansiedad.

Ese imaginario futurista aparece varias veces en el disco y encaja perfectamente con el nombre del grupo, tomado de un relato de J. G. Ballard.

Pero lo interesante es que "Waiting for a Miracle" nunca suena como una fantasía sobre el futuro. Su ciencia ficción habla del presente. Aeropuertos, mapas, máquinas, comunicaciones y territorios funcionan como metáforas para personas que no saben muy bien dónde están emocionalmente.

En "Real Story" esa sensación de aislamiento se vuelve especialmente intensa. "On the Beach" permite que la guitarra gane algo más de espacio y, escuchada retrospectivamente, anticipa algunos paisajes que pocos años después asociaríamos con The Chameleons.

"Map of the World" es más nerviosa y directa. Hay algo casi pop en su movimiento, aunque cualquier posibilidad de ligereza termina inmediatamente deformada por la manera de tocar del grupo.

Y entonces llega “Postcard”.

Es el final que necesita este álbum. Lento, oscuro y progresivamente opresivo. La batería hace crecer la tensión mientras guitarra y voz parecen moverse dentro de un espacio cada vez más pequeño. Además, funciona como una especie de puente hacia Sleep No More, el segundo disco de la banda, donde muchas de estas ideas adquirirían una identidad todavía más definida.

Si te gusta el post punk:


Cuando se habla de música británica de 1980, siempre aparecen ciertos discos. Closer de Joy Division, Seventeen Seconds de The Cure, Jeopardy de The Sound, The Correct Use of Soap de Magazine o 154 de Wire forman parte de ese relato.

"Waiting for a Miracle" debería aparecer más a menudo en la conversación.

No porque The Comsat Angels necesiten ser convertidos retrospectivamente en una banda gigantesca, ni porque haya que corregir la historia del rock a golpe de reivindicación. Me interesa precisamente lo contrario.

Me gusta que este disco siga teniendo algo de secreto.

Mientras U2 y Echo and the Bunnymen, bandas nacidas aproximadamente en el mismo periodo, terminaron construyendo carreras mucho más visibles, The Comsat Angels quedaron en una posición lateral. Su éxito comercial fue limitado y "Independence Day", incluso en una versión posterior remezclada, solamente alcanzó el número 71 en Reino Unido.

Ese dato dice muy poco sobre la música.

Porque cuando escucho este álbum no encuentro un borrador de algo que otros desarrollarían mejor. Encuentro a cuatro músicos aprendiendo a utilizar la contención como lenguaje.

Por qué escuchar "Waiting for a Miracle" hoy:


Hay una razón especialmente sencilla por la que recomiendo "Waiting for a Miracle" a lectores jóvenes, todavía no hemos agotado los grandes discos del pasado.

La historia de la música no está compuesta únicamente por los álbumes que terminaron apareciendo en todas las listas. También existen discos que circularon por caminos secundarios y que, cuarenta años después, pueden explicar perfectamente por qué ciertas ideas siguen reapareciendo.

Si has llegado al post punk a través de Interpol o Editors, aquí reconocerás algunas sombras. Si te interesa Joy Division, encontrarás una oscuridad diferente, menos monumental y quizá más nerviosa. Si disfrutas con el minimalismo de Wire, la primera etapa de The Cure o la tensión rítmica de Pere Ubu, probablemente descubrirás puntos de contacto.

Pero mi recomendación es intentar olvidarse de esas comparaciones después de la primera escucha.

Disco recomendado


Pon "Waiting for a Miracle" desde “Missing in Action” hasta “Postcard”, preferiblemente entero y sin saltar canciones. Deja que el bajo ocupe el espacio que normalmente esperas de una guitarra, escucha cómo Mik Glaisher utiliza la batería para aumentar la ansiedad y fíjate en todo lo que Andy Peake decide no tocar.

A veces descubrir un gran álbum antiguo no consiste en comprender inmediatamente por qué fue importante.

Consiste simplemente en encontrarte, décadas después, con una música que todavía consigue que prestes atención.

"Waiting for a Miracle" hace exactamente eso. Y si nunca habías escuchado a The Comsat Angels, este es el lugar donde yo empezaría.

