C. TANGANA - El Madrileño: tradición, riesgo y reinvención

Confieso que el músico C. Tangana nunca había ocupado demasiado espacio en mis escuchas. Quienes llegamos a la música principalmente a través del rock, el pop británico, la música alternativa o los grandes discos anglosajones tendemos a observar ciertos fenómenos de la música española desde cierta distancia. No por desprecio, sencillamente porque nuestras referencias están en otro sitio. El disco "El Madrileño" consiguió que esa distancia dejara de importar.


ALBUM: El Madrileño


Publicado el 26 de febrero de 2021, el álbum supone uno de esos cambios de dirección que obligan a reconsiderar a un artista. Hasta entonces, Antón Álvarez había construido buena parte de su popularidad alrededor del rap y la música urbana, con canciones capaces de funcionar en discotecas y listas de éxitos. Aquí decidió cambiar el decorado casi por completo.

C. TANGANA - El Madrileño (2021)

No abandonó su personalidad, porque la ambición, la ironía, el ego, el deseo, la frustración sentimental y esa permanente conciencia de estar construyendo un personaje siguen ahí. Lo que cambió fue el idioma musical utilizado para expresarlo.

Y ese cambio es precisamente lo que hace que "El Madrileño" siga resultando tan interesante.


C. Tangana necesitaba salir de C. Tangana:


Antes de este disco, C. Tangana había aprendido perfectamente las reglas de la música urbana comercial. Mala Mujer, Bien Duro, Booty o No te debí besar habían demostrado que podía competir dentro de ese terreno. El problema de aprender demasiado bien unas reglas es que llega un momento en el que empiezan a limitarte.

Durante 2019 publicó numerosos sencillos y comenzó a aparecer una sensación de repetición. Era posible continuar persiguiendo el siguiente éxito, buscando la colaboración adecuada y afinando la fórmula, pero "El Madrileño" nace precisamente de la decisión contraria.

El contexto también importa. El disco tomó forma alrededor de una época en la que las discotecas estaban cerradas, los festivales se habían detenido y la relación habitual entre música popular, noche y consumo inmediato estaba temporalmente rota. Para un artista que había prosperado dentro de ese ecosistema, aquello podía convertirse en un problema. Tangana lo utilizó como oportunidad.

En lugar de fabricar otro repertorio pensado para la pista, empezó a mirar hacia atrás.


No hacia su pasado, sino hacia el de todos:


Rumba, copla, flamenco pop, bolero, bossa nova, canción latinoamericana, sonidos cubanos, guitarras españolas, ecos de bachata, música mexicana y pop rock empiezan a mezclarse dentro de un álbum que parece construido como un viaje con Madrid como punto de salida.

C. TANGANA

El cambio recuerda a esas transformaciones que resultan especialmente atractivas para quien viene del rock o de la música alternativa. No porque "El Madrileño" sea un disco de rock, evidentemente no lo es, sino porque comparte una idea muy arraigada en esa tradición, cuando una fórmula empieza a funcionar demasiado bien, el movimiento artístico más interesante suele consistir en escapar de ella.

Madrid como punto de partida:


El título puede llevar a engaño. "El Madrileño" no es un álbum encerrado en Madrid. Madrid funciona más bien como una estación central desde la que parten todas las líneas.

Ese concepto explica una lista de invitados extraordinariamente amplia. De las catorce canciones, doce incorporan colaboraciones. Aparecen Niño de Elche, La Húngara, Toquinho, Ed Maverick, Gipsy Kings, Jorge Drexler, José Feliciano, Omar Apollo, Eliades Ochoa, Carín León, Adriel Favela, Pepe Blanco, Kiko Veneno y Andrés Calamaro.

Sobre el papel, semejante reunión podría haber terminado convertida en un escaparate de nombres. No ocurre así porque C. Tangana comprende algo fundamental, colaborar no significa colocar dos voces en una misma grabación, sino permitir que el invitado cambie el carácter de la canción.

Eso obliga además al propio C. Tangana a retroceder unos pasos.

Paradójicamente, el álbum en el que crea uno de sus personajes más reconocibles es también aquel en el que menos necesita ocupar permanentemente el centro. "El Madrileño" se construye mediante otras voces, acentos, generaciones y geografías.

Hay algo casi gastronómico en esa idea, algo muy madrileño también. Una identidad formada absorbiendo elementos llegados desde muchos lugares hasta convertirlos en una cultura reconocible por sí misma.

Demasiadas Mujeres:


La primera canción explica buena parte del proyecto antes de que dé tiempo a formular ninguna teoría.

El tema Demasiadas Mujeres parte de materiales asociados a la tradición popular y religiosa española y los enfrenta a una producción electrónica. Una marcha procesional puede convivir con una pulsación cercana al techno sin que ninguno de los dos elementos aparezca como una broma.

Ese detalle es importante.

"El Madrileño" podría haber caído fácilmente en el pastiche. Podría haber tratado la música antigua como material pintoresco al que añadir una base contemporánea para hacerlo atractivo a una nueva generación. En sus mejores momentos ocurre exactamente lo contrario. Tangana parece preguntarse qué emociones siguen compartiendo esas músicas pese a pertenecer a épocas distintas.

La respuesta suele ser bastante sencilla, deseo, pérdida, orgullo, celos, nostalgia.

Por eso Tú Me Dejaste de Querer funciona tan bien. La Húngara y Niño de Elche aportan unas voces que conectan generaciones mientras una guitarra con aroma bachatero se introduce dentro de una rumba que parece familiar y extraña al mismo tiempo.

Es probablemente la canción que mejor resume todo el álbum. Puedes escucharla sin conocer absolutamente nada de flamenco, rumba o música urbana y entender inmediatamente su atractivo.

Eso es pop en el mejor sentido de la palabra.


Guitarras, madera y voces en primer plano:


Una de las cosas que más me sorprendió al escuchar "El Madrileño" fue descubrir la importancia física de los instrumentos.

Las guitarras tienen textura. No parecen accesorios colocados detrás de una voz, respiran dentro de las canciones.

En Comerte Entera aparece Toquinho y con él entra la delicadeza rítmica de la bossa nova. En la revisión de Un Veneno, José Feliciano transforma la canción desde la guitarra sin destruir la fragilidad del original. Párteme la cara, junto a Ed Maverick, demuestra cuánto puede conseguir Tangana cuando reduce los elementos y deja que una canción avance casi desnuda.

Ingobernable toma la rumba y utiliza a Gipsy Kings para darle un peso que ninguna simulación de estudio habría conseguido. Muriendo de envidia introduce a Eliades Ochoa, figura esencial de Buena Vista Social Club, dentro de una pieza que conecta rumba catalana, canción cubana y un cambio salsero en su tramo final.


Luego está el tema Cuándo olvidaré:


Para mí es uno de los momentos del álbum. Su carácter acústico, su vínculo con la canción latinoamericana y la aparición de la voz de Pepe Blanco generan una sensación extraña, como escuchar distintas décadas funcionando simultáneamente dentro de una habitación.

Aquí se entiende que la nostalgia de "El Madrileño" no consiste simplemente en recuperar sonidos antiguos. Lo importante es colocar el pasado dentro de una producción contemporánea y comprobar si todavía tiene algo que decir.

Casi siempre lo tiene.


Un disco sobre perder, desear y seguir aparentando:


Musicalmente el cambio es evidente, pero las letras recuerdan constantemente quién está detrás del personaje.

C. Tangana continúa escribiendo sobre éxito, dinero, mujeres, deseo y reconocimiento. Sin embargo, esas obsesiones aparecen ahora acompañadas por algo que antes ocupaba menos espacio, la conciencia de que conseguir lo que querías no necesariamente resuelve nada.

Ese desplazamiento resulta crucial.

El protagonista de estas canciones puede seguir comportándose con arrogancia, pero parece bastante más consciente de sus contradicciones. Hay relaciones que terminan, recuerdos que no desaparecen, noches que pesan más de lo esperado y una constante tensión entre la imagen pública y la intimidad.

Hasta el concepto de éxito empieza a sonar diferente.

La ambición continúa intacta, pero existe también cierta distancia respecto a ella. Tangana parece preguntarse qué queda cuando desaparecen la ropa, las cifras, la popularidad y la necesidad de demostrar constantemente quién eres. No siempre responde. Y probablemente sea mejor así.


La tradición no aparece aquí dentro de un museo:


Uno de los mayores méritos de "El Madrileño" consiste en acercar músicas que buena parte del público joven quizá nunca habría buscado por iniciativa propia.

¿Cuántos oyentes llegaron a José Feliciano, Eliades Ochoa, Toquinho, Kiko Veneno o Gipsy Kings después de escuchar este disco? Ese intercambio generacional me parece bastante más significativo que cualquier discusión sobre si Tangana inventó o no algo nuevo.

No lo inventó.

La rumba ya estaba ahí. La copla también. La bossa nova, el flamenco, el bolero, la salsa, la canción mexicana y el pop rock existían mucho antes de que Antón Álvarez pensara en llamarse "El Madrileño".

El logro está en otra parte. Consiguió que una generación acostumbrada a descubrir música mediante Spotify, TikTok o YouTube escuchara esos lenguajes sin percibirlos necesariamente como una lección de historia. No es arqueología musical. Es circulación cultural.

Para alguien joven que normalmente escucha a artistas internacionales, la puerta de entrada puede ser Tú Me Dejaste de Querer o Demasiadas Mujeres. Desde ahí el camino hacia Kiko Veneno, Buena Vista Social Club, José Feliciano, Toquinho o incluso viejas canciones de la música popular española queda sorprendentemente cerca.


También hay excesos, y eso beneficia al disco:


No considero "El Madrileño" una obra perfecta.

Su ambición provoca algunos desequilibrios. No todas las colaboraciones tienen la misma fuerza y determinadas referencias al pasado funcionan mejor como homenaje que como reinvención. Hay momentos en los que Tangana parece fascinado por sus propias influencias hasta el punto de concederles más espacio del que necesita la canción.

Pero prefiero esos defectos a un álbum impecablemente diseñado para no molestar a nadie.

Hong Kong, junto a Andrés Calamaro, es un buen ejemplo. Después de buena parte del recorrido acústico y sentimental del disco, aparecen unas guitarras más abiertas y una energía cercana al pop rock que alteran el equilibrio. No es un final elegante en un sentido convencional, pero sí tiene carácter.

Y "El Madrileño" necesita terminar así, sin comportarse demasiado bien.

La verdadera virtud del álbum está precisamente en su voluntad de asumir riesgos después de que su autor hubiera encontrado una fórmula mucho más cómoda.


