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COLDPLAY - Parachutes (Revisited)

Décadas después de su publicación, regreso a Parachutes, el álbum con el que Coldplay convirtió la fragilidad, la melancolía y las guitarras atmosféricas en canciones universales. En este blog de música hago una revisión personal de su nacimiento, su sonido y la distancia que separa a aquella banda íntima del fenómeno de estadios actual.

ALBUM: Parachutes


Volver a Parachutes, publicado por Coldplay el 10 de julio de 2000 en Reino Unido y el 7 de noviembre en Estados Unidos, ha sido menos un ejercicio de nostalgia que una comprobación. Quería saber si aquel disco seguía siendo tan bueno como lo recordaba o si el tiempo lo había protegido con una pátina sentimental. Ya escribí sobre él en 2019, pero esta escucha llega desde otro lugar. Conocí de cerca la vida profesional del álbum y de algunos de los que vinieron después, desde una posición dentro de la discográfica EMI. También he vivido la evolución del grupo como admirador y, más tarde, como espectador distante.

COLDPLAY - Parachutes - Album

Mis dos discos favoritos de Coldplay siguen siendo Parachutes y A Rush of Blood to the Head. Después de Viva la Vida or Death and All His Friends dejé de seguirles con la misma atención. Entiendo los estadios llenos, pero buena parte de su producción posterior me parece un pop azucarado, diseñado para gustar a todo el mundo y, precisamente por eso, incapaz de decirme algo íntimo. No discuto el éxito, discuto la música. Al regresar a Parachutes, la distancia entre aquel Coldplay y el actual resulta conmovedora.

Cómo nació Parachutes:


Coldplay comenzó a trabajar en su primer álbum a finales de 1999, después de publicar The Blue Room EP. Chris Martin, Jonny Buckland, Guy Berryman y Will Champion todavía estaban aprendiendo a tocar juntos con verdadera calma. El productor Chris Allison participó en las primeras sesiones y dejó su huella en "High Speed", grabada en los estudios Orinoco de Londres. La canción conserva un color distinto, más nebuloso, como si el grupo aún buscara la entrada a su propio sonido.

Las primeras pruebas no funcionaron. Allison consideró que la banda no estaba preparada para grabar el álbum completo. Detenerse, ensayar y escribir más canciones fue decisivo. "Yellow" ni siquiera existía. Meses después apareció Ken Nelson, productor de "Bring It On" de Gomez, impresionado por la voz de Chris Martin. Nelson entendió que aquellas canciones no necesitaban más músculo, sino espacio y un tempo que les permitiera respirar.

Coldplay banda año 2000

La grabación se extendió entre noviembre de 1999 y mayo de 2000, pasando por Rockfield Studios, en Gales, y Parr Street Studios, en Liverpool. El plan inicial era terminar en dos semanas, pero los conciertos alargaron el proceso. "Trouble" fue reconstruida para eliminar el exceso y dejar su esqueleto emocional.

Michael Brauer mezcló casi todo el álbum en Nueva York. La portada, un globo amarillo fotografiado con una cámara Kodak desechable, resume bien su espíritu, algo cotidiano convertido en símbolo. El disco fue dedicado a Sara Champion, madre de Will Champion, fallecida dos meses antes de su publicación. Saberlo añade una gravedad silenciosa a un trabajo atravesado por la pérdida y la esperanza.

El sonido de Coldplay antes de los estadios:


En 2000 el Britpop había agotado su relato. Radiohead estaba a punto de romper con la guitarra tradicional mediante "Kid A", mientras el nu metal y el pop reluciente dominaban el paisaje. Coldplay apareció con canciones que parecían dichas al oído.

Parachutes pertenece al rock alternativo y al pop británico posterior al Britpop, pero su identidad está en las texturas. Las guitarras acústicas de Martin forman una superficie cálida, Buckland añade líneas eléctricas con eco, el bajo de Berryman avanza con discreción y Champion toca con una ligereza extraordinaria.

"Don’t Panic" abre el disco con una guitarra suave y una frase que podría resultar ingenua, vivimos en un mundo hermoso. Aquí funciona porque la música no es triunfal. Hay tristeza en la armonía y serenidad en la interpretación, una contradicción cercana a "Perfect Day" de Lou Reed.

"Shiver" acelera el pulso con un compás de seis por ocho, batería viva y una interpretación vocal emparentada con Jeff Buckley. Chris Martin canta desde la obsesión y la inseguridad, sin esconderse detrás del cinismo. "Spies" es más oscura, el trémolo de guitarra y las sirenas lejanas construyen una sensación de vigilancia.

"Sparks" reduce todo a un murmullo. Su resurgir en plataformas de vídeo y su llegada al Billboard Hot 100 años después demostraron que la intimidad también puede sobrevivir al algoritmo. Su bajo circular, la guitarra apenas rozada y la forma en que Martin admite que puede fallar la convierten en una confesión sin maquillaje.

Yellow y Trouble:


"Yellow" cambió la historia de Coldplay. La letra es imprecisa, casi absurda si se analiza palabra por palabra, pero su grandeza está en lo que deja libre. El arreglo es sencillo, progresión acústica, batería contenida y las curvas de guitarra de Buckland abriendo el cielo.

El vídeo de Chris Martin caminando bajo la lluvia por una playa inglesa fijó una imagen distinta de la masculinidad en el rock. No había pose ni rabia, solo un joven incómodo cantando con una vulnerabilidad que muchos confundieron con debilidad. Coldplay fue llamado "Radiohead light" y Alan McGee despreció su música con una frase cruel. Aquella sensibilidad, sin embargo, abrió un camino que después recorrerían Keane, Snow Patrol y The Fray.

"Trouble" es todavía mejor. El piano avanza y retrocede como una respiración inquieta. La guitarra eléctrica llora sin convertirse en solo, el bajo sostiene la tensión y Chris Martin canta como alguien que pide perdón sabiendo que quizá ya sea demasiado tarde. No hace falta comprender literalmente la telaraña de la letra. La culpa se siente físicamente.

En "High Speed" el grupo se acerca al sueño electrónico de Air y a ciertos paisajes de Moon Safari, aunque sin abandonar el formato de banda. Es una de mis canciones favoritas porque nunca persigue un clímax evidente, se limita a flotar. "We Never Change" prolonga esa sensación pastoral, mientras la breve "Parachutes" funciona como una miniatura acústica.

El cierre con "Everything’s Not Lost" contiene ya la ambición que definiría al siguiente Coldplay. Piano, guitarra y voz crecen hasta un canto colectivo cercano al espíritu de "Hey Jude", pero todavía no hay grandilocuencia. La esperanza nace después de contar los demonios, no de fingir que no existen.


Parachutes y la banda que quedó atrás:


El álbum llegó al número uno en Reino Unido, ganó un premio Brit y el Grammy al mejor álbum de música alternativa. Vendió millones de copias, pero su legado no se explica solo mediante cifras. Parachutes enseñó que una canción podía ser popular sin gritar, que la melancolía masculina no necesitaba disfrazarse de violencia y que la producción podía ampliar una emoción sin aplastarla.