Video del tema "Independence Day":

Tracklist (formato vinilo):

"Missing in Action"
"Baby"
"Independence Day"
"Waiting for a Miracle"
"Total War"
"On the Beach"
"Monkey Pilot"
"Real Story"
"Map of the World"
"Postcard"

The Comsat Angels:

  • Stephen Fellows – voz, guitarra
  • Andy Peake – sintetizador, voz
  • Kevin Bacon – bajo
  • Mik Glaisher – batería

JACK WHITE - Frozen Charlotte: rock, blues y guitarras en 2026

Poner el álbum "Frozen Charlotte" a todo volumen produce una sensación curiosamente física. No hace falta conocer demasiado sobre blues, garage rock ni sobre la genealogía de la guitarra eléctrica para entender lo que está ocurriendo. La batería golpea con una sencillez casi primitiva, el órgano entra y sale como humo dentro de una habitación pequeña y Jack White hace con la guitarra algo que cada vez resulta menos habitual en buena parte del rock actual, utilizarla no como decoración, sino como un personaje.

Ese puede ser precisamente el mejor punto de entrada para alguien que llegue aquí sin conocer demasiado al músico de Detroit. No importa si nunca has escuchado un disco entero de The White Stripes. Tampoco necesitas saber quiénes fueron Son House, Jimmy Page o los primeros The Who. "Frozen Charlotte" funciona primero como experiencia inmediata. Trece canciones, cuarenta y tres minutos y la sensación de estar escuchando a cuatro músicos empujándose mutuamente dentro de una sala.

ALBUM: Frozen Charlotte


Jack White publicó su séptimo álbum en solitario, "Frozen Charlotte", el 10 de julio de 2026. Él mismo produjo el disco y lo grabó en Third Man Studio, en Nashville, acompañado por Dominic Davis al bajo, Patrick Keeler a la batería y Bobby Emmett en teclados y órgano.

JACK WHITE - Frozen Charlotte - 2026

Pero los datos cuentan solamente una parte de la historia.

Lo verdaderamente interesante es cómo llegaron esos cuatro músicos hasta allí.

De la carretera al estudio:


Dos años antes, Jack White había publicado No Name, un disco de garage rock directo, áspero y cargado de riffs que apareció prácticamente sin aviso. Para la gira posterior se incorporó Bobby Emmett, músico procedente de la escena de Detroit y especialista en Hammond, junto a Davis y Keeler.

La banda comenzó entonces a adquirir una identidad propia.

Durante los conciertos de 2024 y 2025, algunas ideas empezaron a aparecer en pruebas de sonido, improvisaciones y momentos espontáneos de los propios directos. "Neighbors Blues", por ejemplo, nació parcialmente sobre el escenario. Lo interesante de este proceso es que "Frozen Charlotte" no parece construido exclusivamente frente a una mesa de estudio. Muchas canciones conservan esa elasticidad de músicos que llevan meses tocando juntos.

Eso explica también la importancia del órgano en el disco.

Jack White y sus compañeros han hablado abiertamente de su afición por Deep Purple, y esa vieja conversación entre guitarra y Hammond aparece constantemente aquí. No es un homenaje arqueológico al rock de los años setenta, sino una manera de recuperar una combinación que durante décadas fue tremendamente poderosa y que hoy casi parece exótica.

Escucha "Derecho Demonico". La guitarra y el órgano no se limitan a acompañarse, se provocan. Uno abre espacio, el otro responde, ambos se pisan durante unos segundos y después vuelven a encontrarse. Hay algo desordenado en el resultado, pero ese desorden forma parte del encanto.

Puerta de entrada al universo musical de Jack White:


Para muchos oyentes jóvenes, Jack White probablemente continúa siendo el hombre detrás del riff del tema "Seven Nation Army". No es una mala presentación, teniendo en cuenta que pocas líneas de bajo, que en realidad nacieron de una guitarra procesada, han acabado convertidas en cánticos colectivos en estadios de medio mundo.

Pero limitar a White a aquella canción sería perderse uno de los recorridos más peculiares del rock estadounidense de las últimas décadas.