El Madrileño convirtió el pasado en una posibilidad de futuro:


El éxito posterior confirmó que la apuesta conectó con un público enorme. El álbum encabezó las listas españolas, terminó siendo el disco más vendido en España en 2021 y llevó a C. Tangana a una nueva dimensión crítica y comercial.

Pero reducirlo a sus cifras sería perder la parte más interesante.

Su importancia está en haber demostrado que modernizar la música no significa necesariamente buscar sonidos que nadie haya escuchado antes. También puede consistir en volver sobre algo conocido y cambiar el contexto desde el que lo escuchamos.

"El Madrileño" utiliza tradiciones musicales de varias generaciones y países sin ocultar sus costuras. Se oyen las referencias, se reconocen los préstamos y aparecen invitados que representan mundos musicales completos. Tangana no pretende haberlos inventado. Su talento consiste en colocarlos alrededor de una misma mesa.

Quizá esa sea la mejor imagen para entender el álbum. No una pista de baile, tampoco un laboratorio de producción, sino una sobremesa imposible en la que pueden sentarse Toquinho, Calamaro, Drexler, La Húngara, José Feliciano, Kiko Veneno, Eliades Ochoa y un antiguo rapero madrileño decidido a comprobar qué ocurre cuando deja de preocuparse por sonar como se supone que debe sonar.


Disco recomendado


Para los lectores más jóvenes, especialmente para quienes viven musicalmente entre artistas internacionales, rock, pop alternativo, hip hop o sonidos actuales, recomiendo entrar en "El Madrileño" sin preocuparse demasiado por las etiquetas. Escuchad primero las canciones y seguid después las pistas que dejan sus invitados. Tal vez no terminéis convertidos en seguidores de la música española, a mí tampoco me ocurre con demasiada frecuencia, pero es difícil salir de este disco sin sentir curiosidad por el enorme mapa musical que hay detrás. Y cualquier álbum capaz de hacer que después de terminarlo quieras escuchar todavía más música ya ha conseguido algo importante.

Video del tema "Tú Me Dejaste De Querer":

Tracklist:

1. «Demasiadas mujeres» 2:33
2. «Tú me dejaste de querer» (con Niño de Elche y La Húngara) 3:18
3. «Comerte entera» (con Toquinho) 2:54
4. «Nunca estoy» 2:42
5. «Párteme la cara» (con Ed Maverick) 2:47
6. «Ingobernable» (con Gipsy Kings) 3:07
7. «Nominao» (con Jorge Drexler) 2:56
8. «Un veneno (G Mix)» (con José Feliciano) 3:13
9. «Te olvidaste» (con Omar Apollo) 3:07
10. «Muriendo de envidia» (con Eliades Ochoa) 3:02
11. «Cambia!» (con Carín León y Adriel Favela) 3:08
12. «Cuándo olvidaré» (con Pepe Blanco) 3:09
13. «Los tontos» (con Kiko Veneno) 3:12
14. «Hong Kong» (con Andrés Calamaro) 3:23

Waiting for a Miracle: el debut de THE COMSAT ANGELS

Si hoy escuchas a Interpol, Editors, The Chameleons o incluso determinados momentos de los tempranos Bloc Party, hay un álbum de 1980 al que merece la pena retroceder. No porque exista una línea genealógica sencilla que conecte todos esos nombres, sino porque "Waiting for a Miracle", debut de The Comsat Angels, contiene muchas de las sensaciones que décadas después volverían a resultar familiares en el rock alternativo, guitarras contenidas, bajos que gobiernan las canciones, baterías nerviosas, espacios vacíos y una voz que parece cantar desde algún lugar ligeramente apartado del mundo.

El álbum apareció el 5 de septiembre de 1980. Escucharlo hoy tiene algo de descubrimiento arqueológico, aunque la comparación pueda resultar injusta. No suena a objeto de museo. Suena extraño, inquieto y vivo.

Y precisamente por eso quiero recomendarlo.


ALBUM: Waiting for a Miracle


The Comsat Angels surgieron Sheffield, a finales de los setenta (siglo xx) la ciudad británica estaba atravesando las consecuencias de la crisis industrial, el desempleo y un cambio social profundo. Ese paisaje importa cuando uno escucha el disco. No porque las canciones funcionen como crónicas políticas explícitas, sino porque cierta sensación de incertidumbre parece haberse filtrado dentro de ellas.

THE COMSAT ANGELS - Waiting for a Miracle - Album 1980

La banda tampoco nació exactamente con el sonido que terminaría definiéndola. Stephen Fellows, Mik Glaisher, Kevin Bacon y Andy Peake habían tocado anteriormente bajo el nombre de Radio Earth, en una etapa con inclinaciones hacia el jazz rock. El contacto con el nuevo clima musical británico y, según recuerdan algunas de las fuentes de la época, una actuación junto a Pere Ubu, ayudaron a empujarles hacia otro territorio.

Influencia de Pere Ubu:

Pere Ubu dejó una huella clara, especialmente en la manera de entender el ritmo y la guitarra, pero The Comsat Angels pasaron esas ideas por el filtro del post punk británico. El resultado tenía algo del rock experimental estadounidense, algo de la austeridad que estaba apareciendo en grupos como Wire o The Cure, y una personalidad propia que todavía estaba tomando forma.

Antes de llegar a Polydor en 1979 habían publicado "Red Planet" en su propio sello, Junta. Un año después apareció Waiting for a Miracle.

THE COMSAT ANGELS

El milagro del título nunca llegó en forma de éxito masivo. El disco, en cambio, sí llegó.

Un álbum donde el vacío también toca:


Una de las primeras cosas que me atrapó al volver a "Waiting for a Miracle" fue comprobar lo poco que necesita la banda para crear tensión.

Aquí no existe una muralla de guitarras. Stephen Fellows toca muchas veces como si estuviera deliberadamente evitando ocupar todo el espacio disponible. La guitarra entra, desaparece, deja una figura suspendida y permite que sean el bajo, la batería y los teclados quienes construyan buena parte de la arquitectura.

Eso cambia por completo la escucha.

Kevin Bacon utiliza el bajo como una especie de columna vertebral. No se limita a acompañar las canciones, las empuja y, en algunos momentos, parece incluso discutir con ellas. Mik Glaisher toca la batería con una mezcla extraordinaria de disciplina y violencia controlada. Hay golpes que parecen aislados, patrones que no buscan decorar nada y silencios que tienen casi la misma importancia que la percusión.

Andy Peake completa ese espacio con teclados utilizados con enorme moderación. No están ahí para embellecer las canciones. Muchas veces hacen exactamente lo contrario, introducen una nota incómoda, una textura fría o una sensación difícil de identificar.

La producción, compartida por la banda y Pete Wilson, conserva esa sequedad. Escuchada hoy puede sorprender precisamente porque no intenta engrandecer nada. Cada instrumento parece encontrarse a cierta distancia de los demás.

Es uno de los secretos del disco.

El tema "Independence Day" es la puerta de entrada:


Si quieres probar una sola canción antes de entrar en el álbum completo, empezaría por "Independence Day".

Es probablemente el tema más conocido de The Comsat Angels y también el lugar donde todas sus ideas encuentran una forma particularmente inmediata. Hay melodía, tensión, cambios de intensidad y un equilibrio precioso entre lo accesible y lo extraño.

Siempre me ha llamado la atención que una canción así no convirtiera al grupo en algo mucho mayor. Tenía suficientes elementos pop para resultar reconocible y, al mismo tiempo, suficientes rarezas para no parecerse demasiado a nadie.

Pero quedarse ahí sería perderse lo mejor de "Waiting for a Miracle".

El tema "Missing in Action" abre el disco con una guitarra que casi parece una señal de alarma. Desde los primeros segundos aparece una de las emociones que atravesarán todo el álbum, el cansancio de alguien que siente que la vida cotidiana ya exige demasiado antes incluso de empezar el día.

"Baby" muestra otra cara. Bajo y batería generan una sensación física, irregular, casi incómoda. La canción avanza sin desperdiciar movimientos, y esa economía convierte cada pequeño cambio en algo importante.

Después está "Total War".

Aquí The Comsat Angels convierten una relación sentimental deteriorada en algo parecido a un conflicto territorial. La idea podría haber terminado en melodrama, pero la música evita cualquier exceso. Durante buena parte del tema la guitarra prácticamente renuncia al protagonismo. Bajo, batería y teclados mantienen una estructura circular que parece incapaz de encontrar una salida.

No hay liberación porque la historia tampoco la tiene.

Monkey Pilot y el futuro imaginado desde 1980:


Para alguien que llegue al grupo por primera vez, "Monkey Pilot" puede ser una de las canciones más reveladoras.

Stephen Fellows utiliza imágenes de ciencia ficción para hablar de algo profundamente cotidiano, la sensación de no controlar del todo tu propia vida. La figura de alguien frente a unos mandos que ya no comprende termina convirtiéndose en una imagen bastante precisa de la ansiedad.

Ese imaginario futurista aparece varias veces en el disco y encaja perfectamente con el nombre del grupo, tomado de un relato de J. G. Ballard.

Pero lo interesante es que "Waiting for a Miracle" nunca suena como una fantasía sobre el futuro. Su ciencia ficción habla del presente. Aeropuertos, mapas, máquinas, comunicaciones y territorios funcionan como metáforas para personas que no saben muy bien dónde están emocionalmente.

En "Real Story" esa sensación de aislamiento se vuelve especialmente intensa. "On the Beach" permite que la guitarra gane algo más de espacio y, escuchada retrospectivamente, anticipa algunos paisajes que pocos años después asociaríamos con The Chameleons.

"Map of the World" es más nerviosa y directa. Hay algo casi pop en su movimiento, aunque cualquier posibilidad de ligereza termina inmediatamente deformada por la manera de tocar del grupo.

Y entonces llega “Postcard”.

Es el final que necesita este álbum. Lento, oscuro y progresivamente opresivo. La batería hace crecer la tensión mientras guitarra y voz parecen moverse dentro de un espacio cada vez más pequeño. Además, funciona como una especie de puente hacia Sleep No More, el segundo disco de la banda, donde muchas de estas ideas adquirirían una identidad todavía más definida.

Si te gusta el post punk:


Cuando se habla de música británica de 1980, siempre aparecen ciertos discos. Closer de Joy Division, Seventeen Seconds de The Cure, Jeopardy de The Sound, The Correct Use of Soap de Magazine o 154 de Wire forman parte de ese relato.

"Waiting for a Miracle" debería aparecer más a menudo en la conversación.