A Rush of Blood to the Head perfeccionó la fórmula. Viva la Vida representó la última transformación que seguí con entusiasmo. Después, para mí, la búsqueda de comunión masiva terminó sustituyendo a la belleza concreta de las canciones. Coldplay aprendió a iluminar estadios, pero perdió aquella capacidad de hacer que una habitación pequeña pareciera contener el mundo.

Por eso Parachutes sigue siendo un gran álbum. No porque sea perfecto ni porque cada verso resista un análisis literario, sino porque su emoción no está industrializada. Suena a cuatro músicos descubriendo lo que pueden hacer juntos, todavía cerca del pub, del local de ensayo y de la lluvia inglesa. Hay ambición, pero aún no hay armadura.

Disco recomendado


A los lectores jóvenes que solo conocen al Coldplay de las pulseras luminosas, las colaboraciones globales y los estribillos pensados para multitudes, les recomiendo escuchar Parachutes de principio a fin, con auriculares y sin saltar canciones. Encontrarán otra banda, más tímida, más extraña y mucho más humana. Tal vez descubran también que el mejor pop no siempre necesita conquistar el cielo. A veces basta con una guitarra con eco, un piano triste y una voz que todavía no sabe hasta dónde va a llegar.

Video del tema "Sparks":

Tracklist: edition estandar:

1. "Don't Panic" 2:17
2. "Shiver" 4:59
3. "Spies" 5:18
4. "Sparks" 3:47
5. "Yellow" 4:29
6. "Trouble" 4:30
7. "Parachutes" 0:46
8. "High Speed" 4:14
9. "We Never Change" 4:09
10. "Everything's Not Lost" 7:15

Coldplay (Banda):

  • Chris Martin - voz, guitarra acústica, piano, órgano de fuelle
  • Jonny Buckland - guitarra eléctrica, voz en «Don't Panic»
  • Guy Berryman - bajo
  • Will Champion - batería, percusión

Aspectos técnicos:

  • Ken Nelson - producción (excepto "High Speed"); ingeniería de sonido
  • Coldplay - producción (excepto "High Speed")
  • Chris Allison - producción, ingeniería de sonido y mezcla ("High Speed")

GRAM PARSONS - Grievous Angel: guía del disco

Antes de entrar de lleno en el disco Grievous Angel, conviene apartar por un momento la leyenda que suele envolver a Gram Parsons. Su muerte temprana, su vínculo con The Byrds, The Flying Burrito Brothers o The Rolling Stones, y esa idea casi mística de la "Cosmic American Music" han terminado construyendo un personaje enorme, a veces más citado que escuchado. Pero este álbum pide otra cosa: acercarse a sus canciones sin solemnidad, con el oído atento a una voz frágil, a unas armonías que parecen suspendidas en el aire y a una forma de mezclar country, rock y melancolía que todavía hoy suena sorprendentemente cercana.

ALBUM: Grievous Angel


Al álbum Grievous Angel se entra casi en silencio. No porque sea un disco tímido, sino porque parece pedir otra manera de escuchar. Nada de fuegos artificiales, nada de gran gesto de estrella del rock de los años 70. Lo que aparece es una voz con polvo en la garganta, una pedal steel que se desliza como luz de tarde, una segunda voz, la de Emmylou Harris, que no acompaña tanto como revela, y un puñado de canciones que suenan antiguas incluso cuando todavía estaban recién grabadas.

GRAM PARSONS - Grievous Angel

Publicado en enero de 1974, cuatro meses después de la muerte de Gram Parsons por una sobredosis de morfina y alcohol en el desierto de Joshua Tree, Grievous Angel fue su segundo y último álbum en solitario. En realidad, llamarlo "en solitario" siempre me ha parecido una media verdad. Parsons está en el centro, sí, con su visión, sus heridas y su terquedad estética, pero el disco respira a dúo. La presencia de Emmylou Harris es tan decisiva que muchas canciones parecen construidas alrededor de ese choque perfecto entre la fragilidad masculina de Gram y el filo luminoso de su soprano.

Cómo nace Grievous Angel:


El álbum se grabó en el verano de 1973 en Wally Heider Studio 4, en Hollywood, con el propio Parsons produciendo. Venía de una gira irregular, caótica por momentos, pero también útil para trabajar los arreglos antes de entrar en el estudio. Eso se nota. Frente a GP, su debut en solitario, Grievous Angel tiene algo más vivido, menos de presentación formal y más de carretera recorrida. Las canciones parecen llegar con barro en las botas.

La banda era extraordinaria. Allí estaban músicos asociados a Elvis Presley, como James Burton a la guitarra, Glen Hardin al piano, Emory Gordy al bajo y Ron Tutt a la batería. También aparecen nombres como Al Perkins en la pedal steel, Byron Berline al violín, Bernie Leadon y Linda Ronstadt. No es un elenco decorativo. Cada músico entiende el espacio, entra cuando debe entrar y se retira antes de estropear la emoción. Ese tipo de contención no se aprende solo con técnica, se aprende escuchando canciones.

GRAM PARSONS

Gram Parsons no atravesaba un momento fácil. La adicción al alcohol y a las drogas estaba cada vez más presente, su vida personal se desordenaba y su casa había ardido poco antes. Aun así, quienes participaron en las sesiones recordaron una energía especial, una mezcla de fragilidad y entusiasmo. Es una paradoja que atraviesa todo el disco, la sensación de que algo se está rompiendo y, al mismo tiempo, algo está encontrando su forma definitiva.


La música cósmica americana:


Gram Parsons hablaba de Cosmic American Music, una etiqueta mucho más sugerente que "country rock", término que él detestaba. Lo suyo no consistía simplemente en poner guitarras eléctricas sobre canciones country. Era más profundo. Parsons escuchaba a The Louvin Brothers, Merle Haggard, George Jones, Hank Williams, gospel, soul, rhythm and blues y rock and roll, y de todo eso sacaba una música que parecía pertenecer a un país emocional antes que a un género concreto.

En Grievous Angel esa ambición se vuelve más sencilla, casi doméstica. El disco no intenta sonar grande. Su grandeza está en lo contrario, en la cercanía. "Return of the Grievous Angel" abre con violín, pedal steel y una sensación de viaje que no necesita mapa. Es una canción de carretera, pero también de regreso. Habla de Elvis, de cowboys, de una América medio real y medio soñada. Si vienes del pop o del rock alternativo actual, quizá te sorprenda lo poco que fuerza el dramatismo. La canción no subraya, deja que la melodía avance y que las armonías hagan el trabajo emocional.