Jack White 2026

Con The White Stripes recuperó elementos del blues, del punk y del garage cuando buena parte de la música popular se movía en otra dirección. Después llegaron The Raconteurs, The Dead Weather y una carrera en solitario donde ha probado desde arreglos acústicos hasta electrónica, funk extraño y experimentos casi deliberadamente incómodos.

En "Frozen Charlotte" simplifica la ecuación:


Guitarra, bajo, batería, órgano y canciones. Parece poco. No lo es.

"Dollar Bill" es un buen ejemplo. La guitarra slide atraviesa la canción con ese sonido metálico y algo salvaje que White lleva años utilizando. La dinámica cambia constantemente, hay momentos donde la banda parece contenerse antes de volver a atacar, y Patrick Keeler llena los espacios con una batería expresiva que nunca necesita exhibirse demasiado.

En "I Can’t Believe What I’m Hearing" aparecen ecos del golpe directo de los primeros The Who, mientras que ciertas guitarras pueden recordar por momentos a Queens of the Stone Age. "She’s in a Frenzy", en cambio, se acerca al glam, al primer punk estadounidense y a aquella frontera borrosa donde podían convivir Alice Cooper, KISS y grupos de garaje que sonaban como si hubieran aprendido tres acordes esa misma tarde.

Todo pasa por el filtro de Jack White.

Blues del siglo XXI:


Una de las razones por las que sigo encontrando interesante a Jack White es su relación con el blues.

Muchos artistas tratan el género con demasiado respeto, como si cualquier modificación pudiera romper una pieza histórica. White hace justo lo contrario. Lo ensucia, lo distorsiona, lo acelera y algunas veces lo convierte casi en ruido.

En "Neighbors Blues", la canción que cierra el álbum, esa relación aparece especialmente clara. La progresión es sencilla, pero el grupo la estira hasta convertirla en una jam espesa donde el órgano mantiene un zumbido constante y la guitarra parece buscar grietas dentro del propio ritmo.

Ahí está una buena lección para quien esté descubriendo este tipo de música.

El blues no tiene por qué sonar antiguo. Puede ser incómodo, eléctrico, ruidoso y extraño.

Puede convivir perfectamente con una playlist donde también haya Fontaines D.C., Viagra Boys, Amyl and the Sniffers, Queens of the Stone Age o incluso artistas completamente alejados del rock.

Biblias, paranoia y cultura digital:


Las letras tampoco parecen interesadas en contar pequeñas historias realistas.

Jack White lleva tiempo cultivando una especie de personaje situado en algún punto entre predicador, feriante, narrador sureño y hombre que acaba de descubrir una conspiración en el sótano de su casa.

"G.O.D. and the Broken Ribs" abre Frozen Charlotte entrando directamente en el Jardín del Edén. Hay referencias bíblicas, apocalipsis, Adán y Eva, pecado y supervivencia, pero todo aparece tratado con humor negro y cierta teatralidad.

White canta muchas veces como si estuviera discutiendo con alguien situado justo delante del micrófono.

En "Making Contact" cambia parcialmente de objetivo y mira hacia nuestro presente digital. Aparecen referencias a la transformación del arte en “contenido”, a una cultura obsesionada con producir, publicar, reaccionar y volver a producir. Resulta especialmente interesante escucharlo en 2026, cuando prácticamente cualquier experiencia cultural parece destinada a convertirse inmediatamente en material para otra pantalla.

No estamos ante un tratado sobre internet. Es algo más intuitivo. Una incomodidad.

La sensación de que estamos creando muchísimo y quizá viviendo bastante menos.

En ese sentido, "Frozen Charlotte" conecta perfectamente con su época mientras utiliza herramientas musicales que tienen muchas décadas de historia.

El sonido imperfecto también puede ser parte de la experiencia:


El álbum no busca una superficie especialmente limpia.

Hay guitarras que saturan, voces colocadas muy delante, baterías que algunas veces parecen grabadas desde el fondo de una habitación y mezclas deliberadamente rugosas. Canciones como "There’s Nobody There" o "You’ll Never Fix Me" pueden sorprender si vienes de producciones contemporáneas donde cada elemento ocupa cuidadosamente su espacio.