No porque The Comsat Angels necesiten ser convertidos retrospectivamente en una banda gigantesca, ni porque haya que corregir la historia del rock a golpe de reivindicación. Me interesa precisamente lo contrario.

Me gusta que este disco siga teniendo algo de secreto.

Mientras U2 y Echo and the Bunnymen, bandas nacidas aproximadamente en el mismo periodo, terminaron construyendo carreras mucho más visibles, The Comsat Angels quedaron en una posición lateral. Su éxito comercial fue limitado y "Independence Day", incluso en una versión posterior remezclada, solamente alcanzó el número 71 en Reino Unido.

Ese dato dice muy poco sobre la música.

Porque cuando escucho este álbum no encuentro un borrador de algo que otros desarrollarían mejor. Encuentro a cuatro músicos aprendiendo a utilizar la contención como lenguaje.

Por qué escuchar "Waiting for a Miracle" hoy:


Hay una razón especialmente sencilla por la que recomiendo "Waiting for a Miracle" a lectores jóvenes, todavía no hemos agotado los grandes discos del pasado.

La historia de la música no está compuesta únicamente por los álbumes que terminaron apareciendo en todas las listas. También existen discos que circularon por caminos secundarios y que, cuarenta años después, pueden explicar perfectamente por qué ciertas ideas siguen reapareciendo.

Si has llegado al post punk a través de Interpol o Editors, aquí reconocerás algunas sombras. Si te interesa Joy Division, encontrarás una oscuridad diferente, menos monumental y quizá más nerviosa. Si disfrutas con el minimalismo de Wire, la primera etapa de The Cure o la tensión rítmica de Pere Ubu, probablemente descubrirás puntos de contacto.

Pero mi recomendación es intentar olvidarse de esas comparaciones después de la primera escucha.

Disco recomendado


Pon "Waiting for a Miracle" desde “Missing in Action” hasta “Postcard”, preferiblemente entero y sin saltar canciones. Deja que el bajo ocupe el espacio que normalmente esperas de una guitarra, escucha cómo Mik Glaisher utiliza la batería para aumentar la ansiedad y fíjate en todo lo que Andy Peake decide no tocar.

A veces descubrir un gran álbum antiguo no consiste en comprender inmediatamente por qué fue importante.

Consiste simplemente en encontrarte, décadas después, con una música que todavía consigue que prestes atención.

"Waiting for a Miracle" hace exactamente eso. Y si nunca habías escuchado a The Comsat Angels, este es el lugar donde yo empezaría.

Video del tema "Independence Day":

Tracklist (formato vinilo):

"Missing in Action"
"Baby"
"Independence Day"
"Waiting for a Miracle"
"Total War"
"On the Beach"
"Monkey Pilot"
"Real Story"
"Map of the World"
"Postcard"

The Comsat Angels:

  • Stephen Fellows – voz, guitarra
  • Andy Peake – sintetizador, voz
  • Kevin Bacon – bajo
  • Mik Glaisher – batería

JACK WHITE - Frozen Charlotte: rock, blues y guitarras en 2026

Poner el álbum "Frozen Charlotte" a todo volumen produce una sensación curiosamente física. No hace falta conocer demasiado sobre blues, garage rock ni sobre la genealogía de la guitarra eléctrica para entender lo que está ocurriendo. La batería golpea con una sencillez casi primitiva, el órgano entra y sale como humo dentro de una habitación pequeña y Jack White hace con la guitarra algo que cada vez resulta menos habitual en buena parte del rock actual, utilizarla no como decoración, sino como un personaje.

Ese puede ser precisamente el mejor punto de entrada para alguien que llegue aquí sin conocer demasiado al músico de Detroit. No importa si nunca has escuchado un disco entero de The White Stripes. Tampoco necesitas saber quiénes fueron Son House, Jimmy Page o los primeros The Who. "Frozen Charlotte" funciona primero como experiencia inmediata. Trece canciones, cuarenta y tres minutos y la sensación de estar escuchando a cuatro músicos empujándose mutuamente dentro de una sala.

ALBUM: Frozen Charlotte


Jack White publicó su séptimo álbum en solitario, "Frozen Charlotte", el 10 de julio de 2026. Él mismo produjo el disco y lo grabó en Third Man Studio, en Nashville, acompañado por Dominic Davis al bajo, Patrick Keeler a la batería y Bobby Emmett en teclados y órgano.

JACK WHITE - Frozen Charlotte - 2026

Pero los datos cuentan solamente una parte de la historia.

Lo verdaderamente interesante es cómo llegaron esos cuatro músicos hasta allí.

De la carretera al estudio:


Dos años antes, Jack White había publicado No Name, un disco de garage rock directo, áspero y cargado de riffs que apareció prácticamente sin aviso. Para la gira posterior se incorporó Bobby Emmett, músico procedente de la escena de Detroit y especialista en Hammond, junto a Davis y Keeler.

La banda comenzó entonces a adquirir una identidad propia.

Durante los conciertos de 2024 y 2025, algunas ideas empezaron a aparecer en pruebas de sonido, improvisaciones y momentos espontáneos de los propios directos. "Neighbors Blues", por ejemplo, nació parcialmente sobre el escenario. Lo interesante de este proceso es que "Frozen Charlotte" no parece construido exclusivamente frente a una mesa de estudio. Muchas canciones conservan esa elasticidad de músicos que llevan meses tocando juntos.

Eso explica también la importancia del órgano en el disco.

Jack White y sus compañeros han hablado abiertamente de su afición por Deep Purple, y esa vieja conversación entre guitarra y Hammond aparece constantemente aquí. No es un homenaje arqueológico al rock de los años setenta, sino una manera de recuperar una combinación que durante décadas fue tremendamente poderosa y que hoy casi parece exótica.

Escucha "Derecho Demonico". La guitarra y el órgano no se limitan a acompañarse, se provocan. Uno abre espacio, el otro responde, ambos se pisan durante unos segundos y después vuelven a encontrarse. Hay algo desordenado en el resultado, pero ese desorden forma parte del encanto.

Puerta de entrada al universo musical de Jack White:


Para muchos oyentes jóvenes, Jack White probablemente continúa siendo el hombre detrás del riff del tema "Seven Nation Army". No es una mala presentación, teniendo en cuenta que pocas líneas de bajo, que en realidad nacieron de una guitarra procesada, han acabado convertidas en cánticos colectivos en estadios de medio mundo.

Pero limitar a White a aquella canción sería perderse uno de los recorridos más peculiares del rock estadounidense de las últimas décadas.

Jack White 2026

Con The White Stripes recuperó elementos del blues, del punk y del garage cuando buena parte de la música popular se movía en otra dirección. Después llegaron The Raconteurs, The Dead Weather y una carrera en solitario donde ha probado desde arreglos acústicos hasta electrónica, funk extraño y experimentos casi deliberadamente incómodos.

En "Frozen Charlotte" simplifica la ecuación:


Guitarra, bajo, batería, órgano y canciones. Parece poco. No lo es.

"Dollar Bill" es un buen ejemplo. La guitarra slide atraviesa la canción con ese sonido metálico y algo salvaje que White lleva años utilizando. La dinámica cambia constantemente, hay momentos donde la banda parece contenerse antes de volver a atacar, y Patrick Keeler llena los espacios con una batería expresiva que nunca necesita exhibirse demasiado.

En "I Can’t Believe What I’m Hearing" aparecen ecos del golpe directo de los primeros The Who, mientras que ciertas guitarras pueden recordar por momentos a Queens of the Stone Age. "She’s in a Frenzy", en cambio, se acerca al glam, al primer punk estadounidense y a aquella frontera borrosa donde podían convivir Alice Cooper, KISS y grupos de garaje que sonaban como si hubieran aprendido tres acordes esa misma tarde.

Todo pasa por el filtro de Jack White.

Blues del siglo XXI:


Una de las razones por las que sigo encontrando interesante a Jack White es su relación con el blues.

Muchos artistas tratan el género con demasiado respeto, como si cualquier modificación pudiera romper una pieza histórica. White hace justo lo contrario. Lo ensucia, lo distorsiona, lo acelera y algunas veces lo convierte casi en ruido.

En "Neighbors Blues", la canción que cierra el álbum, esa relación aparece especialmente clara. La progresión es sencilla, pero el grupo la estira hasta convertirla en una jam espesa donde el órgano mantiene un zumbido constante y la guitarra parece buscar grietas dentro del propio ritmo.

Ahí está una buena lección para quien esté descubriendo este tipo de música.

El blues no tiene por qué sonar antiguo. Puede ser incómodo, eléctrico, ruidoso y extraño.

Puede convivir perfectamente con una playlist donde también haya Fontaines D.C., Viagra Boys, Amyl and the Sniffers, Queens of the Stone Age o incluso artistas completamente alejados del rock.

Biblias, paranoia y cultura digital:


Las letras tampoco parecen interesadas en contar pequeñas historias realistas.

Jack White lleva tiempo cultivando una especie de personaje situado en algún punto entre predicador, feriante, narrador sureño y hombre que acaba de descubrir una conspiración en el sótano de su casa.

"G.O.D. and the Broken Ribs" abre Frozen Charlotte entrando directamente en el Jardín del Edén. Hay referencias bíblicas, apocalipsis, Adán y Eva, pecado y supervivencia, pero todo aparece tratado con humor negro y cierta teatralidad.

White canta muchas veces como si estuviera discutiendo con alguien situado justo delante del micrófono.

En "Making Contact" cambia parcialmente de objetivo y mira hacia nuestro presente digital. Aparecen referencias a la transformación del arte en “contenido”, a una cultura obsesionada con producir, publicar, reaccionar y volver a producir. Resulta especialmente interesante escucharlo en 2026, cuando prácticamente cualquier experiencia cultural parece destinada a convertirse inmediatamente en material para otra pantalla.

No estamos ante un tratado sobre internet. Es algo más intuitivo. Una incomodidad.

La sensación de que estamos creando muchísimo y quizá viviendo bastante menos.

En ese sentido, "Frozen Charlotte" conecta perfectamente con su época mientras utiliza herramientas musicales que tienen muchas décadas de historia.

El sonido imperfecto también puede ser parte de la experiencia:


El álbum no busca una superficie especialmente limpia.

Hay guitarras que saturan, voces colocadas muy delante, baterías que algunas veces parecen grabadas desde el fondo de una habitación y mezclas deliberadamente rugosas. Canciones como "There’s Nobody There" o "You’ll Never Fix Me" pueden sorprender si vienes de producciones contemporáneas donde cada elemento ocupa cuidadosamente su espacio.

Aquí algunas cosas chocan.