Luego llega "Hearts on Fire", con esa tristeza elegante de los amores que no se apagan del todo, solo queman peor. "I Can’t Dance", versión de Tom T. Hall, cambia el pulso y lleva el disco al bar, con una alegría un poco torcida, de esas que no eliminan la pena pero permiten convivir con ella. Es importante que esté ahí. Grievous Angel no es un funeral de principio a fin. También hay humor, movimiento, cerveza derramada y músicos pasándoselo bien.

Emmylou Harris:


La relación vocal entre Parsons y Harris es uno de los grandes milagros del álbum. Él canta como alguien que ha visto demasiado pronto el reverso de las cosas. Ella responde con una claridad que no suaviza la herida, la enfoca. En "Love Hurts", popularizada antes por artistas como Roy Orbison y después asociada a muchas otras versiones, ambos encuentran una lectura casi desnuda. No hay exceso, no hay teatralidad. Solo dos voces sosteniendo una verdad elemental, amar puede doler de una forma ridícula y devastadora.

GRAM PARSONS y Emmylou Harris

Lo extraordinario es que Harris no funciona como adorno. Su voz no embellece desde fuera, sino que entra en la arquitectura emocional de las canciones. En "$1000 Wedding", una de las piezas más desoladoras del álbum, el relato de una boda que se desmorona adquiere un peso casi cinematográfico. Parsons canta con una mezcla de resignación y estupor, como si todavía no entendiera del todo qué ha pasado. La canción evita el melodrama fácil y por eso golpea más.

"Brass Buttons" es otra joya. Venía de una etapa anterior de Parsons, de sus años más cercanos al folk, y suele leerse como una canción marcada por la muerte de su madre. Suena íntima, casi como una habitación cerrada. La instrumentación es delicada, pero no blanda. Hay piano, guitarras y una atmósfera de recuerdo familiar que no necesita explicar demasiado. Es una de esas canciones en las que el objeto pequeño, unos botones, un peine, una frase suspendida, contiene una vida entera.

The Byrds, The Rolling Stones y Americana:


Antes de Grievous Angel, Parsons ya había dejado huella en The Byrds, especialmente en Sweetheart of the Rodeo, y en The Flying Burrito Brothers, donde ayudó a fijar un lenguaje que décadas después llamaríamos Americana o alt country. También tuvo una relación cercana con The Rolling Stones durante la época de Exile on Main St., y su amor por la música country dejó marcas visibles en canciones como "Wild Horses" o "Honky Tonk Women".

Pero lo curioso de Parsons es que su influencia fue más clara con el paso del tiempo que en su propio presente. Grievous Angel apenas tuvo éxito comercial, llegó a posiciones muy discretas en las listas, y aun así terminó funcionando como un mapa secreto para muchos artistas posteriores. Sin este disco resulta más difícil imaginar a Lucinda Williams, a ciertas etapas de Elvis Costello, al country alternativo de los noventa, o incluso esa sensibilidad de bandas que mezclan guitarras, raíces y melancolía sin sentirse obligadas a escoger bando.

La falsa toma en directo de "Medley Live from Northern Quebec", con "Cash on the Barrelhead" y "Hickory Wind", resume bien el juego de Gram Parsons con la tradición. No era realmente un directo en Canadá, sino una recreación de ambiente honky tonk con ruido de público añadido. Podría ser una broma, pero también es una declaración de amor a la música popular como teatro compartido. "Hickory Wind", que ya había grabado con The Byrds, aparece aquí como una canción sobre la nostalgia, pero no una nostalgia bonita, sino la de quien sospecha que el hogar quizá ya no existe como lo recuerda.

La tentación del mito:


"In My Hour of Darkness" cierra el álbum con una belleza difícil de comentar sin caer en la lectura trágica. Escrita durante las sesiones y cantada con armonías de Linda Ronstadt, suena como un himno, casi una oración. Es inevitable escucharla sabiendo que Parsons moriría poco después en Joshua Tree. Esa información cambia la temperatura de la canción. La vuelve más grave, más inquietante.

Pero conviene no convertir a Gram Parsons únicamente en mito. Su vida tuvo todos los elementos para alimentar la leyenda, una familia rica marcada por tragedias, un padre suicida, una madre destruida por el alcohol, talento precoz, amistades célebres, excesos, muerte joven en el desierto. El riesgo es que la biografía se coma las canciones. Y Grievous Angel merece lo contrario. Merece ser escuchado no como reliquia de un destino maldito, sino como un álbum vivo, lleno de decisiones musicales inteligentes, de interpretaciones contenidas y de una humanidad que todavía respira.

Sigue siendo un álbum importante:


Lo que más me impresiona de Grievous Angel es su falta de cinismo. En una época en la que buena parte del rock buscaba ampliar su escala, Parsons decidió mirar hacia formas tradicionales sin tratarlas como museo ni como parodia. Cantó country desde el rock, pero también cantó rock desde una sensibilidad country. Esa frontera borrosa es el corazón del álbum.

No es un disco perfecto en el sentido pulido del término, ni falta que le hace. Tiene costuras, materiales recuperados, versiones, canciones antiguas y momentos que parecen más instintivos que calculados. Precisamente por eso funciona. Suena a obra hecha con lo que había a mano, antes de que la vida se cerrara de golpe. Y, sin embargo, pocas veces esa urgencia ha dejado una música tan duradera.

Disco recomendado


Recomiendo a quien quiera entender una parte fundamental de la música americana, pero también a quien solo busque canciones capaces de acompañar una tarde rara. Si nunca has escuchado a Gram Parsons, empieza por aquí. No necesitas saber de country, ni de rock sureño, ni de la genealogía completa del Americana. Basta con escuchar cómo entran Parsons y Emmylou Harris en "Return of the Grievous Angel", dejar que "Love Hurts" haga su trabajo y llegar hasta "In My Hour of Darkness" sin prisa. Al final, quizá entiendas por qué este álbum pequeño, triste y luminoso sigue pareciendo tan grande.

Video del tema "Ohh Las Vegas":

Tracklist:

Cara A:

1. "Return of the Grievous Angel" 4:19
2. "Hearts on Fire" 3:50
3. "I Can't Dance" 2:20
4. "Brass Buttons" 3:27
5. "$1000 Wedding" 5:00

Cara B:

1. "Medley Live from Northern Quebec"
- "Cash on the Barrelhead"
- "Hickory Wind" 6:27
2. "Love Hurts" 3:40
3. "Ooh Las Vegas" 3:29
4. "In My Hour of Darkness"3:42

Músicos:

  • Gram Parsons – voz principal, guitarra acústica
  • Emmylou Harris – voz (en todas las canciones excepto «Brass Buttons»)
  • Glen D. Hardin – piano, piano eléctrico en «Brass Buttons»
  • James Burton – guitarra eléctrica principal
  • Emory Gordy Jr. – bajo
  • Ron Tutt – batería
  • Herb Pedersen – guitarra rítmica acústica, guitarra rítmica eléctrica en «I Can't Dance»
  • Al Perkins – pedal steel

Músicos invitados:

  • Bernie Leadon – guitarra acústica en «Return of the Grievous Angel», guitarra eléctrica principal en «Hearts on Fire», dobro en «In My Hour of Darkness»
  • Byron Berline – violín en «Return of the Grievous Angel», «Medley Live from Northern Quebec» e «In My Hour of Darkness», mandolina en «Medley»
  • N.D. Smart – batería en «Hearts on Fire» e «In My Hour of Darkness»
  • Steve Snyder – vibráfono «Hearts on Fire»
  • Linda Ronstadt – coros en «In My Hour of Darkness»
  • Kim Fowley, Phil Kaufman, Ed Tickner, Jane y Jon Doe – «Bla bla» en «Medley Live from Northern Quebec»

The Dark Side of the Moon: el latido eterno de Pink Floyd

Escribir algo nuevo sobre "The Dark Side of the Moon" parece, de entrada, una pequeña temeridad. El álbum de "Pink Floyd" ha sido diseccionado, canonizado, vendido, mitificado y hasta convertido en objeto de conspiraciones audiovisuales con películas clásicas. A estas alturas, uno podría pensar que no queda nada que añadir. Y quizá sea verdad, al menos para quienes llevan décadas escuchándolo con auriculares, vinilo, reediciones de lujo y una devoción casi litúrgica.

Pero yo no quiero escribir para convencer al creyente. Prefiero acercarme a quien todavía no ha entrado en este disco, a quien conoce la portada del prisma pero no sabe muy bien qué hay dentro, a quien tal vez escucha rock alternativo, electrónica, pop oscuro, Radiohead, Tame Impala, Gorillaz o incluso bandas sonoras ambientales, y aún no ha entendido por qué este álbum de 1973 sigue apareciendo como una sombra elegante cada vez que se habla de música importante. "The Dark Side of the Moon" no necesita más monumentos. Necesita nuevas puertas de entrada.

ALBUM: The Dark Side of the Moon


Pink Floyd publicó "The Dark Side of the Moon" el 1 de marzo de 1973 en Estados Unidos, y el 16 de marzo de ese mismo año en Reino Unido. Era su octavo álbum de estudio, pero no apareció de golpe como una iluminación de estudio. Antes de ser disco, fue experiencia en directo, una obra que el grupo fue probando, rompiendo y afinando sobre escenarios de Reino Unido, Europa, Japón y Estados Unidos.

PINK FLOYD The Dark Side of the Moon 1973

Roger Waters propuso la idea después de "Meddle", en 1971. Quería hablar de las cosas que nos desgastan por dentro, la presión, el dinero, el paso del tiempo, la muerte, la locura, la violencia, la vida convertida en una máquina que no pregunta si estás preparado para seguir girando. También estaba ahí la sombra de Syd Barrett, fundador de Pink Floyd, figura brillante y frágil, apartado del grupo en 1968 tras un deterioro mental que quedó unido para siempre a la mitología de la banda.

Lo fascinante es que Pink Floyd no empezó este álbum como una colección de canciones, sino como una suite. El material se estrenó en directo el 20 de enero de 1972 en The Dome, Brighton, bajo títulos provisionales como "Eclipse, A Piece for Assorted Lunatics". En uno de esos primeros conciertos, la maquinaria técnica de la banda no soportó el peso de sus propias ambiciones. Cuando llegó "Money", con sus monedas y cajas registradoras sincronizadas en cinta, el sistema se vino abajo. La escena parece casi simbólica, una banda intentando capturar el ruido del capitalismo y siendo vencida por sus propios cables.

Pink Floyd 1973

Después llegarían las sesiones en EMI Studios, hoy Abbey Road, con Alan Parsons como ingeniero. Allí el disco encontró su forma definitiva gracias a la grabación multipista, los bucles de cinta, los sintetizadores analógicos como el EMS VCS 3 y el Synthi A, las entrevistas grabadas al personal del estudio y a gente cercana, y una obsesión por el detalle que todavía se nota como si el álbum respirara al lado del oyente.


El sonido de una mente bajo presión:


Lo primero que conviene olvidar es la idea de que "The Dark Side of the Moon" es difícil. No lo es. Es ambicioso, sí, pero no inaccesible. De hecho, una de sus grandes virtudes es que convierte ideas enormes en canciones claras, envolventes y memorables. Pink Floyd venía de viajes psicodélicos más extensos, de piezas largas y exploraciones que podían parecer interminables para un oyente joven acostumbrado a otra velocidad. Aquí, en cambio, todo está concentrado. La experimentación no desaparece, se vuelve útil.

"Speak to Me" funciona como una puerta entreabierta. Latidos, relojes, voces, risas, fragmentos de lo que vendrá. No empieza como una canción, sino como una conciencia despertando en mitad de la noche. De ahí nace "Breathe", una pieza suave, casi suspendida, con la voz de David Gilmour flotando sobre guitarras eléctricas y pedal steel. No hay prisa. El bajo, la batería de Nick Mason y los teclados de Richard Wright se mueven con una calma extraña, como si la belleza ya viniera contaminada por una amenaza.

La sacudida llega con "On the Run", que hoy puede escucharse como un antepasado de mucha electrónica obsesiva. Ese patrón acelerado de sintetizador, los ruidos de aeropuerto, las respiraciones, la sensación de persecución, todo compone una miniatura de ansiedad moderna. No hace falta saber que Wright tenía miedo a volar para sentir que esa pieza habla de la vida convertida en tránsito permanente.

"Time" es el primer gran golpe emocional del álbum. Los relojes del inicio no son un adorno ingenioso, son una agresión. Después entra la batería con rototoms, el bajo marca un pulso seco, y David Gilmour lanza uno de esos solos que no parecen demostrar habilidad, sino abrir una grieta. La letra es devastadora porque no se esconde tras metáforas raras. Habla de levantarte un día y descubrir que diez años han pasado sin pedir permiso. Para un oyente joven, puede sonar como una advertencia prematura. Para alguien más mayor, como una factura.


Clare Torry, Money y la belleza incómoda:


"The Great Gig in the Sky" sigue siendo una de las piezas más imposibles de explicar sin empobrecerla. Richard Wright había compuesto una base de piano melancólica, y Alan Parsons sugirió llamar a Clare Torry. Le dijeron que la canción trataba sobre la muerte. Ella no escribió una letra, no narró nada, no interpretó un personaje. Cantó como si el cuerpo entendiera antes que la razón. Su voz se eleva, se rompe, se repliega. Puede sonar espiritual, sensual, aterradora o liberadora según el día en que la escuches. Esa ambigüedad es parte de su grandeza.

Luego aparece "Money", y el álbum cambia de piel. Las cajas registradoras, las monedas y el bajo de Roger Waters construyen una entrada reconocible al instante. La canción se burla de la codicia con una ironía seca, casi cruel, mientras juega con un compás poco habitual y se permite un solo de saxofón de Dick Parry que añade un aire urbano, sucio, nocturno. Después Gilmour entra con una guitarra más blues, más física, como si el disco necesitara tocar tierra después de tanto viaje mental. Que una canción tan extraña se convirtiera en éxito dice mucho del momento, pero también de la capacidad de Pink Floyd para hacer que lo raro pareciera inevitable.