Aquí algunas cosas chocan.

Y precisamente por eso recomiendo escucharlo con buenos auriculares, pero también alguna vez en altavoces, sin obsesionarse con la perfección técnica.

En "All Alone Again" todo parece abrirse de repente. La batería gana definición, el grupo encuentra espacio y resulta más sencillo distinguir la interacción entre músicos. Ese contraste ayuda a entender que la producción de White no pretende borrar completamente las irregularidades.

Hay momentos que casi conservan la sensación de una grabación de ensayo. Para algunos será una limitación. Para otros, y yo estoy bastante cerca de ese segundo grupo, puede convertirse en una forma de cercanía.


Por que mola "Frozen Charlotte":


Lo que más me interesa de este disco no es que Jack White vaya a revolucionar nuevamente el rock music. Probablemente ni siquiera pretende hacerlo.

Jack White 2026

Me interesa porque demuestra algo mucho más sencillo y quizá más útil.

Una guitarra todavía puede resultar emocionante.

Cuatro músicos tocando juntos todavía pueden generar tensión sin necesidad de llenar cada segundo con capas de sonido. Una tradición musical antigua puede seguir creciendo si alguien decide tratarla como material vivo y no como una reliquia.

Jack White tiene cincuenta años y pertenece a una generación que vio cómo el rock pasaba de ocupar el centro absoluto de la cultura pop a convertirse en uno más entre decenas de lenguajes musicales. Su respuesta no parece ser nostálgica. No está intentando convencer a nadie de que antes todo era mejor.

Simplemente continúa tocando. Y eso resulta bastante liberador.

Disco recomendado


Por eso recomiendo "Frozen Charlotte" especialmente a quien tenga curiosidad pero no sepa exactamente por dónde empezar con Jack White. Escúchalo primero sin investigar demasiado.

Después puedes retroceder hasta "White Blood Cells" o "Elephant" de The White Stripes. Puedes pasar por "No Name", explorar la rareza de "Boarding House Reach" o descubrir el contraste entre "Fear of the Dawn" y "Entering Heaven Alive". Y desde allí probablemente acabarás llegando a Led Zeppelin, Deep Purple, The Stooges, Son House, Howlin’ Wolf, The Who o decenas de grupos nuevos que siguen trabajando con esas mismas herramientas.

Ese es uno de los mejores regalos que puede hacer un álbum. No terminar cuando termina.

Si eres joven, estás acostumbrado a escuchar música saltando entre épocas y estilos y alguna vez te has preguntado por qué tanta gente continúa obsesionada con el sonido de una guitarra eléctrica conectada a un amplificador, este disco de Jack White es un lugar estupendo para averiguarlo. No necesitas nostalgia, conocimientos previos ni una colección de vinilos. Basta con darle volumen a "G.O.D. and the Broken Ribs", dejar que aparezca el órgano, esperar a que White ataque la primera guitarra y seguir el ruido hasta el final. Puede ser un descubrimiento!

Video del tema "Derecho Demonico":

Tracklist:

1. "G.O.D. and the Broken Ribs" 3:43
2. "Derecho Demonico" 3:53
3. "There's Nobody There" 3:56
4. "Raising the Grain" 3:06
5. "You'll Never Fix Me" 3:23
6. "Nobody Knows" 3:04
7. "Dollar Bill" 2:42
8. "I Can't Believe What I'm Hearing" 2:29
9. "Thick as Thieves" 3:01
10. "All Alone Again" 3:29
11. "She's in a Frenzy" 2:23
12. "Making Contact" 2:23
13. "Neighbors Blues" 5:04

Músicos:

  • Jack White – voz, guitarra solista, producción, mezcla
  • Dominic Davis – bajo eléctrico
  • Patrick Keeler – batería (pistas 1–5, 7–13), percusión (5–7, 11, 12)
  • Bobby Emmett – órgano Hammond (1–7, 9, 11–13), coros (3–8, 12, 13), Mellotron (5), teclados (8)
  • Daru Jones – batería (6)
  • Olivia Jean – bajo eléctrico (8)
  • David James Swanson – percusión (11)