Y precisamente por eso recomiendo escucharlo con buenos auriculares, pero también alguna vez en altavoces, sin obsesionarse con la perfección técnica.

En "All Alone Again" todo parece abrirse de repente. La batería gana definición, el grupo encuentra espacio y resulta más sencillo distinguir la interacción entre músicos. Ese contraste ayuda a entender que la producción de White no pretende borrar completamente las irregularidades.

Hay momentos que casi conservan la sensación de una grabación de ensayo. Para algunos será una limitación. Para otros, y yo estoy bastante cerca de ese segundo grupo, puede convertirse en una forma de cercanía.


Por que mola "Frozen Charlotte":


Lo que más me interesa de este disco no es que Jack White vaya a revolucionar nuevamente el rock music. Probablemente ni siquiera pretende hacerlo.

Jack White 2026

Me interesa porque demuestra algo mucho más sencillo y quizá más útil.

Una guitarra todavía puede resultar emocionante.

Cuatro músicos tocando juntos todavía pueden generar tensión sin necesidad de llenar cada segundo con capas de sonido. Una tradición musical antigua puede seguir creciendo si alguien decide tratarla como material vivo y no como una reliquia.

Jack White tiene cincuenta años y pertenece a una generación que vio cómo el rock pasaba de ocupar el centro absoluto de la cultura pop a convertirse en uno más entre decenas de lenguajes musicales. Su respuesta no parece ser nostálgica. No está intentando convencer a nadie de que antes todo era mejor.

Simplemente continúa tocando. Y eso resulta bastante liberador.

Disco recomendado


Por eso recomiendo "Frozen Charlotte" especialmente a quien tenga curiosidad pero no sepa exactamente por dónde empezar con Jack White. Escúchalo primero sin investigar demasiado.

Después puedes retroceder hasta "White Blood Cells" o "Elephant" de The White Stripes. Puedes pasar por "No Name", explorar la rareza de "Boarding House Reach" o descubrir el contraste entre "Fear of the Dawn" y "Entering Heaven Alive". Y desde allí probablemente acabarás llegando a Led Zeppelin, Deep Purple, The Stooges, Son House, Howlin’ Wolf, The Who o decenas de grupos nuevos que siguen trabajando con esas mismas herramientas.

Ese es uno de los mejores regalos que puede hacer un álbum. No terminar cuando termina.

Si eres joven, estás acostumbrado a escuchar música saltando entre épocas y estilos y alguna vez te has preguntado por qué tanta gente continúa obsesionada con el sonido de una guitarra eléctrica conectada a un amplificador, este disco de Jack White es un lugar estupendo para averiguarlo. No necesitas nostalgia, conocimientos previos ni una colección de vinilos. Basta con darle volumen a "G.O.D. and the Broken Ribs", dejar que aparezca el órgano, esperar a que White ataque la primera guitarra y seguir el ruido hasta el final. Puede ser un descubrimiento!

Video del tema "Derecho Demonico":

Tracklist:

1. "G.O.D. and the Broken Ribs" 3:43
2. "Derecho Demonico" 3:53
3. "There's Nobody There" 3:56
4. "Raising the Grain" 3:06
5. "You'll Never Fix Me" 3:23
6. "Nobody Knows" 3:04
7. "Dollar Bill" 2:42
8. "I Can't Believe What I'm Hearing" 2:29
9. "Thick as Thieves" 3:01
10. "All Alone Again" 3:29
11. "She's in a Frenzy" 2:23
12. "Making Contact" 2:23
13. "Neighbors Blues" 5:04

Músicos:

  • Jack White – voz, guitarra solista, producción, mezcla
  • Dominic Davis – bajo eléctrico
  • Patrick Keeler – batería (pistas 1–5, 7–13), percusión (5–7, 11, 12)
  • Bobby Emmett – órgano Hammond (1–7, 9, 11–13), coros (3–8, 12, 13), Mellotron (5), teclados (8)
  • Daru Jones – batería (6)
  • Olivia Jean – bajo eléctrico (8)
  • David James Swanson – percusión (11)

ART OF FIGHTING - Wires: un clásico indie australiano

A comienzos de este siglo, mientras buena parte del rock alternativo buscaba canciones capaces de crecer hasta llenar estadios, cuatro músicos australianos siguieron una dirección bastante menos evidente. Art of Fighting decidió reducir el volumen, separar los golpes de batería, dejar respirar las guitarras y comprobar cuánto podía aguantar una canción antes de romperse por completo.

El resultado "Wires", su primer álbum, publicado en Australia en marzo de 2001. Décadas después, sigue siendo un disco curioso incluso dentro de la música independiente de su época. No porque resulte extraño o experimental en un sentido convencional, sino porque se atreve a hacer algo especialmente difícil: confiar en la paciencia.

ART OF FIGHTING - Wires - Album

Aquí casi nunca sobra nada. Una guitarra puede aparecer durante unos segundos y desaparecer. El bajo se mueve discretamente bajo las voces. La batería evita imponerse. Entre una nota y la siguiente hay huecos que otros grupos habrían llenado de inmediato.

Y precisamente ahí vive gran parte de la emoción de "Wires".


ALBUM: Wires


La banda no había empezado haciendo esta clase de música. Sus primeras grabaciones estaban mucho más cerca del indie rock estadounidense de los años noventa. Pavement, Sonic Youth y Sebadoh formaban parte de su educación musical, y aquellas influencias podían escucharse en sus primeras maquetas.

Con el tiempo, "Art of Fighting" comenzó a eliminar ruido de sus canciones. Hacia 1998, el grupo ya experimentaba con estructuras más abiertas y delicadas en los EP The Very Strange Year y Empty Nights. Todavía estaban buscando una identidad, pero la dirección empezaba a estar clara.

ART OF FIGHTING - Banda

Ollie Browne recordaría años después un momento que ayuda a comprender ese cambio. Una mañana escuchó por casualidad en la radio "I Dream a Highway", de Gillian Welch. Llegó cuando la canción ya había comenzado y quedó atrapado por su lentitud y su paciencia. No era exactamente la música que hacía Art of Fighting, pero sí contenía algo que el grupo quería perseguir: la posibilidad de tocar despacio y en voz baja sin renunciar a la intensidad.

Convertir esa idea en un álbum completo sería bastante más complicado.

Un apartamento, una guitarra barata y un invierno en Melbourne:


Buena parte de "Wires" tomó forma durante el invierno de 2000 en el suburbio de Carlton North, Melbourne. Ollie Browne y Peggy Frew vivían en un pequeño apartamento situado encima de una tienda. Muchas canciones comenzaron allí durante largas noches, con una guitarra acústica Yamaha de unos 200 dólares y la luz de las farolas entrando desde la calle.

El escenario encaja sorprendentemente bien con el sonido posterior del álbum. Hay algo nocturno en estas canciones, pero no una oscuridad teatral. Se parecen más a esas horas en las que una ciudad está prácticamente dormida y cualquier sonido parece adquirir una importancia desproporcionada.

Browne llevaba estructuras de acordes, melodías y letras todavía incompletas, pero "Art of Fighting" trabajaba colectivamente sobre ellas. Peggy Frew construía líneas de bajo melódicas, Miles Browne añadía guitarras finas y teclados, mientras Marty Brown encontraba la manera de mantener aquellas canciones extremadamente lentas en movimiento. También fue responsable del Fender Rhodes que aparece en el disco.

El grupo desmontaba y reconstruía cada composición una y otra vez. Esa atención obsesiva explica por qué Wires puede parecer espontáneo y frágil cuando, en realidad, detrás existe una preparación minuciosa.

Una canción lenta puede ser más difícil:


"Art of Fighting" llegó a las sesiones del álbum con una ventaja poco habitual: prácticamente ya había grabado Wires entero como maqueta. Temas como "Moonlight", "Just Say I’m Right" o "Find You Lost" llevaban tiempo formando parte de sus conciertos, mientras "Skeletons" o "Something New" eran todavía mucho más recientes.

El productor elegido fue Tim Whitten, cuyo trabajo con la banda australiana Crow había impresionado profundamente al grupo. Para unos músicos que admiraban el álbum Li-Lo-Ing, poder trabajar con Whitten en Megaphon Studios era casi una aspiración improbable.

Las sesiones tuvieron lugar a finales de 2000. La prioridad no consistía en conseguir un sonido espectacular, sino en preservar la interacción entre los cuatro músicos.

En canciones tan lentas, entrar ligeramente fuera de tiempo podía desmontarlo todo. Marty comenzaba algunas grabaciones siguiendo una claqueta para establecer el pulso. Después, Whitten la retiraba y permitía que los músicos terminaran la canción escuchándose entre ellos.

Ese pequeño detalle se percibe en el resultado. "Wires" tiene precisión, aunque nunca parece mecánico.

"Skeletons" abre una puerta que después ya no se cierra:


Los primeros minutos de "Skeletons" contienen buena parte del lenguaje del álbum. La voz de Ollie Browne aparece contenida, casi vulnerable, mientras las guitarras construyen un paisaje que nunca termina de asentarse.

Se han señalado conexiones con Mazzy Star o Built to Spill, y tienen sentido. También resulta inevitable pensar en el slowcore de Low cuando aparece "Moonlight", o incluso en Songs: Ohia durante algunos de los momentos más desnudos del disco. Art of Fighting, sin embargo, no suena como una combinación calculada de esas referencias.

Su personalidad procede de la tensión:


"Akula" quizá sea el ejemplo más evidente. Las escobillas de la batería y los largos espacios entre notas hacen que escucharla se parezca a esperar algo que no sabemos si llegará. Miles Browne describió esa forma de tocar como una relación entre tensión y liberación. El grupo tenía que mantenerse unido precisamente durante los momentos en los que aparentemente estaba ocurriendo menos.

Ese principio convierte el silencio en un instrumento más.

Pop de canciones frágiles:


Una escucha superficial podría hacer pensar que "Wires" mantiene la misma velocidad emocional durante todo el recorrido. Al detenerse en las canciones aparece una realidad bastante diferente.

"Give Me Tonight", por ejemplo, revela cuánto le interesaba a Ollie Browne la estructura de la canción pop. Durante aquella etapa quería probar formas algo más compactas, con versos, estribillos y puentes reconocibles, pero sin abandonar la delicadeza que Art of Fighting había descubierto.

"Find You Lost" es, para mí, donde esa combinación alcanza uno de sus mejores momentos. La canción incluye voces invitadas de Marcus Barczak y avanza sin necesidad de buscar un gran estallido final. Todo parece suspendido durante unos minutos. Es melancólica sin resultar sentimental y hermosa sin esforzarse por demostrarlo.