"Us and Them" (una de mis favoritas) es, para mí, una de las cimas silenciosas del álbum. Viene de una composición de Wright pensada originalmente para "Zabriskie Point", y conserva algo cinematográfico, una tristeza amplia. El saxofón vuelve, los coros se abren, la canción crece y se contrae con una elegancia casi jazzística. Roger Waters escribe sobre guerra, jerarquía, distancia moral. No necesita gritar. Le basta con mostrar cómo unos mandan desde atrás y otros mueren delante.

Un disco que sigue hablando de nosotros:


La segunda mitad se desliza hacia "Any Colour You Like", un instrumental breve donde todavía asoma el antiguo Pink Floyd, el de la psicodelia, pero reducido a una forma más limpia. En otros años quizá habría durado veinte minutos. Aquí dura lo justo. Esa contención es clave para entender el álbum. "The Dark Side of the Moon" no abandona el viaje, lo disciplina.

"Brain Damage" devuelve a Syd Barrett al centro emocional del disco sin nombrarlo de forma explícita. Roger Waters canta sobre la locura, la fama, las mentes que se desajustan, las bandas que empiezan a tocar melodías distintas. Es una canción dulce y perturbadora a la vez. No trata la salud mental como una rareza decorativa, sino como una posibilidad humana, como una habitación a la que cualquiera podría acercarse demasiado.

"Eclipse" cierra el círculo con una enumeración casi ceremonial. Todo lo que tocas, todo lo que ves, todo lo que amas, todo lo que odias. La vida entera comprimida en una progresión ascendente, hasta que vuelve el latido inicial y una voz recuerda que no hay realmente un lado oscuro de la luna, que en realidad todo está oscuro, salvo por la luz del sol. Es una frase sencilla, pero deja una resonancia enorme. El álbum termina donde empezó, pero el oyente ya no está en el mismo sitio.

Publicado en una década marcada por la expansión del rock de estadios, la radio FM, el desencanto posterior a los sesenta y la fascinación tecnológica, "The Dark Side of the Moon" capturó algo muy concreto de su tiempo. La contracultura había perdido inocencia, la industria musical se hacía gigantesca, la ciencia había llegado a la luna y aun así la gente seguía sintiéndose sola, explotada, asustada, confundida. Pink Floyd convirtió esa contradicción en música.

Por qué escucharlo hoy:


Su legado impresiona, desde las decenas de millones de copias vendidas hasta su permanencia interminable en listas, su entrada en la cultura popular y su influencia sobre generaciones de músicos. Pero reducirlo a cifras sería una forma bastante pobre de entenderlo. El verdadero motivo por el que "The Dark Side of the Moon" sigue vivo es más íntimo. Suena perfecto sin sonar frío. Es cerebral, pero también profundamente físico. Tiene ideas, pero no se olvida de las canciones. Habla de asuntos enormes sin perder el pulso humano.

Pink Floyd 1973

Para quien llegue desde el rock alternativo, puede ser un puente hacia otro modo de escuchar. Para quien venga del pop, puede revelar cómo una melodía sencilla puede sostener una arquitectura emocional inmensa. Para quien escuche electrónica, "On the Run" todavía conserva una electricidad primitiva. Para quien busque letras directas, "Time", "Money" o "Brain Damage" siguen golpeando con una claridad incómoda.

Disco recomendado


Mi recomendación es sencilla, pero exigente. Escúchalo entero, sin saltar canciones, con auriculares si puedes y sin tratarlo como una pieza de museo. No hace falta venerarlo. Basta con entrar en su ritmo, dejar que el latido inicial marque el paso y permitir que Pink Floyd haga lo que mejor sabe hacer, convertir el miedo, la belleza y el desconcierto de estar vivo en una experiencia sonora que todavía parece venir del futuro.

Jóvenes lectores y de uso Spotify, hacerme caso, buscar esto y escucharlo.


Video del tema "Us and Them":


Tracklist (formato LP original):

Cara A:

1. «Speak to Me»1:07
2. «Breathe» 2:49
3. «On the Run» 3:45
4. «Time» 6:53
5. «The Great Gig in the Sky» 4:44

Cara B:

6. «Money» 6:23
7. «Us and Them» 7:49
8. «Any Colour You Like» 3:26
9. «Brain Damage» 3:46
10. «Eclipse» 2:12

Pink Floyd:

  • David Gilmour – voz, guitarras, VCS3
  • Nick Mason – batería, percusión, efectos de cinta
  • Roger Waters – bajo, voz, VCS3, efectos de cinta
  • Richard Wright – teclados, voz, VCS3

Músicos adicionales:

  • Dick Parry – saxofón en «Money» y «Us and Them»
  • Clare Torry – voz en «The Great Gig in the Sky»
  • Doris Troy – coros
  • Lesley Duncan – coros
  • Liza Strike – coros
  • Barry St. John – coros

Producción:

Pink Floyd – productores
Alan Parsons – ingeniero de sonido

LAURYN HILL - The Miseducation of Lauryn Hill: legado musical

Volver a escuchar el disco "The Miseducation of Lauryn Hill" exige quitarse de encima una idea cómoda, la de que los clásicos pertenecen al pasado. Este álbum no pide reverencia, pide atención. En sus canciones hay ruptura, maternidad, fe, rabia, deseo, orgullo y una forma de entender la música negra que desborda cualquier etiqueta sencilla. Para quien llegue a Lauryn Hill desde el pop actual, el R&B contemporáneo, el hip hop o incluso desde el rock más confesional, este disco funciona como una brújula inesperada, una obra que explica de dónde vienen muchas voces posteriores y por qué algunas heridas, cuando están bien cantadas, no envejecen nunca.

ALBUM: The Miseducation of Lauryn Hill


Publicado el 25 de agosto de 1998, el primer álbum en solitario de Lauryn Hill apareció en un momento muy concreto de la música popular. “The Fugees” venían de conquistar el mundo con “The Score”, el hip hop había entrado de lleno en la maquinaria comercial y el R&B vivía una edad dorada en la que la radio todavía podía sonar elegante, callejera y emocional al mismo tiempo. Pero Lauryn Hill no entregó un disco pensado solo para seguir ganando. Entregó una obra incómoda, íntima, espiritual, combativa y profundamente musical.

LAURYN HILL - The Miseducation of Lauryn Hill

El resultado fue descomunal. El álbum debutó en el #1 de Billboard 200, vendió más de cuatrocientas mil copias en su primera semana y terminó convertido en uno de los grandes símbolos de la pop culture de finales de los noventa. En los Grammy de 1999 ganó cinco premios, incluido álbum del año, una victoria histórica para un disco atravesado por el hip hop. Pero reducirlo a cifras sería quedarse en la superficie. Su verdadera fuerza está en otra parte, en cómo suena una mujer joven cuando decide que su vida, su voz y su deseo no van a ser editados por nadie más.