Peggy Frew toma la voz principal en "I Don’t Keep a Record", aportando un cambio de perspectiva que evita que el álbum dependa exclusivamente del registro de Browne.

Más adelante, "Just Say I’m Right" deja entrar algo más de volumen y distorsión. No rompe con la lógica del disco, pero demuestra que la contención funciona mejor cuando existe la posibilidad de abandonarla.

La tristeza nunca termina de convertirse en desesperación. Durante la creación del álbum, el propio Ollie Browne llegó a preocuparse por la cantidad de melancolía acumulada en las canciones. Quiso escribir algo que ofreciera un poco más de luz.

De esa intención nació "Reasons Are All I Have Left":


La referencia fue Everybody’s Talking, de Harry Nilsson. Browne admiraba su capacidad para transmitir tristeza y, al mismo tiempo, producir una extraña sensación de apertura. Buscaba algo parecido.

La canción cumple precisamente esa función dentro de "Wires". No elimina la melancolía anterior, pero cambia su significado. Después de escuchar el álbum completo, la sensación que queda no es tanto de derrota como de una belleza que necesita convivir con cierta tristeza para existir.

Las letras y los arreglos parecen compartir esa misma inseguridad. Relaciones que podrían romperse, personas intentando acercarse, pensamientos difíciles de ordenar. Nada termina de resolverse por completo.

Por qué se llamó "Wires":


El título apareció durante una noche en un pub de Kings Cross mientras la banda esperaba que Tim Whitten terminara una mezcla. Durante algún tiempo habían manejado otros nombres, entre ellos Murder In The Dark, pero ninguno terminaba de representar el disco.

La palabra Wires procedía de una frase que había circulado entre ellos: “You want to put wires in my brain”.

Funcionaba en varios niveles. Estaban las cuerdas de las guitarras, el Fender Rhodes, las escobillas de batería y todo el sistema físico de cables que permite grabar música. Pero también aparecía una lectura emocional, los hilos invisibles que conectan unas personas con otras.

Para un álbum tan preocupado por la fragilidad de esas conexiones, difícilmente podían haber encontrado un nombre más adecuado.

Un premio que la banda no esperaba ganar:


"Wires" fue publicado por Trifekta Records en 200
1 y ese mismo año recibió el premio ARIA a mejor lanzamiento alternativo.

La victoria resultaba especialmente improbable para sus autores. Compartían nominación con grupos como You Am I, Something for Kate, Big Heavy Stuff y Magic Dirt, bandas que ellos mismos habían admirado años antes.

De hecho, "Art of Fighting" ni siquiera acudió a la ceremonia. Tenía programada una gira europea de seis semanas y decidió continuar con ella.

La noticia llegó mientras estaban en Krefeld, Alemania. En mitad de la carga del equipo después de un concierto, una llamada telefónica les comunicó que habían ganado. Guitarras y amplificadores terminaron momentáneamente abandonados mientras los cuatro intentaban asimilarlo.

El reconocimiento del disco no terminó ahí. En 2021, Rolling Stone Australia situó "Wires" en el puesto 159 de su selección de los mejores álbumes australianos.

Escuchar en una época que apenas deja espacio al silencio:


Quizá la razón por la que este álbum de Art of Fighting me sigue resultando tan atractivo tenga poco que ver con la nostalgia.

Su manera de utilizar el tiempo incluso parece más radical ahora.

Vivimos rodeados de canciones que intentan mostrar rápidamente cuál es su mejor parte. "Wires" hace exactamente lo contrario. No corre hacia ningún estribillo, no fuerza grandes momentos emocionales y rara vez intenta conquistar al oyente de inmediato. Necesita espacio.

Y cuando se lo das aparecen todos esos pequeños movimientos que al principio podían pasar inadvertidos: una línea de bajo que cambia la dirección de la canción, unas escobillas entrando suavemente, una guitarra que deja una nota suspendida o una voz que parece dudar antes de continuar.

Disco recomendado


Para alguien joven que nunca haya escuchado a "Art of Fighting", comenzaría por "Skeletons" y "Find You Lost", pero no me quedaría ahí. "Wires" funciona mejor cuando se escucha entero y sin demasiadas interrupciones. Hay discos que impresionan por todo lo que contienen. Este consigue algo bastante más raro: emocionar por todo aquello que sabe que no necesita añadir. Creo que te va gustar.

Video del tema "Reasons Are All I Have Left":

Tracklist:

1. Skeletons 04:04
2. Give Me Tonight 04:38
3. Akula 05:18
4. Moonlight 04:45
5. I Don't Keep A Record 05:49
6. In No Good Way 04:35
7. Find You Lost 07:17
8. Reasons Are All I Have Left 04:30
9. Just Say I'm Right 06:09
10. Wires 01:27
11. Something New 07:04 

THE CRAMPS - Songs the Lord Taught Us: el rock más salvaje

Cada vez que escucho a "Songs the Lord Taught Us" acabo fijándome en algo distinto, pero hay una impresión que nunca cambia: The Cramps consiguieron que una música construida con materiales del pasado sonara como si acabara de escaparse de algún sitio en el que no debía estar. 

Lo que me atrae no es solamente ese cruce entre rockabilly, garage, punk y películas de terror, sino la manera en que Lux Interior y Poison Ivy convierten sus obsesiones en un lenguaje propio. Aquí, una guitarra demasiado distorsionada, un golpe de batería seco o un aullido de Lux tienen más personalidad que muchas producciones técnicamente impecables. Hoy también sirve para recordar algo que a veces se pierde cuando hablamos de historia del rock: innovar no siempre significa inventar desde cero. A veces consiste en conocer muy bien aquello que amas, rescatarlo de donde otros lo dejaron y devolverlo al mundo deformado, amplificado y convertido en algo que ya solo puede pertenecerte. Eso es, para mí, lo que ocurre en "Songs the Lord Taught Us" y quiero recomendarlo a los lectores de este blog de música.


ALBUM: Songs the Lord Taught Us


La portada ya parece una advertencia. Poison Ivy mira desde la oscuridad con frialdad, Lux Interior parece recién escapado de un laboratorio, Nick Knox espera detrás y Bryan Gregory completa la escena con un aspecto espectral. Antes de que suene una nota, "Songs the Lord Taught Us" deja claro que The Cramps no han venido a ordenar la historia del rock, sino a revolver sus sótanos.

THE CRAMPS - Songs the Lord Taught Us

Publicado en 1980, este debut sigue siendo una puerta de entrada magnífica a su mundo. Hay rockabilly, garage rock, blues, surf, punk, películas de terror, erotismo barato y cultura basura, pero nada suena a collage calculado. Cuando lo escucho, pienso en alguien desenterrando esa música, conectándola a la corriente y soltándola de madrugada por Nueva York.

Cómo nació Songs the Lord Taught Us:


Lux Interior y Poison Ivy compartían una obsesión por el primer rock and roll, el rhythm and blues, el doo wop y los singles de rockabilly demasiado raros o rudimentarios para entrar en la versión respetable de la historia musical estadounidense.

Al instalarse en Nueva York a mediados de los setenta, atraídos por la escena alrededor de la mítica sala CBGB, aquellas referencias comenzaron a convertirse en una banda. Bryan Gregory entró como segundo guitarrista y una confusión terminó definiendo parte de su identidad. En lugar de comprar un bajo, compró una guitarra. Así nació el ataque de dos guitarras y ausencia de bajo que marcó el sonido inicial de The Cramps.

Antes del álbum apareció Gravest Hits, producido por Alex Chilton, antiguo miembro de Big Star. Para "Songs the Lord Taught Us" volvieron a Memphis y grabaron en el legendario Sun Studio.

Las sesiones fueron complicadas. El personal del estudio no entendía bien aquella distorsión deliberada, las mezclas se alargaron y Poison Ivy consideró que el resultado final había quedado demasiado turbio. Sin embargo, esa misma turbiedad terminó favoreciendo al disco. Aquí la imperfección no tapa la música, la define.

Sin bajo que parece tenerlo todo:


Lo que más me fascina todavía es su sensación física. Falta el bajo, pero no parece faltar peso. Nick Knox ocupa ese espacio con el bombo y los toms, construyendo una base seca y repetitiva. Sobre ella, las guitarras crean dos personalidades distintas.

THE CRAMPS - Banda - 1980

Poison Ivy toca con el filo del rockabilly y del surf, con ecos de Link Wray y Duane Eddy. Su guitarra puede sonar limpia y cortante. Bryan Gregory aporta zumbidos, fuzz y distorsión, convirtiendo muchas canciones en pequeños accidentes eléctricos. Chilton deja que todo respire dentro de una producción cargada de eco.

"TV Set" presenta la fórmula de inmediato. Lux canta una fantasía doméstica grotesca, con ojos convertidos en mandos de televisión, mientras la guitarra lanza un solo áspero. "Garbageman" avanza con un riff sucio y obsesivo, tan elemental que termina funcionando como manifiesto.

"I Was a Teenage Werewolf" lleva el juego hacia otro lugar. El título procede del imaginario juvenil de terror de los cincuenta, pero debajo del disfraz aparece algo reconocible. Colmillos, ortodoncia, dolor y transformación convierten al hombre lobo en una caricatura feroz de la pubertad.

En "Zombie Dance", Knox sostiene la canción con los toms mientras las guitarras cortan alrededor de Lux. La idea parece absurda, zombis intentando bailar, pero termina señalando a quienes atraviesan la vida como si ya estuvieran muertos. Ese detalle resume bien a The Cramps, sus monstruos suelen parecer más vivos que la gente normal.

Versiones que no suenan versiones:


El álbum también recupera canciones anteriores, entre ellas "Tear It Up", "Strychnine", "Rock on the Moon", "Sunglasses After Dark" y "Fever". Pero escucharlas aquí no se parece a visitar un museo.

The Cramps utilizan esas piezas como materia prima. "Tear It Up", asociada al rockabilly de Johnny Burnette, se convierte en un ataque rápido, ruidoso y casi psicodélico. "Sunglasses After Dark" entra en un territorio alucinado, con ruido sostenido y guitarras que parecen abrirse paso a arañazos. "Strychnine" conserva el veneno garage de The Sonics, pero lo introduce en el teatro macabro del grupo.

Por eso me interesa más hablar de transmisión que de nostalgia. Lux e Ivy miraban hacia atrás para recuperar un pasado que la cultura dominante había limpiado demasiado. Rescataban la vulgaridad, el sexo, la amenaza y el humor que acompañaron al primer rock and roll.