Lauryn Hill después de The Fugees


Antes de este álbum, Lauryn Hill ya era famosa. Su voz en “Killing Me Softly” había demostrado una capacidad poco común para juntar dulzura y autoridad, y sus versos dentro de The Fugees la habían situado como una de las presencias más magnéticas del grupo. Aun así, sobre ella pesaba una pregunta bastante injusta, pero habitual en la historia de la música, especialmente con las mujeres, ¿podría sostener sola una visión completa?

LAURYN HILL

La respuesta llegó con un disco concebido en plena transición. Hill estaba separándose creativa y emocionalmente de The Fugees, atravesaba una relación compleja con Wyclef Jean y estaba embarazada de su primer hijo, Zion David. Tenía poco más de veinte años y cargaba con expectativas enormes. Lo interesante es que no convirtió esa presión en pose. La transformó en escritura, en ritmo, en coros, en oración, en reproche, en ternura.

Parte del álbum se grabó en Jamaica, en los estudios Tuff Gong, vinculados al legado de Bob Marley. Ese detalle se escucha. No porque todo el disco suene a reggae de forma literal, sino porque hay una espiritualidad de resistencia que atraviesa las canciones. Hill entiende el amor como una fuerza, pero también como una prueba. Entiende la fe como refugio, pero no como evasión. Y entiende la independencia como algo que se conquista a través de decisiones dolorosas.

El título, inspirado en The Education of Sonny Carson y The Mis Education of the Negro de Carter G. Woodson, añade otra capa. Las escenas de aula que aparecen entre canciones no son adornos. Funcionan como pequeñas pausas teatrales en las que niños hablan del amor, de la identidad y del aprendizaje emocional. Lauryn Hill no está en esa clase, y esa ausencia dice mucho. No encaja del todo en la escuela del hip hop, ni en la del soul, ni en la del pop comercial. Está escribiendo su propio temario.

Un álbum de neo soul y más:


Aunque se suele hablar de The Miseducation of Lauryn Hill como un álbum de neo soul, esa etiqueta se queda pequeña. Aquí hay R&B, hip hop, reggae, gospel, soul de los setenta, doo wop, balada confesional y una manera de entender la interpretación que también puede conectar con quien viene del rock music o del pop alternativo. No por guitarras distorsionadas ni por actitud superficialmente rebelde, sino por algo más importante, la sensación de que cada canción está defendiendo una verdad personal.

“Lost Ones” es puro pulso. La batería golpea seca, la base tiene un filo casi de batalla y Hill rapea con una precisión que no necesita adornos. Su fraseo se apoya en la tradición del hip hop de la Costa Este, pero la cadencia caribeña le da una elasticidad particular. No parece una artista intentando impresionar. Parece alguien poniendo las cosas en su sitio.

Después llega “Ex-Factor”, y el álbum cambia de temperatura. Aquí la dureza se vuelve herida abierta. El piano, los coros y la guitarra crean una atmósfera amplia, casi de soul antiguo, pero la interpretación de Hill evita el dramatismo vacío. Canta desde el cansancio, desde esa zona en la que una relación ya no se rompe de golpe, sino por desgaste. La canción duele porque no exagera. Cualquiera que haya confundido amor con insistencia puede reconocer ese lugar.

“To Zion” es otro centro emocional del disco. La presencia de Carlos Santana en la guitarra añade un brillo cálido, casi maternal, a una canción que habla de elegir a un hijo frente a las exigencias de una carrera. Hill no canta la maternidad como postal limpia. La canta como decisión radical. En un entorno que empujaba a las artistas a convertir su imagen en producto, ella colocó a su hijo en el centro de una canción y dijo, con una calma impresionante, que su vida no iba a organizarse alrededor de la ambición ajena.

“Doo Wop (That Thing)” es el gran golpe pop del álbum, pero también uno de sus textos más inteligentes. Tiene trompetas, ritmo contagioso, aroma de grupo vocal antiguo y una estructura que parece hecha para sonar en cualquier fiesta. Sin embargo, debajo de esa energía hay una advertencia sobre el deseo, la imagen, la sexualización y las trampas sociales que afectan tanto a hombres como a mujeres. La canción no sermonea. Baila mientras señala el problema.

Heridas que no se esconden:


Lo que más me interesa del álbum es que no separa lo privado de lo político. Cuando Lauryn Hill canta sobre una relación rota, no está contando únicamente una historia sentimental. Está hablando de poder, de autoestima, de dependencia, de cómo una mujer aprende a recuperar su centro después de haber sido desplazada de sí misma.

“I Used to Love Him”, junto a Mary J. Blige, resume muy bien esa línea. Las dos voces no compiten, conversan. Hay cansancio, dignidad y liberación. Mary J. Blige trae su propio peso emocional, esa manera suya de cantar como si cada frase hubiera pasado antes por el cuerpo. Hill responde con una claridad menos rasgada, pero igual de firme. La canción no celebra el desamor, celebra el momento en el que una persona deja de arrodillarse ante él.

“Nothing Even Matters”, con D’Angelo, abre otra habitación. Es sensual, lenta, íntima. Las voces se rozan sin forzar el gesto. Frente a la electricidad verbal de “Lost Ones” o “Final Hour”, aquí Hill deja que el tiempo se estire. El bajo suena mullido, los teclados respiran, la canción parece suspendida en una tarde sin prisa. Es uno de esos duetos que explican por qué el R&B de los noventa todavía se escucha con tanta devoción, porque sabía ser sofisticado sin perder piel.

En “Superstar”, Hill mira hacia la industria y lanza una pregunta que no ha envejecido nada, qué ocurre cuando la música deja de buscar elevación y se obsesiona con el dinero, la pose y la fama. Hoy, en plena era de métricas, algoritmos y canciones reducidas a fragmentos virales, esa crítica suena incluso más afilada. Hill no hablaba desde fuera del éxito. Hablaba desde dentro, y eso hacía que su denuncia tuviera más peso.

The Miseducation of Lauryn Hill, mola y mucho:


Este álbum es bueno por muchas razones, por su influencia, por sus canciones, por su ambición, por su lugar en la historia del hip hop y del soul contemporáneo. Pero su grandeza más profunda está en la unidad entre vida y forma. Todo lo que Lauryn Hill está viviendo encuentra una traducción musical precisa. La rabia tiene ritmo. La duda tiene armonía. La fe tiene coro. La maternidad tiene guitarra. El desengaño tiene piano. La independencia tiene voz propia.

Lauryn Hill

También cambió la manera en que muchas personas entendieron lo que podía ser una rapera, una cantante de soul, una autora pop. Hill no eligió entre rapear y cantar, entre ser dura y ser vulnerable, entre mirar hacia Dios y mirar hacia el cuerpo, entre sonar clásica y sonar contemporánea. Rechazó esa falsa elección y construyó un idioma completo.