Horror, deseo y cultura basura:


Lux Interior canta como si Elvis Presley, un predicador de feria y una criatura de laboratorio compartieran garganta. Gime, tartamudea, aúlla y convierte cada frase en una pequeña representación. Es teatro, pero interpretado con una convicción que elimina cualquier distancia irónica.

Las letras trabajan con hombres lobo, zombis, asesinatos, máscaras, basura, sexo y amenazas porque ese vocabulario permite hablar de deseo, adolescencia, desviación y libertad sin convertir las canciones en discursos. Su cultura procede de películas baratas, discos olvidados y cómics sospechosos.

Por eso entiendo "Songs the Lord Taught Us" casi como una forma alternativa de folclore estadounidense. The Cramps recogieron restos culturales y demostraron que también podían contener memoria, identidad y belleza.

Por qué "Songs the Lord Taught Us" mola:


El álbum ayudó a fijar buena parte del vocabulario que más tarde se asociaría al psychobilly, aunque The Cramps nunca necesitaron esa etiqueta para explicar lo que hacían. Su mezcla de blues primitivo, rockabilly, garage, surf y punk dejó una huella que puede rastrearse en bandas posteriores. También anticipó una idea que proyectos como The White Stripes o The Raveonettes explorarían a su manera, reducir elementos puede aumentar la personalidad de una canción.

Pero su legado no se limita a la influencia. "Songs the Lord Taught Us" continúa funcionando porque parece nacido de una obsesión real. Lux Interior y Poison Ivy no utilizaron la cultura basura como decoración. Creían en ella. Aquellos discos, monstruos y películas formaban una tradición tan válida como cualquier otra.

Esa convicción mantiene vivo el álbum. Es divertido sin convertirse en broma, sexual sin buscar elegancia, oscuro sin ponerse solemne y rudimentario sin resultar pobre. Incluso sus defectos, la mezcla turbia, el exceso de eco, las guitarras cerca del caos, forman parte de su personalidad.

Disco recomendado


Si eres un joven y todavía no conoces a The Cramps, empezaría aquí. No necesitas dominar la genealogía del rockabilly ni haber visto las películas que alimentaron su imaginario. Basta con subir el volumen y aceptar sus reglas. "Songs the Lord Taught Us" recuerda que la historia del rock no siempre avanza hacia delante. A veces encuentra una puerta lateral, vuelve al pasado, roba unas cuantas piezas y construye con ellas algo que nadie había imaginado todavía.

Video del tema "I Was a Teenage Werewolf":

Tracklist:

Cara A: 

1. "TV Set" 3:12
2. "Rock on the Moon"  1:53
3. "Garbageman" 3:37
4. "I Was a Teenage Werewolf" 3:03
5. "Sunglasses After Dark" 3:47
6. "The Mad Daddy" 3:48

Cara B:

7. "Mystery Plane" 2:43
8. "Zombie Dance" 1:55
9. "What's Behind the Mask" 2:05
10. "Strychnine" 2:24
11. "I'm Cramped" 2:37
12. "Tear It Up" 2:32
13. "Fever" 4:17

The Cramps:

  • Lux Interior – voz
  • Poison Ivy Rorschach – guitarra
  • Bryan Gregory – guitarra
  • Nick Knox – batería

Músico adicional:

Booker C (Alex Chilton) – órgano en "Fever"

Técnico:

Alex Chilton – productor

VAN MORRISON - Astral Weeks: historia de un disco único

Un contrabajo entra y parece no querer marcar el camino. Más bien lo tantea. La guitarra acústica apenas sostiene el suelo, una flauta aparece como si alguien hubiera abierto una ventana y, por encima de todo, Van Morrison empieza a cantar sin preocuparse demasiado por dónde termina una frase y comienza la siguiente. Así arranca "Astral Weeks", y en menos de un minuto queda claro que esto no tiene mucho que ver con el hombre que un año antes había llegado al Top 10 de las lista estadounidense con “Brown Eyed Girl”.

Quizá esa sea la primera advertencia que conviene hacer a quien se acerque al disco por primera vez. "Astral Weeks" no es exactamente un álbum de rock, tampoco es folk, aunque tenga guitarra acústica, ni jazz, aunque algunos de los músicos que lo sostienen procedan directamente de ese mundo. Es una de esas raras ocasiones en las que las etiquetas sirven para describir los ingredientes, pero no el plato.

ALBUM: Astral Weeks


Es el segundo álbum de estudio de Van Morrison, grabado en Nueva York durante septiembre y octubre de 1968 y publicado por en noviembre de aquel año. Folk celta, blues, soul, jazz y arreglos de cámara acabaron conviviendo en unas canciones que se alejaban radicalmente del pop más inmediato de su etapa anterior.

VAN MORRISON - Astral Weeks: historia de un disco único

Más de medio siglo después, sigue resultando extraño. Y esa extrañeza es precisamente una de las razones por las que merece la pena escucharlo y lo recomiendo a los lectores de este blog de música.

Van Morrison antes de Astral Weeks:


El disco nació en un momento particularmente enrevesado de la vida de Van Morrison. Tras la muerte de Bert Berns, fundador de Bang Records, a finales de 1967, el cantante quedó atrapado en una complicada disputa contractual. Durante un tiempo tuvo dificultades tanto para grabar como para conseguir actuaciones en Nueva York. Acabó trasladándose a Cambridge, Massachusetts, donde empezó a presentarse en pequeños locales con una formación cada vez más acústica. Ese detalle es importante porque buena parte del lenguaje de "Astral Weeks" empezó a aparecer ahí, lejos de los arreglos diseñados para la radio.

Morrison comenzó a tocar con el contrabajista Tom Kielbania y posteriormente con el flautista John Payne. Las canciones ganaron espacio, perdieron rigidez y dejaron sitio para que la voz improvisara. El cantante, que había trabajado fundamentalmente con músicos eléctricos, descubrió en aquella pequeña formación acústica una libertad distinta.

VAN MORRISON 1968

Cuando el productor Lewis Merenstein fue a escucharlo, esperaba encontrarse de alguna manera con el autor de “Brown Eyed Girl”. Encontró otra cosa. Según recordaría después, escuchar a Morrison interpretar “Astral Weeks” le produjo una reacción emocional inmediata. La discográfica Warner Bros. terminó facilitando la salida de su complicada situación contractual y abrió la puerta a un álbum que difícilmente podía imaginarse como una colección de potenciales singles.

Y ahí empieza la verdadera aventura.

Músicos de jazz entrando en canciones que apenas conocían:


Una de las maravillas del disco es que su sonido parece tremendamente pensado cuando, en realidad, buena parte de su fuerza procede de la intuición.

Merenstein reunió a músicos con una enorme formación jazzística. Richard Davis al contrabajo, Connie Kay, del Modern Jazz Quartet, a la batería, Jay Berliner a la guitarra, Warren Smith en vibráfono y percusión y John Payne al saxo soprano y la flauta. Morrison tocaba la guitarra acústica y cantaba. No estamos hablando de una banda que hubiera pasado meses ensayando las canciones.

Los músicos tuvieron que encontrar su lugar alrededor de Van Morrison. El LP se grabó esencialmente en tres jornadas y cuatro de sus canciones quedaron terminadas durante la primera sesión. Aquellos instrumentistas, muchos de ellos prácticamente desconocidos entre sí, fueron construyendo un idioma común mientras tocaban.

Se escucha especialmente en Richard Davis:


Su contrabajo no se limita a acompañar. Se mueve alrededor de la voz, la empuja, desaparece, vuelve a entrar, abre espacios. En ocasiones parece estar manteniendo una conversación privada con Morrison mientras el resto de los instrumentos observa.

Connie Kay hace algo parecido desde la batería. Nunca necesita convertir las canciones en piezas de jazz. Su trabajo consiste más bien en impedir que se caigan mientras todos los demás parecen flotar.

Y luego están las cuerdas, el vibráfono, la flauta. No aparecen para embellecer las composiciones de una forma convencional. Crean profundidad, como diferentes capas de niebla.

Por eso "Astral Weeks" puede sonar íntimo y enorme al mismo tiempo.


“Astral Weeks”, entrar en el sueño:


La canción que da título al álbum ya contiene prácticamente todo su universo. No funciona según la lógica habitual de estrofa, estribillo y resolución. Morrison repite palabras, estira sílabas, vuelve sobre una idea y parece descubrir la dirección de la canción mientras la canta.

La sensación es la de estar escuchando un pensamiento antes de que haya terminado de convertirse en pensamiento. Aquí aparece uno de los asuntos centrales del álbum, el deseo de regresar, de atravesar la memoria y encontrar algo al otro lado. Belfast, la infancia, calles, personas, amantes, habitaciones y lugares parecen surgir continuamente, pero nunca como recuerdos perfectamente enfocados.

Son fragmentos:


Van Morrison no cuenta su pasado como quien abre un álbum de fotografías. Lo reconstruye como hacemos casi todos realmente, mezclando lo que ocurrió con aquello que creemos recordar.

Por eso las letras pueden resultar desconcertantes si intentamos interpretarlas de manera estrictamente narrativa. Su lenguaje ha sido descrito como impresionista, hipnótico y modernista, y el álbum entero llegó a entenderse como una especie de ciclo de canciones.

Yo prefiero escucharlo sin intentar resolverlo demasiado.


“Sweet Thing”, por un momento entra la luz:


Después de la intensidad de la canción inicial, “Beside You” profundiza todavía más en esa atmósfera suspendida. Pero cuando llega “Sweet Thing”, algo cambia. Es probablemente uno de los momentos más luminosos del disco.

Aquí el deseo no está enterrado bajo tantas sombras. Van Morrison parece caminar hacia algo. La música avanza con una ligereza que casi permite imaginar hierba húmeda, árboles, caminos después de la lluvia.

La naturaleza aparece constantemente en "Astral Weeks", pero no como decoración. Forma parte de la emoción.

Eso también explica por qué el disco tiene una relación tan particular con las estaciones. Siempre me ha parecido música de otoño o invierno, aunque no necesariamente música triste. Tiene ese tipo de melancolía que puede resultar extrañamente reconfortante.

Un día gris, una habitación silenciosa, una taza de té y este disco siguen formando una combinación bastante difícil de mejorar.

No porque necesitemos construir un ritual alrededor de la música, sino porque "Astral Weeks" exige cierta disponibilidad. Ponerlo mientras contestamos correos, miramos el teléfono y hacemos otras cuatro cosas al mismo tiempo significa perder una parte considerable de lo que ofrece.

“Cyprus Avenue” y la geografía de la memoria:


“Cyprus Avenue” es uno de los lugares fundamentales del álbum. La avenida existe en Belfast, pero dentro del disco deja de ser simplemente una calle. Se convierte en territorio mental.

Aquí Morrison consigue algo que también hicieron algunos de los grandes escritores y compositores del siglo XX, convertir una dirección concreta en un lugar en el que puede reconocerse gente que nunca ha estado allí.

Bob Dylan hizo algo parecido con determinados paisajes de sus canciones. El escritor Jack Kerouac convirtió carreteras, estaciones y ciudades en estados emocionales. Van Morrison utiliza Belfast de una manera similar.

No resulta extraño que “Madame George”, probablemente la pieza central del álbum, haya sido relacionada precisamente con la escritura de Kerouac. La canción avanza como un largo flujo de conciencia, lleno de personajes, movimientos y escenas que aparecen sin necesidad de explicarse completamente. Y ahí esta parte de su grandeza.

“Madame George” no necesita que resolvamos quién es exactamente Madame George para funcionar. Lo esencial es la despedida. La sensación de estar abandonando algo que posiblemente no volveremos a encontrar. Todos conocemos de una forma u otra esa experiencia.

La canción que rompe el hechizo:


En medio de toda esta música nebulosa aparece “The Way Young Lovers Do”. Más rápida, más claramente jazzística, con metales y un pulso mucho más evidente, casi parece haberse colado desde otro disco.

Curiosamente, esa diferencia ha provocado opiniones completamente opuestas. Para algunos críticos es la pieza que menos encaja dentro de "Astral Weeks". Para otros es precisamente la canción que permanece más fácilmente en la memoria. Las fuentes que rodean al disco recogen ambas lecturas.

A mí me gusta que esté ahí.

Después de tanta suspensión, necesitamos que alguien abra la puerta y deje entrar algo de ruido. El álbum respira mejor gracias a esa ruptura.

Escuchar a Van Morrison sin tener que gustarte a Van Morrison:

Hay además algo que inevitablemente condiciona mi relación con este disco. Durante años tuve contacto profesional con Van Morrison en mi etapa trabajando en EMI. Digamos que no es necesario convertir este artículo en un catálogo de anécdotas. Basta señalar que podía ser un hombre difícil, maleducado y, en algunos momentos, francamente desagradable.

Nunca he sentido la necesidad de embellecer ese recuerdo. Pero tampoco creo que escuchar música consista en presentarnos a unas elecciones morales donde solamente podamos aceptar discos creados por personas que nos caerían bien durante una cena.

La persona y la obra pueden entrar en conflicto. Aquí entran en conflicto. Y cada vez que escucho a "Astral Weeks", el disco gana.

Quizá porque esta música muestra una vulnerabilidad que no siempre resultaba fácil detectar en el hombre. Quizá porque una obra puede expresar cosas que su propio creador no sabe, no puede o no quiere expresar de otra manera.

Van Morrison, de hecho, nunca pareció compartir completamente la veneración que buena parte de la crítica desarrolló hacia el álbum. Su reputación fue creciendo con los años hasta instalarlo en innumerables selecciones de los mejores discos de la historia, mientras su propio autor mantuvo una relación mucho más distante con esa consideración de obra maestra.

Eso, de alguna manera, hace que el disco me resulte todavía más interesante.

De Nick Drake a Joni Mitchell, la estela de Astral Weeks:

Escuchado hoy, resulta fácil encontrar ecos posteriores.

Hay algo de su intimidad acústica que conduce hacia "Nick Drake", aunque Drake trabajaría desde una precisión mucho más delicada. La manera de convertir la confesión en paisaje emocional puede llevarnos años después hacia "Joni Mitchell y Blue". Incluso una artista como "Cat Power", en un álbum como "Moon Pix", comparte algo de esa capacidad de convertir el silencio alrededor de una canción en parte de la propia canción.

Pero ninguna comparación termina de funcionar completamente. Ese es quizá el mayor triunfo de "Astral Weeks". Sigue pareciendo una anomalía incluso dentro de la discografía de Van Morrison. "Moondance", publicado después, sería un álbum más inmediatamente reconocible, con canciones extraordinarias y estructuras mucho más próximas al soul, el rhythm and blues y el pop.

Mola mucho "Moondance". Pero "Astral Weeks" juega a otra cosa. No intenta conquistar al oyente. Espera que el oyente entre.

Por qué Astral Weeks es para recomendar:


No recomendaría este disco diciendo que es fácil.

Tampoco aseguraría que quien lo escuche por primera vez vaya a entender inmediatamente por qué tantas personas llevan décadas considerándolo una obra extraordinaria.

Puede incluso aburrir. Y no pasa nada.

Algunas músicas necesitan que lleguemos hasta ellas en determinado momento de nuestra vida. "Astral Weeks" pertenece a esa categoría. Su duración, sus repeticiones, la ausencia de estribillos evidentes y esa forma de dejar las canciones abiertas pueden chocar especialmente en una época acostumbrada a decidir en pocos segundos si merece la pena continuar escuchando algo.

Precisamente por eso se lo recomendaría a un oyente joven.

Ponlo entero. No hagas una lista de reproducción con dos canciones. No busques primero cuál es la más famosa. No lo escuches pensando que estás cumpliendo una obligación porque alguien lo colocó entre los grandes discos de la historia. Busca cuarenta y tantos minutos en los que no tengas que hacer demasiado.

Empieza por “Astral Weeks” y deja que Richard Davis te enseñe por dónde entrar. Si al terminar “Slim Slow Slider” tienes la sensación de no haber entendido completamente qué acaba de ocurrir, perfecto. Yo llevo escuchándolo muchos años y todavía hay momentos en los que me ocurre lo mismo.


Disco recomendado


Quizá esa sea finalmente su mejor cualidad. "Astral Weeks" no se termina de aprender. Cambia con la edad, con el clima, con lo que hemos perdido y con aquello que todavía esperamos encontrar. En 1968 Van Morrison convirtió memoria, deseo, jazz, folk y una extraordinaria libertad musical en algo que apenas se parecía a un disco de rock.

Hoy sigue sin parecerse demasiado a nada. Y pocas recomendaciones musicales mejores puedo hacer que esa.

Video del tema " Madame George":


Tracklist (formato LP original):

Part One: In The Beginning

"Astral Weeks" – 7:06
"Beside You" – 5:16
"Sweet Thing" – 4:25
"Cyprus Avenue" – 7:00

Part Two: Afterwards

"The Way Young Lovers Do" – 3:18
"Madame George" – 9:45
"Ballerina" – 7:03
"Slim Slow Slider" – 3:17

Músicos:

  • Van Morrison – voz, guitarra acústica
  • Jay Berliner – guitarras clásica y acústica de cuerdas de acero
  • Richard Davis – contrabajo
  • John Payne – flauta; saxofón soprano en "Slim Slow Slider"
  • Warren Smith Jr. – percusión, vibráfono
  • Connie Kay – batería
  • Larry Fallon – arreglos de cuerda y director; clavecín en "Cyprus Avenue"
  • Barry Kornfeld – guitarra acústica en "The Way Young Lovers Do"

Producción:

  • Lewis Merenstein – productor
  • Brooks Arthur – ingeniero de sonido

R.E.M. - Reckoning: disco que definió su sonido

En la portada de "Reckoning" no aparece ninguna promesa grandilocuente. Un dibujo extraño de Howard Finster, líneas que parecen raíces, serpientes, corrientes de agua o caminos trazados de memoria, envuelve el segundo álbum de la banda americana R.E.M. con la misma ambigüedad que Michael Stipe aplicaba a sus canciones. Nada termina de explicarse, pero todo invita a entrar. Una recomendación para los lectores de este blog de música.

ALBUM: Reckoning


Publicado el 9 de abril de 1984, "Reckoning" de R.E.M. dura menos de cuarenta minutos y reúne diez canciones. Es un disco directo, nervioso y luminoso, aunque bajo esa superficie circulan la pérdida, la incomunicación y una sensación persistente de desplazamiento. Si "Murmur", su debut de 1983, parecía surgir de una habitación cerrada y cubierta de niebla, "Reckoning" abre las ventanas. De repente se distinguen mejor las guitarras, el bajo avanza con mayor libertad y la batería empuja las canciones hacia delante. El misterio no desaparece, simplemente comienza a moverse.

REM - Reckoning - album - 1984

Cuando lo escucho, tengo la impresión de estar ante un grupo que todavía no conoce del todo el alcance de sus posibilidades, pero ya sabe perfectamente lo que no quiere ser. R.E.M. no buscaba parecerse a las grandes bandas de rock de su tiempo, tampoco aspiraba a competir con el pop más brillante de las listas. Su ambición era otra, convertir cuatro instrumentos, varias voces y unas letras deliberadamente escurridizas en un idioma propio.

Cómo nace "Reckoning":


El éxito crítico de "Murmur" colocó a R.E.M. en una posición tan estimulante como incómoda. El grupo había pasado de ser una pequeña banda de Athens, Georgia, a convertirse en una de las grandes esperanzas del rock alternativo estadounidense. La respuesta de Peter Buck, Michael Stipe, Mike Mills y Bill Berry fue continuar trabajando con una velocidad casi temeraria.

R.E.M Banda 1984

Las canciones aparecían con facilidad. Peter Buck llegó a recordar una etapa en la que componían dos buenos temas por semana, muchas veces reunidos en el salón de la casa de Mike Mills, en Barber Street. Había tanto material que el guitarrista propuso grabar un álbum doble. La idea no prosperó, pero revela el estado creativo del grupo, R.E.M. no estaba intentando fabricar una continuación calculada de "Murmur", sencillamente tenía demasiada música acumulada como para detenerse.

En noviembre de 1983, la banda registró veintidós canciones durante unas sesiones en San Francisco con Elliot Mazer, conocido por su trabajo con Neil Young. Finalmente decidió regresar con Mitch Easter y Don Dixon, los productores de su primer álbum. Las grabaciones definitivas comenzaron el 8 de diciembre en Reflection Sound Studios, en Charlotte, Carolina del Norte, y se desarrollaron entre diciembre de 1983 y enero de 1984.

La duración real de aquellas sesiones ha alimentado cierta confusión. La carpeta del disco aseguraba que se había grabado en 14 días, Buck llegó a hablar de 11, mientras que Dixon y Easter recordaban un proceso algo más largo. Lo importante no es resolver la aritmética, sino comprender el impulso que había detrás. La banda quería trabajar deprisa para conservar la energía de sus conciertos y evitar que la compañía discográfica interviniera demasiado.