Disco recomendado


Para lectores jóvenes que quizá conocen su nombre más por su aura que por el disco, mi recomendación es sencilla, escuchadlo entero, sin saltar directamente a los sencillos. Entrad por “Lost Ones”, quedaos en “Ex-Factor”, respirad con “To Zion”, cantad “Doo Wop (That Thing)” y dejad que la canción titular cierre el círculo. The Miseducation of Lauryn Hill no es solo un álbum importante. Es una experiencia de escucha que todavía enseña algo incómodo y necesario, que madurar también consiste en desaprender lo que otros intentaron escribir sobre ti. Buscarlo si ya no lo has escuchado, volver de disfrutar de ello si ya lo conoces.

Video del tema "Lost One":

Tracklist (formato original):

1. «Intro» 0:47
2. «Lost Ones» 5:33
3. «Ex-Factor» 5:26
4. «To Zion» (con Carlos Santana) 6:08
5. «Doo Wop (That Thing)» 5:19
6. «Superstar» 4:56
7. «Final Hour» 4:15
8. «When It Hurts So Bad» 5:42
9. «I Used to Love Him» (con Mary J. Blige) 5:39
10. «Forgive Them Father» 5:15
11. «Every Ghetto, Every City» 5:14
12. «Nothing Even Matters» (con D'Angelo) 5:49
13. «Everything Is Everything» 4:58
14. «The Miseducation of Lauryn Hill» 4:17

Lista de samples usados:

  • «Lost Ones» - Samples de «Super Hoe» de Boogie Down Productions
    Interpolación de «Bam Bam» de Sister Nancy
  • «Ex-Factor» - Samples de «Can It Be All So Simple» de Wu-Tang Clan
  • «To Zion» - Samples de «And The Feeling's Good» de José Feliciano
  • «Doo Wop (That Thing)» - Samples de «Together Let's Find Love» de The 5th Dimension
  • «Superstar» - Interpolación de «Light My Fire» de The Doors
  • «I Used To Love Him» - Samples de «Ice Cream» de Raekwon
  • «Forgive Them Father» - Samples de «Concrete Jungle» de Bob Marley
  • «Every Ghetto, Every City» - Interpolación de «Heaven and Hell Is on Earth» por la 20th Century Steel Band
  • «Can't Take My Eyes Off You» versión deFrankie Valli

THE TRIFFIDS - Born Sandy Devotional: su álbum esencial

Antes de entrar en sus canciones, conviene escuchar "Born Sandy Devotional" como quien mira una fotografía antigua durante más tiempo del previsto. Al principio aparecen los contornos reconocibles, una banda australiana en los ochenta, una voz grave, guitarras con polvo de carretera, pero poco a poco empiezan a asomar otras cosas: la distancia, el deseo, la culpa, el mar como amenaza y la memoria como un lugar al que no siempre se puede volver. Ahí es donde el disco deja de ser solo una obra importante de The Triffids y se convierte en una experiencia extraña, hermosa y algo incómoda, de esas que no se explican del todo en una primera escucha.

ALBUM: Born Sandy Devotional


El primer golpe de "Born Sandy Devotional" no entra como una canción, entra como una imagen. Unas aves sobre el mar, una carretera que parece no terminar nunca, un pueblo costero visto desde lejos, una habitación de motel donde el aire pesa más de la cuenta. Antes de que uno sepa exactamente qué está contando David McComb, ya entiende dónde está: en un lugar amplio, luminoso y cruel, donde el paisaje exterior se mezcla con una soledad que no cabe del todo en el cuerpo.

THE TRIFFIDS - Born Sandy Devotional

Publicado en marzo de 1986, "Born Sandy Devotional" es el segundo álbum de estudio de la banda The Triffids, y también el disco en el que la formación encontró una voz verdaderamente propia. Tiene algo de rock australiano, algo de pop sombrío, algo de folk eléctrico, algo de música de carretera, pero reducirlo a una etiqueta sería empobrecerlo. Es un álbum expansivo, casi cinematográfico, que toma cierta imaginería de la Americana y la cruza con los paisajes del oeste de Australia. El resultado no suena a postal exótica, sino a memoria emocional, a territorio convertido en estado de ánimo.

El disco "Born Sandy Devotional":


Aunque el disco respira Australia por todos sus poros, fue grabado muy lejos de allí. The Triffids estaban instalados en Londres cuando entraron en Mark Angelo Studios en agosto de 1985, con Gil Norton como coproductor junto a la banda. Después, el álbum se mezcló en Amazon Studios, en Liverpool, en septiembre de ese mismo año. La fotografía de portada muestra Mandurah, en Australia Occidental, tal como era en 1961, antes de convertirse en un gran centro urbano. Ese contraste entre distancia física y raíz emocional es clave para entender el álbum. La banda estaba en Inglaterra, pero McComb escribía como si todavía estuviera mirando al océano Índico desde una orilla perdida.

Me interesa mucho ese detalle porque explica parte de la magia del disco. "Born Sandy Devotional" no suena como un álbum hecho desde la comodidad de pertenecer a un sitio, sino desde la herida de haberlo dejado atrás. Rob McComb lo describió años después como un "momento dorado", una etapa en la que todo parecía encajar. Y resulta curioso saber que un disco tan grande en ambición se hizo con medios modestos, prácticamente con fondos propios, sin una discográfica vigilando cada decisión. Quizá por eso conserva una libertad rara, una elegancia que nunca se vuelve calculada.

THE TRIFFIDS

También fue el primer álbum de The Triffids con un productor externo. Gil Norton, que más tarde sería conocido por su trabajo con Pixies, ayudó a ordenar la intensidad de una banda numerosa y llena de matices. Aquí aparecen guitarras, violín, teclados, pedal steel, vibráfono, chelo y voces que no siempre buscan la belleza evidente. La producción no aplasta las canciones, las abre. Les deja espacio alrededor, como si cada instrumento tuviera que respetar el silencio del paisaje.

Sonido amplio para letras encerradas:


Lo fascinante de "Born Sandy Devotional" es la tensión entre amplitud y encierro. Musicalmente, muchas canciones parecen avanzar por espacios abiertos. La pedal steel de Graham Lee dibuja líneas luminosas, los teclados flotan como niebla baja, el violín de Robert McComb aporta dramatismo sin caer en el exceso, y la voz de David McComb aparece grave, rotunda, casi teatral. Pero las letras hablan de otra cosa: pérdida, obsesión, culpa, muerte, deseo de huida, relaciones que se han roto de una forma que no permite cierre.

"The Seabirds" abre el álbum con una grandeza seca. No necesita una entrada espectacular, le basta con instalar una amenaza. El mar no es aquí un símbolo bonito, sino una fuerza indiferente. McComb no cuenta una historia cerrada, deja fragmentos, imágenes, restos de una situación emocional. Esa forma de escribir me parece una de sus grandes virtudes. No explica demasiado. No subraya. Te da escenas y confía en que tú sientas el hueco entre ellas.

Luego llega "Estuary Bed", quizá una de las canciones más accesibles del disco, aunque tampoco sea exactamente luminosa. Tiene un aire más melódico, más cercano a cierta tradición de pop alternativo australiano que podría conectar con The Go Betweens, pero con una sombra más densa. Donde otros grupos habrían buscado nostalgia amable, The Triffids colocan una inquietud persistente. La belleza existe, sí, pero nunca está limpia del todo.

Wide Open Road, una canción para perderse:


Es imposible hablar de este álbum sin detenerse en "Wide Open Road". Es la canción más conocida de The Triffids y, con razón, una de las grandes piezas del rock australiano de los ochenta (siglo xx). A primera escucha puede parecer una canción sobre amor perdido. A la segunda, ya no es tan sencillo. Hay abandono, pero también obsesión. Hay dolor, pero también una conciencia incómoda de culpa. McComb canta como alguien que camina hacia ninguna parte, convencido de que alejarse es una forma de seguir unido a aquello que ha perdido.

Lo que más me impresiona de "Wide Open Road" es que no necesita acelerar para ser intensa. La canción avanza con una dignidad casi fúnebre, sostenida por guitarras, teclados y esa sensación de carretera infinita. Tiene algo de Bruce Springsteen en su lado más nocturno, quizá el de Nebraska, pero filtrado por una sensibilidad australiana, menos épica en el sentido americano y más seca, más desolada. No hay redención fácil al final del camino. Solo distancia.

Para un oyente joven que llega ahora a The Triffids, esta canción puede funcionar como puerta de entrada perfecta. No hace falta conocer la historia de la banda ni el contexto de la música alternativa de los ochenta. Basta con dejarse llevar por ese pulso contenido y esa voz que parece venir de alguien que ha entendido demasiado tarde lo que ha perdido.

Historias rotas, voces frágiles y belleza incómoda:


El álbum no se conforma con repetir una misma emoción. "Stolen Property" crece lentamente, como una acusación que también se vuelve contra quien la pronuncia. "Lonely Stretch" lleva la idea del viaje nocturno hacia un terreno más claustrofóbico, con una tensión casi gótica. "Chicken Killer", con su rareza algo desquiciada, rompe la solemnidad del conjunto y demuestra que The Triffids no eran solo una banda de melancolía noble, también podían resultar incómodos, incluso grotescos.

Luego está "Tarrilup Bridge", una de las piezas más discutidas por la presencia vocal de Jill Birt. Su voz puede parecer delgada, infantil, incluso frágil hasta el desconcierto, pero ahí reside parte de su sentido. En una canción marcada por una historia de muerte y abandono, esa interpretación no embellece el drama, lo vuelve más extraño. No canta desde la seguridad, sino desde una zona quebradiza. Puede gustar más o menos, pero dentro del álbum tiene una función clara: interrumpe la gravedad masculina de McComb y abre una grieta distinta.

El cierre con "Tender Is the Night" ofrece algo parecido a una calma, aunque no exactamente esperanza. Es un final sobrio, casi cansado, como si después de tanto paisaje emocional devastado quedara una pequeña posibilidad de ternura. No una salvación, no una respuesta, sino una mano extendida a través de la distancia.


David McComb, un escritor poco citado:


David McComb tenía poco más de veinte años cuando escribió este álbum, y eso sigue pareciéndome asombroso. No por una cuestión de precocidad vacía, sino por la manera en que comprendía ciertos estados emocionales. Sus canciones no suenan a alguien imitando la tristeza adulta, suenan a alguien que ha encontrado una forma muy precisa de convertirla en música.

Se le suele comparar con Nick Cave, y la comparación tiene sentido por la gravedad vocal, el gusto por los relatos oscuros y cierta teatralidad. Pero McComb era menos bíblico, menos furioso, más geográfico. Sus canciones parecen escritas mirando mapas, costas, puentes, habitaciones, carreteras. En ellas, el espacio no es decoración, es una extensión de la mente. También se le puede acercar a The Go Betweens por procedencia y época, aunque The Triffids tienen un dramatismo más mineral, menos conversacional.

La muerte de McComb en 1999, con solo 36 años, dejó una sensación inevitable de obra interrumpida. Aun así, "Born Sandy Devotional" basta para situarlo entre los grandes compositores de la música australiana. No de los más famosos, desde luego, pero sí de los que mejor entendieron cómo una canción puede contar sin cerrar, sugerir sin explicar, doler sin pedir permiso.

Por qué Born Sandy Devotional mola:


Escuchado hoy, "Born Sandy Devotional" no parece un objeto de museo. Suena antiguo en algunos detalles, claro, pero no envejecido. Hay discos de los ochenta que delatan demasiado su época por la producción. Este, en cambio, conserva una cualidad física, casi táctil. Se escucha el aire entre los instrumentos, la madera de las canciones, la aspereza de unas letras que no buscan caer bien.

THE TRIFFIDS

Su importancia no está solo en haber sido reconocido como uno de los grandes álbumes australianos, ni en que "Wide Open Road" haya terminado formando parte del imaginario musical de su país. Su valor está en haber creado un mundo propio. Un lugar donde el pop puede ser literario sin volverse pesado, donde el rock puede ser dramático sin gritar, donde la tristeza no se presenta como pose, sino como una forma de mirar.

Disco recomendado


Recomendaría Born Sandy Devotional a cualquiera que quiera descubrir una pieza esencial de la música alternativa de los ochenta fuera del canon más repetido. También a quien disfrute de Nick Cave, The Go Betweens, Leonard Cohen, Springsteen en modo nocturno o esas canciones que parecen más grandes por lo que callan que por lo que dicen. No es un álbum para poner de fondo mientras haces otra cosa. Pide atención, y la recompensa. Hay que entrar en él como quien se adentra en una carretera vacía al atardecer, sin esperar respuestas inmediatas. Cuando termina, algo de ese paisaje se queda contigo.

Video del tema "Wide Open Road":

Tracklist:

"The Seabirds" – 3:20
"Estuary Bed" – 4:49
"Chicken Killer" – 3:51
"Tarrilup Bridge" – 3:21
"Lonely Stretch" – 5:02
"Wide Open Road" – 4:08
"Life of Crime" – 4:24
"Personal Things" – 2:57
"Stolen Property" – 6:47
"Tender Is the Night (The Long Fidelity)" – 3:53

The Triffids (Banda):

  • David McComb – voz, guitarra, teclados
  • Graham Lee, conocido como "Evil", – guitarra de pedal y lap steel
  • Martyn Casey – bajo
  • Jill Birt – voz, teclados
  • Robert McComb – violín, guitarra, coros
  • Alsy MacDonald – batería, coros

Músicos adicionales:

  • Sally Collins – coros
  • Fay Brown – coros
  • Adam Peters – violonchelo, teclados, piano
  • Chris Abrahams – piano, vibráfono
  • Lesley Wynne – viola