I.R.S. Records deseaba un álbum más comercial. Dixon y Easter actuaron como barrera entre el sello discográfico y el grupo, permitiendo que R.E.M. grabara sin convertir cada canción en una negociación. Aquella protección fue decisiva. "Reckoning" puede ser más accesible que "Murmur", pero no suena domesticado. Su claridad procede de la confianza de los músicos, no de una estrategia empresarial.

Tocando dentro de la habitación:


El propósito de los productores era trasladar al estudio la vitalidad de R.E.M. en directo. Para conseguirlo redujeron parte de las capas utilizadas en "Murmur" y dieron mayor presencia a la guitarra eléctrica de Peter Buck. Sus acordes repican, se abren y vuelven sobre sí mismos, con ecos de The Byrds, Television y el rock de garaje, pero sin convertirse en una imitación nostálgica.

La guitarra de Buck suele recibir buena parte de la atención cuando se habla de jangle pop, aunque el corazón móvil de "Reckoning" está en la relación entre Bill Berry y Mike Mills. Berry toca con una energía precisa, especialmente en "Harborcoat" y "Second Guessing", donde su batería parece empujar al resto del grupo para que no pierda el equilibrio. Mills, mientras tanto, evita limitarse a seguir el ritmo. Sus líneas de bajo tienen melodía propia, contestan a la guitarra y abren pequeños caminos dentro de cada canción. Además, sus coros añaden profundidad a la voz de Michael Stipe sin restarle misterio.

Dixon utilizó técnicas de grabación binaural en varias piezas. Llegó a construir una especie de cabeza artificial con una caja de cartón y dos micrófonos, una solución casi artesanal que permitió capturar la posición de los músicos dentro del estudio. El resultado no busca una perfección clínica. Su valor está en la sensación de espacio. Las voces de Mills parecen llegar desde detrás de Stipe, la batería conserva aire a su alrededor y el grupo suena como una unidad física, no como cuatro partes ensambladas posteriormente.

De "Harborcoat" a "So. Central Rain":


"Harborcoat" abre el álbum sin ofrecer un segundo de preparación. La guitarra de Buck entra en movimiento, Berry acelera y las voces se cruzan como una conversación escuchada desde una habitación contigua. La canción contiene una de las grandes virtudes de R.E.M., es pegadiza sin resultar evidente. Se puede seguir su impulso incluso cuando las palabras de Stipe permanecen parcialmente ocultas.

"7 Chinese Bros." se apoya en un motivo de guitarra sencillo y en un bajo que funciona casi como una segunda melodía. Durante su grabación, Stipe cantaba tan bajo que Don Dixon apenas podía registrarlo. El productor encontró en el estudio un disco religioso de The Revelaires titulado "The Joy of Knowing Jesus" y se lo entregó para provocar alguna reacción. Stipe comenzó a leer en voz alta el texto de la contraportada, lo que permitió ajustar la grabación. Aquella recitación acabaría publicada como "Voice of Harold", una curiosa pieza paralela que demuestra cómo el cantante podía transformar un texto ajeno y banal mediante el sonido de su voz.

Después llega "So. Central Rain", una de las composiciones esenciales de la primera etapa de R.E.M. La guitarra dibuja acordes en tono menor, el bajo sostiene la tensión y Stipe convierte la frase "I am sorry" en algo más complejo que una disculpa. Puede expresar culpa, distancia, impotencia o el reconocimiento tardío de una pérdida. La letra no aclara el conflicto y precisamente por eso conserva su fuerza. Cada oyente puede colocar dentro de la canción su propia llamada sin respuesta.

"Pretty Persuasion", que formaba parte del repertorio del grupo desde 1980, es puro movimiento. Las guitarras se entrelazan, las voces se persiguen y el ritmo transmite una impaciencia casi juvenil. R.E.M. llevaba años tocándola y dudaba si debía recuperarla, pero Easter y Dixon entendieron que merecía quedar registrada. Tenían razón. Es una de las canciones que mejor conecta sus comienzos de garaje con el sonido que terminaría influyendo en buena parte del rock independiente estadounidense.

Agua, ausencia y mensajes que no llegan:


Aunque "Reckoning" resulta más claro y enérgico que "Murmur", sus letras son más oscuras. El agua aparece una y otra vez, no solo como paisaje, sino como una imagen de cambio, distancia e inestabilidad. De hecho, el álbum también fue identificado con la inscripción alternativa "File Under Water". En las canciones de Stipe, el agua separa lugares, borra contornos y dificulta cualquier intento de permanecer quieto.

"Time After Time (Annelise)" lleva esa sensación a un terreno hipnótico. Las guitarras se acumulan lentamente, la percusión adquiere un carácter casi ceremonial y la canción crece sin buscar un estallido convencional. No ofrece la satisfacción inmediata de "Pretty Persuasion", pero recompensa la escucha atenta. Es una composición circular, como un pensamiento que regresa porque todavía no ha encontrado una salida.

"Second Guessing" rompe esa atmósfera con poco más de dos minutos de rock rápido y seco. Hay algo cercano al punk en su economía, aunque las armonías vocales impiden que pierda el sello de R.E.M. "Letter Never Sent" continúa explorando la imposibilidad de comunicarse, pero lo hace con una melodía sorprendentemente luminosa. El título resume uno de los grandes temas del álbum, palabras que se escriben, llamadas que no se contestan, mensajes que no llegan a su destino.

La herida emocional del disco aparece con mayor claridad en "Camera", dedicada a una amiga de la escena de Athens fallecida en un accidente de tráfico. Easter quiso obtener una interpretación vocal técnicamente más limpia, pero Stipe se negó a seguir repitiéndola. Prefería conservar la emoción, incluso con sus imperfecciones. Esa decisión define tanto la canción como el álbum. "Camera" avanza despacio, con una voz desprotegida y una instrumentación sombría. Puede parecer menos inmediata que otros cortes, pero su fragilidad impide que se convierta en una balada sentimental convencional. No dramatiza el duelo, lo deja suspendido.

Inesperada carretera hacia Rockville:


Después de "Camera", "(Don’t Go Back To) Rockville" introduce un giro country que podría parecer extraño en otro disco. Aquí funciona como una bocanada de aire. El piano, el ritmo relajado y un estribillo destinado a ser cantado en grupo muestran la amplitud musical de R.E.M. Mucho antes de convertirse en una banda capaz de llenar estadios, sus integrantes ya entendían que una identidad sólida no exige repetir siempre la misma canción.

"Little America" cierra el álbum recuperando la velocidad. Su letra refleja la vida en carretera y el desconcierto de un grupo que empezaba a pasar más tiempo viajando que en casa. La frase dedicada a Jefferson Holt, su entonces representante y ocasional conductor, aporta humor a un disco atravesado por la pérdida y la distancia. El final no ofrece una conclusión solemne. R.E.M. continúa avanzando, quizá sin saber exactamente dónde se encuentra, pero con la seguridad de que quedarse quieto no es una opción.


"Reckoning" en la música alternativa:


En 1984, la música estadounidense que ocupaba las listas parecía muy alejada de aquellos cuatro músicos de Georgia. R.E.M. creció en el circuito universitario, dentro de una red de pequeñas salas, emisoras independientes y tiendas de discos en la que también circulaban grupos como The Replacements o Jason and the Scorchers. Al otro lado del Atlántico comenzaban a destacar The Smiths, con quienes R.E.M. fue comparado por su uso de guitarras limpias y su distancia respecto al rock dominante. Sin embargo, Michael Stipe y Morrissey representaban formas casi opuestas de escribir. Morrissey convertía la frase en declaración, Stipe la trataba como una imagen incompleta que el oyente debía terminar.

REM banda 1984

"Reckoning" alcanzó el número 27 en Estados Unidos y el 91 en Reino Unido. En 1991 recibió el disco de oro estadounidense, cuando R.E.M. ya había llegado a un público masivo. Su importancia, no obstante, no se mide únicamente por esas cifras. El álbum demostró que una banda podía crear canciones melódicas, emocionantes y reconocibles sin adoptar los gestos del rock comercial. Esa posibilidad resultó fundamental para el desarrollo posterior del college rock y de buena parte de la música alternativa de los años ochenta y noventa.

Por qué "Reckoning" es un gran álbum:


"Reckoning" mola porque parece sencillo sin serlo. Las canciones entran con naturalidad, pero cada nueva escucha permite descubrir una armonía de Mills, una variación rítmica de Berry, un detalle de guitarra de Buck o una inflexión de Stipe que antes había pasado inadvertida. No necesita grandes efectos, solos espectaculares ni letras explicadas hasta el último detalle. Confía en la relación entre los cuatro músicos y en la inteligencia de quien escucha.

También captura un instante irrepetible. R.E.M. ya no era un secreto de Athens, pero todavía no se había convertido en una institución de la cultura popular. Conservaba la urgencia de una banda joven y, al mismo tiempo, comenzaba a comprender cómo transformar su intuición en un lenguaje duradero. "Reckoning" no posee exactamente la bruma de "Murmur", ni la ambición de "Document", ni el alcance emocional de "Automatic for the People". Su encanto reside en otro lugar, en la energía de un grupo que descubre que puede avanzar sin renunciar a su extrañeza.

Disco recomendado


A los oyentes jóvenes que solo conozcan "Losing My Religion" o "Everybody Hurts", les recomendaría acercarse a "Reckoning" sin buscar todavía a la gran banda de los años noventa. Aquí encontrarán algo quizá más emocionante, el momento en que R.E.M. estaba inventando su propio futuro. Conviene escucharlo con cierto volumen y sin consultar las letras a la primera. Hay que dejar que las guitarras repiquen, que el bajo abra caminos y que la voz de Michael Stipe permanezca unos minutos fuera de alcance. Algunas canciones se comprenden mejor cuando todavía guardan un secreto. Seguro que te enganchas.

Video del tema "So. Central Rain":

Tracklist:

Cara A – "(L) The Left Side":

"Harborcoat" – 3:54
"7 Chinese Bros." – 4:18
"So. Central Rain (I'm Sorry)" – 3:15
"Pretty Persuasion" – 3:50
"Time After Time (Annelise)" – 3:31

Cara B – "(R) The Right Side":

"Second Guessing" – 2:51
"Letter Never Sent" – 2:59
"Camera" – 5:52
"(Don't Go Back To) Rockville" – 4:55
"Little America" – 2:58

R.E.M.

  • Michael Stipe - voz principal (acreditado como "instrumento de voz principal")
  • Bill Berry - batería, coros
  • Mike Mills - bajo, coros; piano (2, 3, 9)
  • Peter Buck - guitarras

Producción

  • Don Dixon - productor, ingeniero de sonido (acreditado como "maquinista")
  • Mitch Easter - productor, ingeniero de sonido (acreditado como "maquinista")